
Nos habíamos sentado un rato en el balcón a tomar un trago que ella preparó. Hacía sol y nos daba mucho sueño la mezcla de calor y brisa marina. Las tarimas eran comodísimas, me hacían acordar a aquellas que estaban en el perímetro de la piscina del club. Ah, esos tiempos. A pesar de ser otoño, ese día las nubes se tomaron el día libre y, en la casa de playa, empezábamos a bautizar las nubes con nombres de animales, de uno que otro Monet (¿o era Manet?) y demás cosas sin sentido. Así la tarde se pasaba lentita, como si fuera de mañana aún. Estábamos cerca pero algo lejos y mis manos se morían por tomar las suyas, pero nuestras sonrisas mutuas me hacían pensar que, tal vez, agregaría una dosis de tensión romántica que no necesitábamos. Al menos, no necesitábamos aún.
Me acuerdo bastante bien que no habíamos visto el sunset desde que llegamos a la casa hacía unos dos días atrás porque nos quedamos dormidos en el balcón luego de almorzar tarde. El tránsito, las maletas pesadas y solo dos para cargarlas. Ese día me despertaron mis propios estornudos, cuando nos dimos cuenta, ya estábamos resfriados. El día siguiente llovió a cántaros en la playa. Mirábamos desde dentro de la casa, a través de las ventanas, un cielo gris, sin vestigios del naranja usual de las cinco de la tarde. Nos la pasamos cantando ese tipo de canciones que llamaríamos “del recuerdo” porque creo que ya hemos llegado a esa edad, los veintitantos, donde ya tenemos canciones del recuerdo. Me encantaba oír su voz, y la escuchaba atentamente con los ojos cerrados. Era magnífica; tan calmada y a la vez expresiva.
El tercer y último día, estábamos ahí en el balcón, nombrando nubes, haciendo hora para las cinco de la tarde. El cielo se tornaba naranja, como el sol, pero nunca hubo sunset. Al menos nunca lo hubo en mis ojos. Sabía que todo era naranja por la luz que entraba a través de mis párpados, cerrados nuevamente, cerca de los suyos, declarándole mi amor al oído por enésima vez. Sabía que no le aburría por la sonrisa que sentí que se dibujaba en su rostro. La lluvia empezó de nuevo pero no entramos, nos quedamos ahí riéndonos de todo y de nada a la vez. Ya no había sol en el horizonte, se lo había tragado el mar hacía muchos momentos.








