Antes de relacionar la personalidad y la comunicación, lo primero que hay que hacer es definir y analizar cada uno de estos conceptos.

La personalidad, al mismo tiempo en que es un todo organizado, una unidad de todas la manifestaciones psicológicas, es un conjunto cambiante y dinámico. Esto quiere decir que, a pesar de cada uno tener una 'forma de ser', nunca somos la misma persona; constantemente cambiamos -aunque este cambio sea mínimo- formas de actuar y de pensar. Mientras pasa el tiempo y vamos madurando y pasando a travéz de las diferentes etapas evolutivas, la organización interna de la personalidad cambia, logrando mayor integración, madurez y equilibrio. Sin embargo, cuando este progreso no es logrado, se experimenta desorganización o dispersión, lo cual genera crisis o trastornos más o menos graves.

Hallamos diferentes maneras de enfocar la personalidad, por ejemplo, el enfoque biológico (una de las cosas que este nos explica es que la inteligencia es un rasgo hereditario influyente en la personalidad) o el psicoanalítico, en el que Freud plantea 3 sistemas estructurales básicos: el ello, el yo y el súper-yo.

La comunicación es un poco más sencilla de definir. La RAE la define como 'acción y efecto de comunicar o comunicarse', 'trato, correspondencia entre dos o más personas', 'transmisión de señales mediante un código común al emisor y al receptor'. Entonces, en palabras más simples, podríamos decir que la comunicación es todo acto representativo -a travéz de palabras, señas, gestos; a travéz, digamos, de signos- que nos informa algo sobre alguien o algo. No obstante, hay que tener claro que no hay ninguna manera correcta o incorrecta de comunicar (a pesar de lo que diga la RAE y a pesar de que la hayamos utilizado como ejemplo): mientras el receptor reciba, entienda y comprenda el mensaje del emisor, no hace falta más.

Ahora, la relación que encontramos entre la personalidad y la comunicación es, creo, bastante obvia: de nuestra personalidad (la cual es influenciada por los genes y el entorno en el que uno se desarrolle, pero sin embargo se remite al individuo) dependerá nuestra manera de comunicarnos con el mundo. Depende de qué tan estables o inestables seamos, de cuán introvertidos o extrovetidos (entiéndanse estos dos últimos conceptos no como qué tan escandalosos seamos o qué tantos amigos tengamos, sino como la capacidad para expresar lo que realmente sentimos), qué tanto nos importe lo que piense el resto de nosotros, etc. Todos estos factores están mezclados dentro nuestro, y las cosas que decimos o hacemos, es decir, nuestras actitudes, son el reflejo de estos.


Fuentes.


www.rae.es


Pedro Campos.
a20093034