16/10: Capítulo 9
Categoría: 4. " Vapor del Norte "
Publicado por: lbaciga
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ESCUELA DOMINGO SANTA MARÍA
21 DE DICIEMBRE DE 1907
— ¿Quién de ustedes ha oído hablar de esta escuela? — pregunté, mientras les mostraba una foto bajada de Internet. — Es la Escuela Santa María de Iquique.

— Yo sé que hay una cantata con ese nombre — dijo Omar.
— A mí también me suena un montón — dijo Ricardo.
— La cantata es un homenaje a un episodio trágico de la historia de Iquique y del movimiento obrero. Todo un concepto para la gente de izquierda. Ocurrió en diciembre de 1907. ¿Quieren que les cuente un poco?
Todos mostraron interés, así es que decidí contarles la historia tal como yo me imaginaba que debería aparecer en mi relato.
— Como seguramente saben, Iquique quedó bajo dominio chileno desde 1879; y fue definitivamente chileno cuando se zanjaron las disputas territoriales entre Chile y el Perú, cosa que ocurrió recién en el 29. Los hechos los relato más o menos así: En diciembre de 1907, los trabajadores y los empleados de la empresa del ferrocarril de Iquique se declararon en huelga. Mi bisabuelo trabajaba como contador en esa empresa, junto con su cuñado, Julio Ramírez Cano, que era el cajero; y creo que ambos, en mayor o menor medida, se involucraron en las actividades que condujeron a la paralización. En cuanto los trenes dejaron de subir a la pampa, la noticia se extendió por todas las oficinas salitreras. Allí arriba, en el desierto, trabajaban cerca de 40.000 obreros, llamados pampinos, 13.000 de los cuales eran bolivianos y peruanos.
— ¿Los demás eran chilenos? — preguntó Mabel, mientras terminaba de acomodarse junto a los demás, frente a la chimenea. Los sillones estaban en semicírculo y miraban hacia el fuego. Acomodamos un par se sillas entre ellos y, por último, quedaba la alfombra, donde nos ubicamos los encargados de mantener ardiendo los leños.
— Sí, los demás eran en su mayoría chilenos. Los huelguistas del ferrocarril demandaban un aumento de salario de 16 peniques por ficha. Las fichas eran unas monedas emitidas por las oficinas y se pagaban al cambio contra la libra esterlina. No recuerdo a cuánto estaba el cambio, creo que a 12 o 13 peniques. Pero lo cierto es que el aumento fue rechazado por la empresa. Había un frente de obreros y empleados de las salitreras, que cuando supo que el pedido de los ferrocarrileros había sido rechazado, se plegó a la huelga. De ese modo se formó un verdadero frente amplio, porque juntaba a los pampinos y a los obreos y empleados del puerto, entre quienes había anarquistas, demócratas y liberales. Todos declararon enemigo público al empresario británico John North, apodado el Rey del Salitre. North era un tipo poderoso que tenía mucha influencia sobre los empresarios salitreros. Entre otras cosas, controló el suministro de agua a la ciudad durante más de dos décadas. La cosa es que estas continuas adhesiones a la huelga pusieron a la gente en Iquique muy nerviosa, porque corrían rumores insistentes de una asonada de los pampinos. Hasta que el 14 de diciembre ocurrió lo que se temía.
— La asonada — dijo Cristina, y el eco de su voz me hizo mirar ligeramente por encima de su hombro. Casi no había otra luz en la habitación que la que emanaba de la chimenea. Desde donde yo estaba, sentado en la alfombra, se podía divisar en la penumbra, justo detrás de Cristina, dos espectros humanos. Estaban de pie, uno al lado del otro, atentos al relato; pero ambos mudos por completo, como corresponde a todo espectro que se respete.
— La asonada — confirmé yo, volviendo la mirada otra vez hacia los vivos. — Iquique se colmó con centenares de pampinos. Aquí pueden ver las fotos que pienso publicar en mi relato — dije mientras les mostraba en la pantalla de la lap top mi archivo de imágenes sobre el tema. Lo bueno de estas máquinas pequeñas es que se puede pasar de mano en mano, como un álbum. — Bueno — continué —, ¿qué ocurrió después? Ante el incesante arribo de obreros, el alcalde de Iquique se vio forzado a abrir el hipódromo para impedir que los pampinos durmieran en las plazas y los portales, cosa que habían hecho la noche anterior. Al día siguiente, los delegados plantearon sus demandas en la alcaldía y se dio inicio a las negociaciones. Había entre los negociadores un tal Briggs, si mal no recuerdo, que era el representante de los pampinos. El resultado fue un compromiso muy débil: Los empresarios accedieron a estudiar las demandas de salario y llegar a un consenso entre ellos respecto del alza; pero siempre y cuando los obreros regresaran de inmediato a la pampa.

La humedad y el fuego hacían crepitar los leños. — No, pues, así no es. Los huelguistas de hecho rechazaron esa condición, me imagino — comentó Omar.
— Lógico. Como se pueden imaginar, rechazaron esa condición. Pero lo peor fue que el número de ellos aumentó a miles durante el transcurso del día.
— Se descolgaron en mancha — comentó Ricardo.
— Sí, como han podido ver en las fotos. Y eso agravó las cosas. Al alcalde le informaron que la insalubridad en el hipódromo era alarmante. No sé si saben, pero Iquique es una ciudad sin fuentes naturales de agua dulce. O sea que la falta de agua se iba a convertir en el factor decisivo de la crisis. Entonces, para alojar a los huelguistas en mejores condiciones, el alcalde decidió abrir las puertas de la Escuela Domingo Santa María.
— ¡Por fin apareció la escuela! — exclamó Mabel.
— La escuela lleva el nombre del Presidente Domingo Santa María, un liberal que en 1881 había promulgado la ley de libertad industrial para la explotación del salitre. No sé si interpretaron el gesto del alcalde de abrirles la escuela como una señal de debilidad — continué —, pero lo cierto es que los obreros presentaron un nuevo pliego que elevaba el aumento a 18 peniques y pedía indemnización por despido de 500 pesos.
— Se malearon — comentó Rafael, que se hallaba sentado de espaldas a la esquina más oscura de la habitación. Me resistí a mirar detrás de él, no por temor a lo que fuera a ver, sino por no perder el hilo del relato.
— Las cosas se salieron de control. En la familia de mi tía Isolina se recuerda lo que ella contaba. Decía que, debido a la violencia callejera, se tenían que meter debajo de las camas cada vez que se escuchaban los disparos de fusil. En Iquique las casas son de madera, así es que más les valía tirarse al suelo, como en el Lejano Oeste. La cosa es que se desató el terror en la ciudad, lo que hizo que el cónsul británico solicitara garantías a Santiago; y de inmediato, zarparon dos cruceros de guerra con tropa suficiente como para una nueva Guerra del Pacífico. Era el gobierno del Presidente Montt. La otra fecha importante es el 18 de diciembre, día en que desembarcó la tropa. Al parecer, ese despliegue de fuerza bastó para quebrar el frente de los trabajadores, porque los periódicos elogian a partir de ese día la moderación adoptada por la mayoría de los huelguistas, que habían reducido sus actividades a manifestaciones ordenadas y pacíficas.
— Arrugaron — comentó Ricardo.
— Aquí yo creo que mi bisabuelo, junto con los empleados del ferrocarril, se apartaron, en efecto, de la huelga. Tengo que encontrar todavía los documentos que me lo confirmen, porque pudo haber sido antes de la llegada de la tropa. Pero mi impresión es que, en un determinado momento, los ferrocarrileros se espantaron de la Caja de Pandora que habían abierto.
— No pensaron que se llegaría a tanto. Siempre es así, el entusiasmo por una causa ciega a las personas — comentó Carmen.
— El cónsul británico había despachado continuos informes a Santiago, en los que describía la situación como gravísima y de altísimo riesgo para la vida de los extranjeros. Lo que, hasta cierto punto, era verdad. Así es que, presionado por el cuerpo diplomático, el gobierno tomó la decisión de intervenir directamente. Para dirigir la situación política Montt envió a un tal Eastman (me acuerdo de su nombre por lo de Eastman Kodak), y para manejar la situación militar a un general llamado Silva Renard. El 20 se declaró el Estado de Sitio. Hay que tener en cuenta que los pampinos estaban armados.
No bien terminé de decir eso, Ricardo se sentó sobre la cortina de una de las ventanas y la descolgó con soporte y todo. Rafael se levantó para ayudar a Ricardo a tratar de poner la cortina en su sitio.
— Esperen — dijo Omar. — Voy a aprovechar para pedir que nos traigan más leña.
Mientras Omar bajó al segundo piso para ubicar al buen amigo Donato, los demás aprovechamos la pausa para salir al balcón. Había luna llena. En ese momento, la luna se abría paso entre las nubes, pintándolas con unos colores insospechados. Yo, por lo menos, nunca había visto esas tonalidades de marrón en el cielo nocturno, a pesar de la innumnerables lunas andinas de las que he gozado. A pesar del frío, nos pasamos un buen rato afuera, capturados por ese espectáculo formidable.
— Bueno, ¿y cómo terminó la historia? — preguntó Cristina, cuando volvimos a sentarnos frente al fuego.
— En la mañana del 20 de diciembre, Eastman se reunió con los empresarios salitreros y les propuso una fórmula de solución — dije, mientras me frotaba los muslos para recuperar calor. — Los obreros recibirían un aumento salarial del 60% durante el tiempo que durasen las negociaciones. O sea, el gobierno asumía que este asunto tiraba para largo. A los empresarios se les dijo que no tendrían por qué alarmarse, porque el Estado subvencionaría la mitad de ese aumento. Escuchen bien esto: la mitad del aumento cubierta por el Estado. Pero, aunque parezca mentira, los empresarios le dijeron a Eastman que aceptarían la propuesta del gobierno, siempre y cuando...
Hubo unos segundos de silencio.
— Siempre y cuando se fueran los pampinos — dijo Mabel.
Asentí con el brazo y la mano extendidos, señalando a Mabel, y ví en ese instante, por encima de la palma de mi mano, que en la habitación ya no había nadie más que nosotros, los mortales.
— Claro, respaldados por las tropas, optaron por la línea dura. Típico — comentó Rafael.
— Los obreros volvieron a rechazar el acuerdo, como era de esperar, y esa misma noche llegó de Santiago un telegrama del Ministerio del Interior con la orden de que se apresara a los dirigentes y se los encerrara en los buques de guerra. Ah, y la otra orden que llegó era que concentraran a todos los pampinos en el hipódromo. ¿Qué quería decir eso? — esperé unos segundos, pero esta vez nadie respondió. — Quería decir que había que desalojar a los pampinos que estaban en la escuela. Así es que, el 21 de diciembre, el general Silva desplegó la tropa en puntos estratégicos de las plazas y las calles aledañas a la escuela, y sitió el área. Imagínense a los huelguistas que se hallaban dispersos fuera del cerco. Yo los veo corriendo a guarecerse en el hipódromo. Vean ahora a los que quedaron dentro del cerco. Están tratando de entrar a la escuela. La imagen que yo tengo viene deI parte oficial de Silva Renard. Según ese documento (que pueden leer si hacen clic acá, pero no ahora, esperen a que concluya el relato), gran parte de los huelguistas no pudo entrar a la escuela, porque ya estaba colmada, y tuvieron que apiñarse frente a la fachada. Todavía hay un último esfuerzo de los cónsules del Perú y de Bolivia, que solicitaron actuar como mediadores. El cónsul peruano era Manuel María Forero. Ambos habían recibido instrucciones de sus gobiernos para ofrecer garantías a su gente. Incluso habían fletado unos buques para trasladar a los obreros a Ilo. Pero ya se imaginan lo que pasó.
— Los obreros no aceptaron — comentó Charo.
— Les metieron bala — se adelantó Ricardo.
— Al cabo de una hora de conversaciones, en una actitud celebrada como un gran gesto de solidaridad de clase, los obreros peruanos y bolivianos rechazaron la oferta de sus gobiernos y resolvieron quedarse a compartir la suerte de sus compañeros chilenos. Había que ponerle marco a eso, ¿no creen?
— A mí me parece que fue un gesto romántico — comentó Cristina. Como lo es en cierta forma todo suicidio, pensé.
— De allí la cantata — añadió Omar.

— A mi jucio, fue un suicidio masivo. Yo veo a los cónsules abandonando la escuela en medio de vivas al Perú y a Bolivia, luego de haber escuchado frases de gratitud de unos hombres que ya estaban resignados a morir peleando. No tenían ninguna oportunidad, y creo que muchos sabían que se emplearía la fuerza. Esto tiene que decirnos mucho acerca de sus condiciones de vida en la pampa. Tiene que ser asimismo una condena a todo capitalismo que se salte a la garrocha los principios elementales de la ética. Pero también dice mucho sobre el tipo de influencia que ejerce la masa sobre el individuo, ¿no les parece? Silva dice que los militares barajaron varias alternativas, si cargar con la caballería, si disparar sólo a los que se hallaban en la azotea con las armas. Pero una cosa para mí está clara: todos sabían que el ejército no podía prolongar la inacción si quería retener el principio de autoridad del Estado. Y, en las circunstancias en las que estaban, eso significaba disparar a matar. Y así fue. A las 3 de la tarde, Silva Renard ordenó abrir fuego.
Hubo unos segundos de silencio. Todos seguíamos contemplando los caprichos de las llamas, cautivados por sus colores y por los sonidos que le arrancaba a la leña.
— Se dice que la balacera duró apenas un minuto y medio — continué. — Pero parece que eso fue suficiente como para causar una matanza mayúscula, que hizo noticia en todo el mundo. Según el cónsul norteamericano, los cadáveres se amontonaron en la plaza y la cubrieron por completo.
— ¿Cuántos muertos? — preguntó Ricardo.
— El gobierno chileno dio la cifra más baja, como ocurre con toda cifra oficial: dijo que murieron 142 obreros. Para El Comercio de Lima murieron 300; The Economist registró 500 muertos; pero algunos historiadores chilenos, que me parecen serios, dicen que las víctimas llegaron a 2000.
21 DE DICIEMBRE DE 1907
— ¿Quién de ustedes ha oído hablar de esta escuela? — pregunté, mientras les mostraba una foto bajada de Internet. — Es la Escuela Santa María de Iquique.

— Yo sé que hay una cantata con ese nombre — dijo Omar.
— A mí también me suena un montón — dijo Ricardo.
— La cantata es un homenaje a un episodio trágico de la historia de Iquique y del movimiento obrero. Todo un concepto para la gente de izquierda. Ocurrió en diciembre de 1907. ¿Quieren que les cuente un poco?
Todos mostraron interés, así es que decidí contarles la historia tal como yo me imaginaba que debería aparecer en mi relato.
— Como seguramente saben, Iquique quedó bajo dominio chileno desde 1879; y fue definitivamente chileno cuando se zanjaron las disputas territoriales entre Chile y el Perú, cosa que ocurrió recién en el 29. Los hechos los relato más o menos así: En diciembre de 1907, los trabajadores y los empleados de la empresa del ferrocarril de Iquique se declararon en huelga. Mi bisabuelo trabajaba como contador en esa empresa, junto con su cuñado, Julio Ramírez Cano, que era el cajero; y creo que ambos, en mayor o menor medida, se involucraron en las actividades que condujeron a la paralización. En cuanto los trenes dejaron de subir a la pampa, la noticia se extendió por todas las oficinas salitreras. Allí arriba, en el desierto, trabajaban cerca de 40.000 obreros, llamados pampinos, 13.000 de los cuales eran bolivianos y peruanos.
— ¿Los demás eran chilenos? — preguntó Mabel, mientras terminaba de acomodarse junto a los demás, frente a la chimenea. Los sillones estaban en semicírculo y miraban hacia el fuego. Acomodamos un par se sillas entre ellos y, por último, quedaba la alfombra, donde nos ubicamos los encargados de mantener ardiendo los leños.
— Sí, los demás eran en su mayoría chilenos. Los huelguistas del ferrocarril demandaban un aumento de salario de 16 peniques por ficha. Las fichas eran unas monedas emitidas por las oficinas y se pagaban al cambio contra la libra esterlina. No recuerdo a cuánto estaba el cambio, creo que a 12 o 13 peniques. Pero lo cierto es que el aumento fue rechazado por la empresa. Había un frente de obreros y empleados de las salitreras, que cuando supo que el pedido de los ferrocarrileros había sido rechazado, se plegó a la huelga. De ese modo se formó un verdadero frente amplio, porque juntaba a los pampinos y a los obreos y empleados del puerto, entre quienes había anarquistas, demócratas y liberales. Todos declararon enemigo público al empresario británico John North, apodado el Rey del Salitre. North era un tipo poderoso que tenía mucha influencia sobre los empresarios salitreros. Entre otras cosas, controló el suministro de agua a la ciudad durante más de dos décadas. La cosa es que estas continuas adhesiones a la huelga pusieron a la gente en Iquique muy nerviosa, porque corrían rumores insistentes de una asonada de los pampinos. Hasta que el 14 de diciembre ocurrió lo que se temía.
— La asonada — dijo Cristina, y el eco de su voz me hizo mirar ligeramente por encima de su hombro. Casi no había otra luz en la habitación que la que emanaba de la chimenea. Desde donde yo estaba, sentado en la alfombra, se podía divisar en la penumbra, justo detrás de Cristina, dos espectros humanos. Estaban de pie, uno al lado del otro, atentos al relato; pero ambos mudos por completo, como corresponde a todo espectro que se respete.
— La asonada — confirmé yo, volviendo la mirada otra vez hacia los vivos. — Iquique se colmó con centenares de pampinos. Aquí pueden ver las fotos que pienso publicar en mi relato — dije mientras les mostraba en la pantalla de la lap top mi archivo de imágenes sobre el tema. Lo bueno de estas máquinas pequeñas es que se puede pasar de mano en mano, como un álbum. — Bueno — continué —, ¿qué ocurrió después? Ante el incesante arribo de obreros, el alcalde de Iquique se vio forzado a abrir el hipódromo para impedir que los pampinos durmieran en las plazas y los portales, cosa que habían hecho la noche anterior. Al día siguiente, los delegados plantearon sus demandas en la alcaldía y se dio inicio a las negociaciones. Había entre los negociadores un tal Briggs, si mal no recuerdo, que era el representante de los pampinos. El resultado fue un compromiso muy débil: Los empresarios accedieron a estudiar las demandas de salario y llegar a un consenso entre ellos respecto del alza; pero siempre y cuando los obreros regresaran de inmediato a la pampa.
La humedad y el fuego hacían crepitar los leños. — No, pues, así no es. Los huelguistas de hecho rechazaron esa condición, me imagino — comentó Omar.
— Lógico. Como se pueden imaginar, rechazaron esa condición. Pero lo peor fue que el número de ellos aumentó a miles durante el transcurso del día.
— Se descolgaron en mancha — comentó Ricardo.
— Sí, como han podido ver en las fotos. Y eso agravó las cosas. Al alcalde le informaron que la insalubridad en el hipódromo era alarmante. No sé si saben, pero Iquique es una ciudad sin fuentes naturales de agua dulce. O sea que la falta de agua se iba a convertir en el factor decisivo de la crisis. Entonces, para alojar a los huelguistas en mejores condiciones, el alcalde decidió abrir las puertas de la Escuela Domingo Santa María.
— ¡Por fin apareció la escuela! — exclamó Mabel.
— La escuela lleva el nombre del Presidente Domingo Santa María, un liberal que en 1881 había promulgado la ley de libertad industrial para la explotación del salitre. No sé si interpretaron el gesto del alcalde de abrirles la escuela como una señal de debilidad — continué —, pero lo cierto es que los obreros presentaron un nuevo pliego que elevaba el aumento a 18 peniques y pedía indemnización por despido de 500 pesos.
— Se malearon — comentó Rafael, que se hallaba sentado de espaldas a la esquina más oscura de la habitación. Me resistí a mirar detrás de él, no por temor a lo que fuera a ver, sino por no perder el hilo del relato.
— Las cosas se salieron de control. En la familia de mi tía Isolina se recuerda lo que ella contaba. Decía que, debido a la violencia callejera, se tenían que meter debajo de las camas cada vez que se escuchaban los disparos de fusil. En Iquique las casas son de madera, así es que más les valía tirarse al suelo, como en el Lejano Oeste. La cosa es que se desató el terror en la ciudad, lo que hizo que el cónsul británico solicitara garantías a Santiago; y de inmediato, zarparon dos cruceros de guerra con tropa suficiente como para una nueva Guerra del Pacífico. Era el gobierno del Presidente Montt. La otra fecha importante es el 18 de diciembre, día en que desembarcó la tropa. Al parecer, ese despliegue de fuerza bastó para quebrar el frente de los trabajadores, porque los periódicos elogian a partir de ese día la moderación adoptada por la mayoría de los huelguistas, que habían reducido sus actividades a manifestaciones ordenadas y pacíficas.
— Arrugaron — comentó Ricardo.
— Aquí yo creo que mi bisabuelo, junto con los empleados del ferrocarril, se apartaron, en efecto, de la huelga. Tengo que encontrar todavía los documentos que me lo confirmen, porque pudo haber sido antes de la llegada de la tropa. Pero mi impresión es que, en un determinado momento, los ferrocarrileros se espantaron de la Caja de Pandora que habían abierto.
— No pensaron que se llegaría a tanto. Siempre es así, el entusiasmo por una causa ciega a las personas — comentó Carmen.
— El cónsul británico había despachado continuos informes a Santiago, en los que describía la situación como gravísima y de altísimo riesgo para la vida de los extranjeros. Lo que, hasta cierto punto, era verdad. Así es que, presionado por el cuerpo diplomático, el gobierno tomó la decisión de intervenir directamente. Para dirigir la situación política Montt envió a un tal Eastman (me acuerdo de su nombre por lo de Eastman Kodak), y para manejar la situación militar a un general llamado Silva Renard. El 20 se declaró el Estado de Sitio. Hay que tener en cuenta que los pampinos estaban armados.
No bien terminé de decir eso, Ricardo se sentó sobre la cortina de una de las ventanas y la descolgó con soporte y todo. Rafael se levantó para ayudar a Ricardo a tratar de poner la cortina en su sitio.
— Esperen — dijo Omar. — Voy a aprovechar para pedir que nos traigan más leña.
Mientras Omar bajó al segundo piso para ubicar al buen amigo Donato, los demás aprovechamos la pausa para salir al balcón. Había luna llena. En ese momento, la luna se abría paso entre las nubes, pintándolas con unos colores insospechados. Yo, por lo menos, nunca había visto esas tonalidades de marrón en el cielo nocturno, a pesar de la innumnerables lunas andinas de las que he gozado. A pesar del frío, nos pasamos un buen rato afuera, capturados por ese espectáculo formidable.
— Bueno, ¿y cómo terminó la historia? — preguntó Cristina, cuando volvimos a sentarnos frente al fuego.
— En la mañana del 20 de diciembre, Eastman se reunió con los empresarios salitreros y les propuso una fórmula de solución — dije, mientras me frotaba los muslos para recuperar calor. — Los obreros recibirían un aumento salarial del 60% durante el tiempo que durasen las negociaciones. O sea, el gobierno asumía que este asunto tiraba para largo. A los empresarios se les dijo que no tendrían por qué alarmarse, porque el Estado subvencionaría la mitad de ese aumento. Escuchen bien esto: la mitad del aumento cubierta por el Estado. Pero, aunque parezca mentira, los empresarios le dijeron a Eastman que aceptarían la propuesta del gobierno, siempre y cuando...
Hubo unos segundos de silencio.
— Siempre y cuando se fueran los pampinos — dijo Mabel.
Asentí con el brazo y la mano extendidos, señalando a Mabel, y ví en ese instante, por encima de la palma de mi mano, que en la habitación ya no había nadie más que nosotros, los mortales.
— Claro, respaldados por las tropas, optaron por la línea dura. Típico — comentó Rafael.
— Los obreros volvieron a rechazar el acuerdo, como era de esperar, y esa misma noche llegó de Santiago un telegrama del Ministerio del Interior con la orden de que se apresara a los dirigentes y se los encerrara en los buques de guerra. Ah, y la otra orden que llegó era que concentraran a todos los pampinos en el hipódromo. ¿Qué quería decir eso? — esperé unos segundos, pero esta vez nadie respondió. — Quería decir que había que desalojar a los pampinos que estaban en la escuela. Así es que, el 21 de diciembre, el general Silva desplegó la tropa en puntos estratégicos de las plazas y las calles aledañas a la escuela, y sitió el área. Imagínense a los huelguistas que se hallaban dispersos fuera del cerco. Yo los veo corriendo a guarecerse en el hipódromo. Vean ahora a los que quedaron dentro del cerco. Están tratando de entrar a la escuela. La imagen que yo tengo viene deI parte oficial de Silva Renard. Según ese documento (que pueden leer si hacen clic acá, pero no ahora, esperen a que concluya el relato), gran parte de los huelguistas no pudo entrar a la escuela, porque ya estaba colmada, y tuvieron que apiñarse frente a la fachada. Todavía hay un último esfuerzo de los cónsules del Perú y de Bolivia, que solicitaron actuar como mediadores. El cónsul peruano era Manuel María Forero. Ambos habían recibido instrucciones de sus gobiernos para ofrecer garantías a su gente. Incluso habían fletado unos buques para trasladar a los obreros a Ilo. Pero ya se imaginan lo que pasó.
— Los obreros no aceptaron — comentó Charo.
— Les metieron bala — se adelantó Ricardo.
— Al cabo de una hora de conversaciones, en una actitud celebrada como un gran gesto de solidaridad de clase, los obreros peruanos y bolivianos rechazaron la oferta de sus gobiernos y resolvieron quedarse a compartir la suerte de sus compañeros chilenos. Había que ponerle marco a eso, ¿no creen?
— A mí me parece que fue un gesto romántico — comentó Cristina. Como lo es en cierta forma todo suicidio, pensé.
— De allí la cantata — añadió Omar.

— A mi jucio, fue un suicidio masivo. Yo veo a los cónsules abandonando la escuela en medio de vivas al Perú y a Bolivia, luego de haber escuchado frases de gratitud de unos hombres que ya estaban resignados a morir peleando. No tenían ninguna oportunidad, y creo que muchos sabían que se emplearía la fuerza. Esto tiene que decirnos mucho acerca de sus condiciones de vida en la pampa. Tiene que ser asimismo una condena a todo capitalismo que se salte a la garrocha los principios elementales de la ética. Pero también dice mucho sobre el tipo de influencia que ejerce la masa sobre el individuo, ¿no les parece? Silva dice que los militares barajaron varias alternativas, si cargar con la caballería, si disparar sólo a los que se hallaban en la azotea con las armas. Pero una cosa para mí está clara: todos sabían que el ejército no podía prolongar la inacción si quería retener el principio de autoridad del Estado. Y, en las circunstancias en las que estaban, eso significaba disparar a matar. Y así fue. A las 3 de la tarde, Silva Renard ordenó abrir fuego.
Hubo unos segundos de silencio. Todos seguíamos contemplando los caprichos de las llamas, cautivados por sus colores y por los sonidos que le arrancaba a la leña.
— Se dice que la balacera duró apenas un minuto y medio — continué. — Pero parece que eso fue suficiente como para causar una matanza mayúscula, que hizo noticia en todo el mundo. Según el cónsul norteamericano, los cadáveres se amontonaron en la plaza y la cubrieron por completo.
— ¿Cuántos muertos? — preguntó Ricardo.
— El gobierno chileno dio la cifra más baja, como ocurre con toda cifra oficial: dijo que murieron 142 obreros. Para El Comercio de Lima murieron 300; The Economist registró 500 muertos; pero algunos historiadores chilenos, que me parecen serios, dicen que las víctimas llegaron a 2000.

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Ignacio azócar Pietroboni escribió:
pero bueno, qué se le puede hacer... solo tener en cuenta que hay que conscientizar a la gente, que se informen qué paso, para que, como dice una canción, nunca mas en chile... para que nunca mas...
gracias por el texto. realmente valioso,
adios
AGUANTE LATINOMARÉRICA