Paulo - 4 años
Estoy preocupada a la vez que enojada y hasta un poco entristecida por corroborar una vez más, que a pesar de que muchos profesores inculcan el “no se debe mentir” a sus alumnos (con lo que dicho sea de paso, no estoy de acuerdo), son ellos muchas veces los primeros en hacerlo, sin mayor motivo que sus dificultades para manejar situaciones como la siguiente: La semana pasada, Paulo (4 años) se sintió triste durante una de sus clases de verano. Extrañaba la casa, estaba lloroso y quería regresar. Probablemente con buena intención, su profesora no tuvo mejor idea que decirle que me llamaría. Lo tuvo así toda la mañana, diciéndole cada 20 minutos “que ya ahorita iban a llamar a la mamá”. Y me lo contó con cierta complicidad y orgullo, como si haber usado esa maña para entretenerlo la convirtiera en una gran estratega del manejo infantil.

Debió haberle sorprendido el que yo no avalara su comportamiento. Repuesta de la molestia que sentí al escucharla, le indique simplemente que no volviera a mentirle, pero me quedé pensando en que ese comportamiento es mucho más común en la educación inicial de lo que podríamos pensar, así que decidí poner algunas palabras aquí sobre el asunto. Quizá hasta me sirvan de catarsis: soy contraria a que le mientan a los niños sin razón válida alguna, y mucho menos a Paulo que es particularmente sensible al trato que recibe de los demás.


Lo primero es que a todos los profesores, padres, y a quien sea que interactúe con niños les pido por favor, y muy especialmente, que no hagan eso nunca!! No hay razón, en casos así, para mentirle a un niño. Recordemos que la única manera de desarrollar moralmente es a través de relaciones de cooperación, que involucran por naturaleza el respeto mutuo, el cual, a su vez, implica una relación entre iguales. Estas ideas vienen de Piaget y pueden encontrarse en sus escritos, principalmente en el libro clásico de 1932, El Criterio Moral en el Niño. Una relación entre iguales no implica, obviamente, que el niño y el adulto sean “iguales” física o cognitivamente (cosa que no son), sino que son iguales en tanto seres humanos con la misma dignidad y valor. En este sentido, ambos son sujetos de reconocimiento.

Las micro relaciones interpersonales (como el trato entre un niño y su maestra) forman parte de lo que Urie Bronfenbrenner llamaría los procesos proximales del desarrollo. Especialmente en sus fases tempranas, pero también a lo largo del curso de la vida, el desarrollo humano toma lugar a través de procesos de interacciones reciprocas entre un organismo humano que evoluciona y las personas, objetos y símbolos en su ambiente externo inmediato. En la interacción que comento, ocurre lo siguiente:

1) No se está tomando al niño en serio. Sus preocupaciones y sentimientos no son verdaderamente tomados en cuenta. Se intenta hacer que “se olvide”, minimizando la relevancia de lo que le ocurre.

2) El foco de atención, en lugar de ser el niño y su circunstancia, es simplemente la conducta visible. Se trata de evitar que el niño haga algo disruptivo (que llore más de la cuenta, por ejemplo) a través de un método que distraiga su atención sin resolver el problema.

3) Por lo tanto, no hay un trato de respeto hacia el niño.

4) Por último, y ligado a lo anterior, el imperativo categórico kantiano no se sostiene. La profesora no está tratando al niño como ella quisiera ser tratada; no estaría dispuesta a someterse a esa misma ley (dejar que a ella también se le mienta), lo que pone en evidencia que existe un problema ético en la interacción.

Quiero enfatizar, aunque suene exagerado, que la única manera de construir democracia es a través de las relaciones de respeto mutuo, por más pequeñas e intrascendentes que parezcan. Estas son opuestas a las interacciones autoritarias, en las que hay solamente respeto unilateral (obligación y/o temor, no verdadero respeto). No soy opuesta a que se intente orientar la atención de un niño hacia algo positivo para cambiar así su estado afectivo, pero esto hay que saberlo hacer: nunca mintiendo, y siempre involucrando al niño y combatiendo -con contraargumentos razonables- los pensamientos que lo llevan a sentirse como se siente.

Felizmente, para ser efectiva una interacción debe ocurrir regularmente y en períodos extensos de tiempo, por lo que espero que esta experiencia aislada no sea decisiva para Paulo. Afectivamente, este tipo de relaciones no construyen un espacio de confianza para el niño. Todo lo contrario, lo debilitan. Demás está decir que Paulo no se siente cómodo ya en sus clases, y no quiere regresar. Ha perdido la confianza.