“Se dirigió entonces hacia ellos, con la cabeza baja, para hacerles ver que estaba dispuesto a morir. Y entonces vio su reflejo en el agua: el patito feo se había transformado en un soberbio cisne blanco…”. Hans Christian Andersen, El patito feo.
II. El jardín secreto
El papito feo encontró, por esa suerte mágica inexplicable, un jardín secreto, un refugio donde era amado y respetado, donde pasaba el tiempo en un mundo encantado de belleza, creación y restitución de sus heridas de alma. La abuela pata y los tíos menores patos lo acogían, siempre amablemente, aunque fuera tan distinto. Era como un Jardín del Edén, oculto, en el dulce reino de la granja, se llamaba Malambito.
La abuela pata
La abuela pata era acogedora y amable, contaba cuentos entretenidísimos y lo hacía reír hasta matarse de risa, con sus bromas finas y ocurrentes. El patito feo se las ingeniaba para pasar el máximo de su tiempo en el regazo de la maravillosa abuela pata, que era un bálsamo para su dolor de pequeño maltratado, llenándose de alegría y tranquilidad a su lado.
Los tíos menores patos
Los tíos menores patos eran creativos y cariñosos, el patito feo admirado por la imaginación sin límites conocidos de los tíos, miraba atentísimo todas sus ocurrencias. Gozaba con sus graciosas agudezas, con sus causas inteligentes, con sus vericuetos retóricos y con sus trasmutaciones de chocolate. Los tíos menores eran como Melquíades en sus años jóvenes, un personaje misterioso de Cien años de Soledad, un cuento de un tal Gabriel García Márquez, que al final del relato todos descubrirían que hablaban el sánscrito, una lengua muerta.
El sauce ausente y presente
En medio de la casa grande de Malambito, había un viejo sauce inmenso, el patito feo se maravillaba mirándolo, jugando a su alrededor, trepándose por su enorme tronco añejo y por sus ramas endurecidas desde tiempos inmemoriales. Había una poza de agua donde el patito feo chapoteaba. Luego de pasar largas horas en el árbol y en la poza, retornaba al rincón del Museo de los Patos.
El Museo de los Patos fue construido por abuelo pato, que había muerto. Allí moraban, la abuela pata y los tíos menores patos. Era un hogar de protección y cuidado, de inteligencia y creatividad, de goce y sazón por la vida.
La remembranza del abuelo pato estaba presente benefactoramente en la vida de esta familia de animales humanos, su sombra de sauce ausente cubría de luz todo el jardín secreto, diseñado y edificado como casa de la memoria.







