16/11: Una Placa para Rodrigo Franco en la Plaza de la Memoria PUCP

Compañeros y Amigos:
Rodrigo Franco Montes de Peralta fue un martir del aprismo asesinado vilmente por Sendero Luminoso el 28 de agosto de 1987. Fue exalumno de la Pontificia Universidad Católica del Perú y merece ser recordado por nuestra comunidad universitaria en la Plaza de la Memoria PUCP, donde se honra a todos los exalumnos asesinados y desaparecidos en los años del terrorismo insano de Sendero Luminoso.
Los invito a leer un resumen de los artículos del periodista César Campos, amigo y compañero de Rodrigo Franco, y a dejar un comentario (a modo de apoyo) para solicitar a la PUCP nos permita perennizar en la memoria colectiva el nombre de un gran compañero y martir del aprismo
LOS ÚLTIMOS DÍAS DE RODRIGO FRANCO
Por César Campos R.
"Con la verdad, no temo ni ofendo", decía José Artigas. Esta frase la escuchamos repetidamente en boca de Víctor Raúl Haya de la Torre aquellos jóvenes de la Universidad Católica que, al promediar la década del 70 del siglo pasado, solíamos constituirnos en la sede del Partido Aprista Peruano de Lima para estar cerca a su máximo líder y gozar de sus amplios conocimientos. Entre esos jóvenes estaba Rodrigo Franco Montes de Peralta, nieto de uno de los fundadores del APRA e hijo de otro leal militante, el doctor Alberto Franco Valera. Hombre de principios inquebrantables, inteligente y cordial, forjamos una rápida amistad reconociéndonos de inmediato en características comunes: preocupación por temas sustantivos de la realidad peruana, rechazo a toda clase de intolerancia o fanatismo, sensatez a prueba de balas.
Rodrigo Franco asumió la presidencia de ENCI al promediar el segundo semestre de 1986, en reemplazo de Rafael Saco. Venía desempeñándose como Secretario General del ministerio de Agricultura, entonces bajo la dirección de Remigio Morales Bermúdez, y su nombramiento en la empresa estatal comercializadora de insumos constituyó para él un reto de la más alta envergadura. Para celebrarlo, lo invité a comer en casa de mi esposa ubicada en Pueblo Libre. Rodrigo concurrió con Cecilia y hablamos extensamente sobre la agenda de su nueva responsabilidad. En esa ocasión me invitó a formar del directorio, oferta que semanas después rechacé al cerciorarme que debía representar al ministerio de Economía, con cuyo titular no guardaba una buena relación. Sin embargo, accedí gustoso a cumplir la función de asesor ad honorem de su presidencia, ya que en aquel momento tenía a mi cargo la sub dirección del diario HOY y me parecía incompatible ejercer ésta junto a un cargo público remunerado. Como le consta a todos los altos funcionarios de ENCI y a las secretarias del despacho presidencial, no había circunstancia crítica o estable de su gestión en la que Rodrigo dejara de convocarme para solicitar mis opiniones o recomendaciones.
Fines de abril de 1985. En la estrechísima oficina de la página Editorial del diario HOY - la cual compartía con su jefe, Ricardo Ramos Tremolada - recibo una llamada telefónica de Rodrigo Franco. Deseaba contarme algo personalmente y nos citamos en un café llamado La Campana, que entonces se ubicaba en el óvalo Gutiérrez de San Isidro. Alan García acababa de triunfar en las elecciones del domingo 14 y abría perspectivas novedosas para lo que sería el primer gobierno del Partido Aprista. Desde la muerte de Víctor Raúl Haya de la Torre - quien le profesaba un especial cariño - Rodrigo se había apartado de las vicisitudes internas del PAP. Uno, por su temprano matrimonio y la llegada de su hijos; y dos, por la crisis que enfrentó a todo el alto mando partidario en una disputa fratricida. Su temperamento proclive a la armonía y la tolerancia, no soportaba esa discordia. Sin embargo, había recuperado los bríos en la campaña de García y hasta prestado su casa campestre para las jornadas proselitistas. Aún así, su reenganche con la estructura aprista vigente y los nuevos voceros de la próxima administración gubernamental, no estaba consolidada. Deseaba a toda costa canalizar sus inquietudes y propuestas, totalmente volcadas al tema agrario desde que su familia recuperó el fundo de Ñaña, el cual - en mayor extensión - había pertenecido al abuelo materno, Armando Montes de Peralta, el primer ministro de Salud Pública que tuvo el país.
En tal sentido, durante nuestro café en La Campana, me pidió acceder a una entrevista con Luis Gonzales Posada, factotum del diario HOY y hombre de confianza del flamante primer mandatario. Por diversos motivos, ese encuentro no se produjo. Pero ello no fue óbice para que siguiéramos manteniendo comunicación permanente. En diciembre del mismo año, recibí una alegre llamada de Rodrigo. Se había producido el primer cambio en el Gabinete ministerial y Remigio Morales Bermúdez accedía a la dirección del despacho de Agricultura, en reemplazo de Mario Barturén. El entonces diputado aprista Carlos Roca, gran amigo de Franco y su familia, lo había puesto en contacto con el nuevo ministro; éste lo había escuchado, comprobando la vastedad de sus conocimientos en los asuntos del campo. Sin más preámbulos, Morales Bermúdez lo nombró Secretario General de ese portafolio. Rodrigo ingresaba a la vorágine del aparato público convencido de plasmar - honesta e inteligentemente - el impulso del agro, al que venía dedicando todos sus desvelos.
Viernes 28 de agosto de 1987. 12 del mediodía. Griselda Klaric, recepcionista del piso 7 del local de ENCI – donde se hallaba la oficina del Presidente Ejecutivo – habla con su jefe, Rodrigo Franco. Le anuncia que debe viajar a Arequipa donde reside su padre, quien cumple años. Franco le dice con alegría que precisamente tiene una invitación de Arequipa y Puno, para una jornada de promoción de venta de papa; que a lo mejor la contactaba para que la ayude en la zona altiplánica. Le pide su teléfono en la ciudad blanca y la acompaña hasta el ascensor. Se despiden para siempre.
2 de la tarde. Jorge Trujillo de Zela, el Gerente General, llama a Rodrigo. Partirá hacia Tarapoto, donde se celebrará el aniversario de ENCI. “Pucha, verdad”. Le dice Franco. La agenda de viajes está recargada. “Tengo mi maletín listo para subir al avión. Te llamo después”, agrega. Trujillo nunca más oiría su voz.
8 de la noche. Rodrigo vuelve a visitar a su asesora, María Eugenia Pizarro. También está Patricia Pizarro, una de las hermanas, quien le anuncia que se preparará un arroz con huevos y plátano frito. “Excelente; quiero lo mismo”. Exhibe muy buen humor y come con deleite. Hora y media después, avisa que debe irse a recoger a Cecilia de la casa de la madre de ésta, ubicada en la calle Cruz del Sur de Surco, para luego dirigirse a Ñaña. Patricia lo abraza con afecto y los pelillos de su chompa de cachemira adhieren al terno de su amigo. Quiere advertirle pero Rodrigo parte raudo. Jamás lo volverían a ver.
10 de la noche. Cecilia Martínez del Solar, en efecto, culmina una larga conversación con su suegra – Margarita Montes de Peralta – en la casa de ésta, ubicada en la calle Venecia de Miraflores y se va a la de su madre. Rodrigo le da el encuentro y ambos, junto a los tres hijos, enrumban hacia Ñaña. Margarita llama por teléfono para cerciorarse que llegaron bien. “Sí mamá; todo bien”, le dice Rodrigo, contándole poco después que está comiéndose una palta. Son las palabras finales entre dos seres queridos; uno de ellos padecerá por el resto de su vida una ausencia imposible de llenar.
EL DÍA TRÁGICO
Los hermanos Franco eran los más preocupados por la seguridad de Rodrigo. En esa temporada, diversos funcionarios públicos habían caído como víctimas de la subversión. Un confuso incidente producido semanas antes en el puente de acceso a Ñaña – donde la camioneta del presidente de ENCI había sido rozada por otro vehículo – avisó la necesidad de tomar precauciones. Diego Franco consiguió tres armas: una carabina de balas pequeñas (que va a aparar a manos del guardaespalda Hugo Ortiz Palomino), y dos pistolas Smith & Wetson calibre 38, cañón corto de cinco tiros. Una la tenía Rodrigo y la segunda el otro guardaespalda, Cristóbal García Castro.
Tras el atentado, Salvador Gutiérrez – íntimo amigo y colaborador de Rodrigo – recoge a Diego y José Antonio Franco de la calle Venecia y parten velozmente hacia Ñaña. El otro hermano, Rafael, llegó después junto a Benito Cuba. Ninguno encontró a Cecilia, quien luego de dejar a sus hijos en casa de la familia Uranga, se dirigió hacia Lima, donde el cuerpo de Rodrigo yacía en la clínica Americana. Ella también había sufrido una herida de bala en el tobillo. José Armando Franco partió directamente al nosocomio. Diego busca con vehemencia explicaciones de lo ocurrido. Cristóbal García Castro se le acerca llorando: “Diego, no pude hacer nada”. Poco después aparecen lo peones del fundo: Chino, Papicha, Felipe y Manolo. Están consternados, pero Chino se muestra más bien molesto. “Señor Diego, qué tanto llora este maricón (refiriéndose a García Castro). Lo encontré escondido debajo de la cama. Encima, después que me vio, disparó al aire todas las balas de su pistola”. Evidentemente, lo hizo con el fin de justificar un presunto enfrentamiento con los asesinos.
Todos coinciden en señalar que García Castro nunca salió de la habitación de vigilancia. Hugo Ortiz Palomino fue acribillado al interior de la camioneta, lo que hace suponer que no se encontraba en la habitación, como lo dice el otro guardaespaldas. Además, con las brumas de la madrugada invernal, ¿cómo podría haber distinguido a los atacantes y hasta el color de su tez, a la distancia? Diego toma a García Castro de las solapas y lo zarandea. “¿Qué clase de seguridad eres, que no saliste a defender a mi hermano?”, grita. Lo calman un poco, mientras que el guardaespaldas sigue llorando. Por la tarde, durante el velorio realizado en la casa de la calle Venecia, se presenta por la puerta de la cocina. Diego lo ve y lo vuelve a zarandear, esta vez contra la refrigeradora. Hasta la fecha, nunca más volvieron a encontrarse. Pero el hermano de Rodrigo Franco espera pacientemente el momento de un nuevo careo y confrontar las mentiras que hoy cuenta el llamado “colaborador eficaz”.
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