Esta noche no regresará. Pronto, el silencio se esconderá en los días que se fueron y todo comenzará a hendirse de palabras, risas y sucesos. Mi garganta se fue secando en lo que queda de la noche. Leves punzadas me llenaron los brazos de malestar (supongo por no dormir del modo en que siempre lo hago) y un ligero mareo nació en mi frente alrededor de las siete de la mañana. Empuñé un billete de diez soles al bolsillo, compré algo para llevar en mi estómago y el sueño me vencía en haces. Cruzaba la calle en dirección opuesta al resto de la gente. Me resigné a ver la mañana morir, sin embargo, todo me causaba alegría. Había despedido el rostro de J. rápidamente, sólo un hasta luego minutos antes. Hace mucho que no veía las mañanas tan temprano. Los pasos apurados, la prisa acostumbrada, la voz huída y el cansancio del día anterior.

Sábado ya.



No sé dónde se va la vida con los recuerdos. Esta canción que escucho al acompañar mis líneas me evoca los recuerdos por miles en mis ojos...mi abuela, de quien he hablado invariables veces, sonreíria al verme en este mar de memoria que no termina de anclar en la vida. Se sentaría al borde del mueble, me miraría, comenzaría a inundar su voz de quechua, me cogería la mano y sentiría los pliegues de su piel a modo de tiempo físico impregnado en su ser. Se reiría, claro que sí, pero no dejaría de cantar con nostalgia. Cuando yo era niña y la escuchaba, el temor me invadía, no quería verla llorar. Pero el día en que la tierra se la engullió por entero, mi corazón se detuvo. Su vaticinio se hizo realidad: Podrás reventar tus dedos y rascar la tierra para encontrarme y no podrás hallarme, si me quieres entonces llorarás algún día por mí..

Sábado ya.

Es mi cumpleaños número cuarenta. A mi mesa hay una botella de vino, un par de copas, y sonrío. Llama Boris y me dice que sus hijos ya van creciendo y que su mamá sabe lo mucho que él la quiere. Después de una charla escueta, él me dice que me ha extrañado. Yo sonrojo. Me dice que voy a hacer. Le digo que no lo sé, quizás recordar nuestra primera decena de años juntos, celebrar por esta paz increíble. Es mi cumpleaños número cuarenta y Ernesto está a la puerta de casa, con un paquete de libros. J. se asoma a la ventana. Huyo de todos mientras voy caminando por alguna calle que solee en algo mis ideas. Mis hijos (dos) corren a extremos de la casa. Su padre llega temprano y les da un beso en la mejilla..

Sábado ya.

Estoy a punto de mi cumpleaños número treinta.

Y acabo de conocer a un hombre que me pregunta si puede acompañarme todos los días al venir a casa.

Sonrío. No sé que sucederá.