
Acá nunca había otoño; no había hojas que caen, ni color marrón, ni vientos que van en espiral para adelante, como en los libros de cuentos o los dibujos animados que uno veía en Betamax. Más bien seguía siendo gris, como en invierno y en verano. Esta ciudad es monótona, pero ya no la encuentro tan aburrida desde que en cada rincón del pasto y de las gradas de una escalera encuentro un nuevo cuento para contarle al abuelo. Pensé que la pugna entre el verano y el otoño serían una buena historia para la hora del lonche, de pan con jamonada y queso.
“El abuelo” se había quedado ciego hace muchos años ya, pero los vecinos decían que veía mejor que muchos otros. Vestía pijamas caqui y una cabellera, que apenas podía decir yo que era blanca, era más bien del color del cielo de la ciudad. Tenía la mano izquierda más fuerte que la derecha, gracias al jazz de hace tiempo. Se afeitaba con navaja pues, como yo, no necesitaba espejo (ni ojos, al parecer) para quedar presentable. Iba todos los miércoles a contarle cuentos que inventaba en ese momento, simplemente inspirado por su pequeño jardín que era cuidado por la vecina, que era más bien joven y que espiaba nuestras sesiones “literarias”, ojalá que no para plagiar nuestras ideas y sonrisas a medias.
Le dije al abuelo que era “esa” época, donde se reconoce que viene el verano en el aire porque huele a memorias. El abuelo asentía y me decía que le hacía recordar a sus enamoradas, a su música y a cuando no estaba tan loco. Le contaba acerca de la claridad en la avenida a pesar de las seis de la tarde. De las bancas blancas y del pasto bien cuidado por la vecina, que tenía un vestido y usaba zapatillas para correr. Regaba las plantas mientras les hablaba mientras nos miraba de reojo mientras se acomodaba las tiras del vestido para no dejar ver su escote. El abuelo estaba ciego, pero yo no.
Le contaba al abuelo que cuando yo era niño, también tenía un jardín en una casa que ahora se cae a pedazos. Era enorme para esa edad, yo podía encontrar sombra debajo de los hongos y pelear con las arañas. No tenía ninguna vecina así como la de allá, sino más bien, tenía una prima que nunca conocí, que se llamaba Andrea, que según mi hermano era bonita, pero no la recuerdo. En carnavales, mi mamá me dejaba regar las plantas y jugar con el agua que salía de la manguera como loca. En ese tiempo, me parecía el agua más cristalina que jamás haya visto y estaba bien fría, a pesar del sol. El otoño se acababa y el verano empezaba en mi jardín, así como para todo el mundo seguro. No conocía al abuelo en esa época pero tampoco le pregunté qué estaría haciendo él en ese año.
La tarde pasaba y yo le seguía contando al abuelo sobre más jardines que he visto en mi vida y de cómo se iban encogiendo conforme yo iba acumulando años en mi cerebro. El abuelo me asentía bastante, aunque creo que era el movimiento automático que había aprendido a hacer para que el mundo crea que él lo está escuchando. Seguramente que se imaginaba todo lo que decía e intentaba recordar cómo se veía el mundo cuando él podía mirarlo aún. ¿Acaso podía elaborar imágenes aún? Ojalá que sí porque en mi mente, esas imágenes eran preciosas.
La vecina sacaba la malahierba ahora con sus guantes más bien graciosos e infantiles. Tenía tobillos preciosos y se lo dije al abuelo. Él me dijo que la vecina era atleta y que corría cuando estaba en secundaria. También hizo salto alto y demás cosas parecidas. Me contó que él la escuchaba cuando se iba a estudiar y cuando regresaba, se imaginaba sus piernas y sus brazos balanceándose con solo el sonido de sus tacones. Le dije al abuelo que era un muy buen “observador” y él me dijo que no me haga el payaso.
Cuando yo sea viejo, quiero ser como el abuelo. Pero por mientras solo le contaba cuentos, para que no se aburra y para que sepa que el mundo donde vive aún es el mismo donde él vivía antes. El abuelo me decía que vuelva para seguir conversando. Por eso volvía y le contaba mis cuentos con los ojos cerrados, para sentir el mundo desde sus sentidos. Cuando sea viejo, quiero ser como el abuelo.







