24/09: Notas: Frye, Northrop. La imaginación educada.

El motivo de la metáfora
El punto de partida de las reflexiones de Frye es la siguiente pregunta: ¿Para qué sirve la literatura? Y para explicar y entender si es que alguna utilidad tiene debemos partir desde nuestra postura hacia (y en) el mundo. Así, Frye nos propone la siguiente situación: somos náufragos en una isla deshabitada que nos es desconocida.
En primer lugar, nos sentiremos ajenos y distantes en ese nuevo mundo, “como algo puesto frente a nosotros y que no es parte de nosotros” (p. 11). Sin embargo, no pasará mucho tiempo antes de que “algo dentro de nosotros” (es decir, los sentimientos o emociones, si nuestro punto de vista es occidental) nos haga considerar la isla un lugar hermoso, ideal para vacacionar; o quizás, el terror nos envuelva y la isla nos parecerá terrible. Y ya sea lo uno o lo otro, nuestra mente también intentará, como cotidianamente lo hace, racionalizar todo aquello que nos rodea. De cualquier forma, ambas actitudes mentales nunca coinciden cuando el mundo se nos presenta como lo hace esta isla, sino que alternan. Nuestra mente no hace más que contemplar el mundo y, quizás, especular sobre él. En este primer nivel mental, se constituye el lenguaje de la conciencia para calificar y nombrar las cosas. La ciencia aparece para describir racionalmente el mundo que nos rodea; y el arte, en contraposición, distingue entre “lo que gusta o disgusta” (p.13).
Sin embargo, no siempre razón y emoción se niegan la una a la otra en una misma actividad o situación. Para entender este punto, Frye hace un contraste entre “esto me gusta” y “esto no me gusta”. Cuando algo nos gusta surge un sentimiento de identidad frente a aquello que causó nuestro agrado. Por otro lado, si algo no nos gusta consideraremos que no es parte de nosotros (“esto no es una parte de mí”) y, además, que no es lo que quiero. Así, llegaremos a la distinción entre un mundo objetivo puesto delante de nosotros (como el de la isla) y un mundo constituido humanamente (un hogar, no el simple entorno). Empezaremos a darle forma y significado humanos a esta isla; este es otro nivel mental en donde intelecto y emoción coinciden en una situación o actividad. Construiremos un refugio, sembraremos un jardín: el trabajo de la sociedad transformará la isla. En este momento necesitaremos de las ciencias y las artes aplicadas. Nuestro lenguaje también cambiará en este mundo práctico.
No obstante, no solo el hombre tiene habilidades prácticas. Los animales también adaptan y transforman el entorno de acuerdo a sus intereses. Entonces, ¿qué nos distingue de la vida práctica animal?, ¿qué hace a nuestra vida ‘humana’? Según Frye, “un tercer nivel mental, un nivel donde se encuentran la conciencia y la habilidad práctica” (p.15). Este es el mundo de la imaginación y del lenguaje literario. Este tercer nivel es importante porque le permite al hombre comparar lo que hace con lo que desearía o podría hacer. Ahora Frye puede reconsiderar con mayor claridad la distinción entre ciencia y arte: la primera parte del mundo tal como es, describiéndolo y explicándolo, hacia la imaginación hasta constituirse como “un modelo posible para la interpretación de la experiencia” (p.16); y la segunda comienza con el mundo que deseamos, el mundo que construimos a partir de lo que vemos. Esta diferencia en el punto de partida nos indica que en la ciencia la capacidad de aprender y avanzar (fijémonos en el desarrollo tecnológico de las últimas décadas) es perenne y constante. En cambio, la literatura, que es un arte, no evoluciona, sino que (re)produce a partir de un posible modelo de experiencia. Parece ser que todo lo científico, que sí evoluciona y avanza, deja atrás al artista literario. Y Frye se pregunta, ¿es relevante la literatura (el arte) en el mundo de hoy (¡y se refiere a la década del sesenta!) que está basado en una sociedad científica? Y Frye intenta responder. La literatura pertenece, efectivamente, al “mundo humano, concreto, de experiencia inmediata” (p.19). Por otro lado, la literatura (y la imaginación y el arte) nos devuelve ese sentimiento de identidad con nuestro entorno que perdíamos cuando el mundo no tenía ningún valor humano, cuando el mundo no nos gustaba y no era como lo imaginábamos. La literatura (la imaginación), a través de su lenguaje, pretende asociar nuestra mente al mundo objetivo: “el motivo de la metáfora (…) es el deseo de asociar, y finalmente de identificar la mente humana con lo que ocurre fuera de ella (…)” (p. 24).
La escuela de canto
Toda sociedad tiene algún tipo de literatura, incluso desde sus períodos más primigenios. Sin embargo, la literatura de ese tiempo todavía está vinculada estrechamente con otros aspectos de la vida como la religión, por ejemplo. Una parte de la religión se constituye sobre la base de una estructura imaginativa a partir de la cual el hombre empieza a producir literatura. Un ejemplo claro de este punto es la mitología. Además, podemos considerar que algunas formas religiosas (como rituales, salmos, etc.) evolucionan o se convierten en formas literarias solo cuando la religión deja de ser una creencia o un dogma. Dichas formas literarias, entonces, tienen un pasado sobre el que podemos reflexionar. Las formas literarias de hoy las hemos heredado del pasado y las legaremos en el futuro. Esto sucede así ya que las formas de la literatura se han construido a partir de un sistema de convenciones, modos de escribir socialmente aceptados (p.29). Siempre se escriben las mismas historias, se utilizan las mismas formas; lo nuevo son los contenidos y personajes. Y Frye se pregunta cuál es el objetivo de estas afirmaciones. La pregunta implica dos cuestiones. En primer lugar, debemos señalar cuál es el carácter de los escritores literarios. Todos ellos no pueden dejar de ser caracterizados como convencionales, ya que se enfrentan al mismo problema: “transferir el lenguaje común a la imaginación” (p.32). El lenguaje literario no pretende informarnos sobre el mundo objetivo. Y en segundo lugar, “todas las temáticas y los personajes y las historias que encontramos en la literatura pertenecen a una misma gran familia” (p. 34). Todas las formas literarias, como el drama o la comedia, que conocemos son episodios de una gran historia mítica. Frye nos dice que podemos vislumbrar (o reconstruir) esta historia si regresamos una vez más al símil de la isla y a los tres niveles mentales. En este lugar deshabitado nos sentíamos separados de nuestro entorno; sin embargo, a veces surgía en nosotros una sensación de identidad que nos gustaba. El lenguaje de la imaginación era capaz de devolvernos el sentimiento de la identidad perdida. Esta es la historia que se ha contado tantas veces: “(…) la pérdida y la restauración de la identidad es (…) la estructura básica de toda la literatura” (p.39). Gracias a ella también podemos desvincularnos del mundo sin forma humana; no con una actitud moralizante, sino concibiendo este desprendimiento del mundo o de cualquier situación de manera irónica: la imaginación me permite distinguir entre el mundo familiar y aquel del que no queremos involucrarnos. Finalmente, mientras más humano es nuestro mundo, menos consideramos nuestra relación con la naturaleza. Y la literatura refleja este asunto: atrás quedan los dioses y sus mitos; ahora el héroe puede ser un hombre como nosotros.
Gigantes en el tiempo
En este apartado, Frye se ocupa de un hecho importante: “(…) los contenidos de la literatura no son ni reales ni irreales” (p.42). El juicio con que se evalúan las afirmaciones del poeta y de la literatura no debe estar dirigido a denotarlas como verdaderas o falsas. Ya dijimos que el poeta no ‘informa’ nada acerca del mundo objetivo: su labor no es la del historiador. El poeta narra acontecimientos humanos y universales y recurrimos a la literatura para experimentarlos, aunque, sea en el mundo imaginativo. El acontecimiento universal es, según Aristóteles, lo que realmente importa en la tarea del escritor literario. No interesan, por ejemplo, las consideraciones históricas acerca de una guerra que quizás hubo en Ilión (La Ilíada no es un libro de historia en el sentido estricto), sino la caracterización de sus héroes y aventuras, ya que eso es y será parte de la humanidad. Nada es gratuito en la literatura. Existe una razón literaria que da sentido humano a lo que produce el poeta. Y lo que éste toma del mundo que lo rodea se convierte en símbolo: la manera en la cual lo natural y lo humano se corresponden. Las imágenes de la literatura son así, alusivas: “La alusión en la literatura es parte de su cualidad simbólica, la capacidad de absorber toda la vida natural y humana en un cuerpo imaginativo” (p. 49). Ésta una parte importante en la labor del poeta: identificar lo que ve en la naturaleza con lo que humanamente construye a partir de la imaginación. La literatura no hace afirmaciones sobre la primera, no dice “esto es así”. Por tanto, no se basa (ni se dirige) en un sistema de creencias, como sí lo hace la religión. En el mundo imaginativo las creencias son sólo posibilidades (p. 54). Allí todo es posible. En el mundo literario nada se concibe ni como correcto ni incorrecto. Frye ve que en el seno de este escenario se abriga la tolerancia que “nace del desprendimiento en la imaginación, donde no hay lugar para las creencias y los actos” (p. 54).
Las llaves a la tierra de ensueño
En este capítulo, Frye reformula la pregunta inicial después de todas estas reflexiones: ¿qué lugar tiene la literatura en la sociedad? ¿Tiene algún lugar? Empecemos con la siguiente consideración. Nuestra vida en sociedad está pautada por un conjunto de convenciones que nos conducen hacia la uniformidad. Por otro lado, la literatura también las tiene en cuenta y ello se refleja en el hecho de querer parecerse lo menos posible a la vida. El poeta, por ese motivo, es el menos indicado para informarnos sobre el mundo, como ya hemos dicho antes. Tampoco la literatura toma en cuenta categorías de la vida como lo que es ‘moral’ o ‘inmoral’. La experiencia literaria sí nos revela dos mundos, dos modelos de experiencia imaginativa. De esta forma, tenemos un mundo en el cual quisiéramos vivir y otro que es peor que el que vivimos en realidad y que no quisiéramos sufrir: aquí la catarsis nos ayuda a tomar distancia. Si sólo consideráramos el primero de estos, la literatura no sería más que un mundo de ensueño. Pero la literatura nos insta a observar ambos extremos: “la literatura, pues, no es un mundo de ensueño: enfoca conjuntamente dos sueños, como unas gafas, un sueño de cumplimiento de los deseos y un sueño de ansiedad, revelándonos así una visión plenamente consciente” (p.70).
Las verticales de Adán
Habiendo formulado toda esta teoría de la literatura, Frye considera que ya es tiempo de aplicarla a un ámbito de interés: la educación. Según Frye, la educación literaria debe iniciarse desde temprana edad para que penetre “en lo más profundo de la mente y constituir así una base sobre la que pueda asentarse todo lo que viniese a continuación” (p. 74). Y el medio para dicho propósito es la Biblia, obra literaria en la que los principios estructurales de la narración son más completos. Además, ella debe complementarse con el estudio de la mitología clásica que ofrece la misma estructura literaria, pero los episodios del gran mito de la humanidad se muestran de manera más fragmentaria y clara: los temas principales “han de incorporarse a la mente lo antes posible” (p.75). Luego de esto, Frye recomienda continuar con el estudio de las estructuras de las formas literarias que se han ido construyendo a lo largo del tiempo. La comedia y el romance, que son las más sencillas, pueden servir para iniciar al estudiante; y, por otro lado, la tragedia y la ironía, que son más difíciles, deben ser reservadas para la enseñanza superior.
La vocación de la elocuencia
Finalmente, quedan por considerar y concretar algunos puntos acerca de las posibilidades de la literatura y su función en la vida cotidiana. La base de la vida social, según Frye, es la imaginación. Ésta crea el mundo donde tenemos que vivir (lo imaginario) y el mundo donde nos gustaría vivir (lo imaginativo); por un lado, crea de forma deliberada ilusión en la vida real, ciertos códigos sociales –clichés- de los cuales nos protege ella misma a través de la ironía. Ésta es una forma de crítica literaria que nos permite desarrollar nuestro propio punto de vista y nos da capacidad de elección. La ironía permite, además, separarnos de un mundo absurdo y de frustración de modo que lo vemos desde cierta distancia.
Por otro lado, la imaginación se diferencia del mundo de las creencias gobernado por verdades, pues en ella se dan posibilidades, de modo que expande el horizonte de creencias haciéndola más tolerante. Además, Frye sostiene que hay un vínculo innegable entre el estudio del lenguaje y la libertad de expresión. La libertad solo puede ser producto del aprendizaje, pues nadie puede hablar con libertad si no aprende a utilizar el lenguaje: los prejuicios y necedades del mundo quedan impedidas frente al conocimiento y la imaginación educada.
Frye, Northrop. La imaginación educada. Barcelona: Sirtes, 2007.
No obstante, no solo el hombre tiene habilidades prácticas. Los animales también adaptan y transforman el entorno de acuerdo a sus intereses. Entonces, ¿qué nos distingue de la vida práctica animal?, ¿qué hace a nuestra vida ‘humana’? Según Frye, “un tercer nivel mental, un nivel donde se encuentran la conciencia y la habilidad práctica” (p.15). Este es el mundo de la imaginación y del lenguaje literario. Este tercer nivel es importante porque le permite al hombre comparar lo que hace con lo que desearía o podría hacer. Ahora Frye puede reconsiderar con mayor claridad la distinción entre ciencia y arte: la primera parte del mundo tal como es, describiéndolo y explicándolo, hacia la imaginación hasta constituirse como “un modelo posible para la interpretación de la experiencia” (p.16); y la segunda comienza con el mundo que deseamos, el mundo que construimos a partir de lo que vemos. Esta diferencia en el punto de partida nos indica que en la ciencia la capacidad de aprender y avanzar (fijémonos en el desarrollo tecnológico de las últimas décadas) es perenne y constante. En cambio, la literatura, que es un arte, no evoluciona, sino que (re)produce a partir de un posible modelo de experiencia. Parece ser que todo lo científico, que sí evoluciona y avanza, deja atrás al artista literario. Y Frye se pregunta, ¿es relevante la literatura (el arte) en el mundo de hoy (¡y se refiere a la década del sesenta!) que está basado en una sociedad científica? Y Frye intenta responder. La literatura pertenece, efectivamente, al “mundo humano, concreto, de experiencia inmediata” (p.19). Por otro lado, la literatura (y la imaginación y el arte) nos devuelve ese sentimiento de identidad con nuestro entorno que perdíamos cuando el mundo no tenía ningún valor humano, cuando el mundo no nos gustaba y no era como lo imaginábamos. La literatura (la imaginación), a través de su lenguaje, pretende asociar nuestra mente al mundo objetivo: “el motivo de la metáfora (…) es el deseo de asociar, y finalmente de identificar la mente humana con lo que ocurre fuera de ella (…)” (p. 24).
La escuela de canto
Toda sociedad tiene algún tipo de literatura, incluso desde sus períodos más primigenios. Sin embargo, la literatura de ese tiempo todavía está vinculada estrechamente con otros aspectos de la vida como la religión, por ejemplo. Una parte de la religión se constituye sobre la base de una estructura imaginativa a partir de la cual el hombre empieza a producir literatura. Un ejemplo claro de este punto es la mitología. Además, podemos considerar que algunas formas religiosas (como rituales, salmos, etc.) evolucionan o se convierten en formas literarias solo cuando la religión deja de ser una creencia o un dogma. Dichas formas literarias, entonces, tienen un pasado sobre el que podemos reflexionar. Las formas literarias de hoy las hemos heredado del pasado y las legaremos en el futuro. Esto sucede así ya que las formas de la literatura se han construido a partir de un sistema de convenciones, modos de escribir socialmente aceptados (p.29). Siempre se escriben las mismas historias, se utilizan las mismas formas; lo nuevo son los contenidos y personajes. Y Frye se pregunta cuál es el objetivo de estas afirmaciones. La pregunta implica dos cuestiones. En primer lugar, debemos señalar cuál es el carácter de los escritores literarios. Todos ellos no pueden dejar de ser caracterizados como convencionales, ya que se enfrentan al mismo problema: “transferir el lenguaje común a la imaginación” (p.32). El lenguaje literario no pretende informarnos sobre el mundo objetivo. Y en segundo lugar, “todas las temáticas y los personajes y las historias que encontramos en la literatura pertenecen a una misma gran familia” (p. 34). Todas las formas literarias, como el drama o la comedia, que conocemos son episodios de una gran historia mítica. Frye nos dice que podemos vislumbrar (o reconstruir) esta historia si regresamos una vez más al símil de la isla y a los tres niveles mentales. En este lugar deshabitado nos sentíamos separados de nuestro entorno; sin embargo, a veces surgía en nosotros una sensación de identidad que nos gustaba. El lenguaje de la imaginación era capaz de devolvernos el sentimiento de la identidad perdida. Esta es la historia que se ha contado tantas veces: “(…) la pérdida y la restauración de la identidad es (…) la estructura básica de toda la literatura” (p.39). Gracias a ella también podemos desvincularnos del mundo sin forma humana; no con una actitud moralizante, sino concibiendo este desprendimiento del mundo o de cualquier situación de manera irónica: la imaginación me permite distinguir entre el mundo familiar y aquel del que no queremos involucrarnos. Finalmente, mientras más humano es nuestro mundo, menos consideramos nuestra relación con la naturaleza. Y la literatura refleja este asunto: atrás quedan los dioses y sus mitos; ahora el héroe puede ser un hombre como nosotros.
Gigantes en el tiempo
En este apartado, Frye se ocupa de un hecho importante: “(…) los contenidos de la literatura no son ni reales ni irreales” (p.42). El juicio con que se evalúan las afirmaciones del poeta y de la literatura no debe estar dirigido a denotarlas como verdaderas o falsas. Ya dijimos que el poeta no ‘informa’ nada acerca del mundo objetivo: su labor no es la del historiador. El poeta narra acontecimientos humanos y universales y recurrimos a la literatura para experimentarlos, aunque, sea en el mundo imaginativo. El acontecimiento universal es, según Aristóteles, lo que realmente importa en la tarea del escritor literario. No interesan, por ejemplo, las consideraciones históricas acerca de una guerra que quizás hubo en Ilión (La Ilíada no es un libro de historia en el sentido estricto), sino la caracterización de sus héroes y aventuras, ya que eso es y será parte de la humanidad. Nada es gratuito en la literatura. Existe una razón literaria que da sentido humano a lo que produce el poeta. Y lo que éste toma del mundo que lo rodea se convierte en símbolo: la manera en la cual lo natural y lo humano se corresponden. Las imágenes de la literatura son así, alusivas: “La alusión en la literatura es parte de su cualidad simbólica, la capacidad de absorber toda la vida natural y humana en un cuerpo imaginativo” (p. 49). Ésta una parte importante en la labor del poeta: identificar lo que ve en la naturaleza con lo que humanamente construye a partir de la imaginación. La literatura no hace afirmaciones sobre la primera, no dice “esto es así”. Por tanto, no se basa (ni se dirige) en un sistema de creencias, como sí lo hace la religión. En el mundo imaginativo las creencias son sólo posibilidades (p. 54). Allí todo es posible. En el mundo literario nada se concibe ni como correcto ni incorrecto. Frye ve que en el seno de este escenario se abriga la tolerancia que “nace del desprendimiento en la imaginación, donde no hay lugar para las creencias y los actos” (p. 54).
Las llaves a la tierra de ensueño
En este capítulo, Frye reformula la pregunta inicial después de todas estas reflexiones: ¿qué lugar tiene la literatura en la sociedad? ¿Tiene algún lugar? Empecemos con la siguiente consideración. Nuestra vida en sociedad está pautada por un conjunto de convenciones que nos conducen hacia la uniformidad. Por otro lado, la literatura también las tiene en cuenta y ello se refleja en el hecho de querer parecerse lo menos posible a la vida. El poeta, por ese motivo, es el menos indicado para informarnos sobre el mundo, como ya hemos dicho antes. Tampoco la literatura toma en cuenta categorías de la vida como lo que es ‘moral’ o ‘inmoral’. La experiencia literaria sí nos revela dos mundos, dos modelos de experiencia imaginativa. De esta forma, tenemos un mundo en el cual quisiéramos vivir y otro que es peor que el que vivimos en realidad y que no quisiéramos sufrir: aquí la catarsis nos ayuda a tomar distancia. Si sólo consideráramos el primero de estos, la literatura no sería más que un mundo de ensueño. Pero la literatura nos insta a observar ambos extremos: “la literatura, pues, no es un mundo de ensueño: enfoca conjuntamente dos sueños, como unas gafas, un sueño de cumplimiento de los deseos y un sueño de ansiedad, revelándonos así una visión plenamente consciente” (p.70).
Las verticales de Adán
Habiendo formulado toda esta teoría de la literatura, Frye considera que ya es tiempo de aplicarla a un ámbito de interés: la educación. Según Frye, la educación literaria debe iniciarse desde temprana edad para que penetre “en lo más profundo de la mente y constituir así una base sobre la que pueda asentarse todo lo que viniese a continuación” (p. 74). Y el medio para dicho propósito es la Biblia, obra literaria en la que los principios estructurales de la narración son más completos. Además, ella debe complementarse con el estudio de la mitología clásica que ofrece la misma estructura literaria, pero los episodios del gran mito de la humanidad se muestran de manera más fragmentaria y clara: los temas principales “han de incorporarse a la mente lo antes posible” (p.75). Luego de esto, Frye recomienda continuar con el estudio de las estructuras de las formas literarias que se han ido construyendo a lo largo del tiempo. La comedia y el romance, que son las más sencillas, pueden servir para iniciar al estudiante; y, por otro lado, la tragedia y la ironía, que son más difíciles, deben ser reservadas para la enseñanza superior.
La vocación de la elocuencia
Finalmente, quedan por considerar y concretar algunos puntos acerca de las posibilidades de la literatura y su función en la vida cotidiana. La base de la vida social, según Frye, es la imaginación. Ésta crea el mundo donde tenemos que vivir (lo imaginario) y el mundo donde nos gustaría vivir (lo imaginativo); por un lado, crea de forma deliberada ilusión en la vida real, ciertos códigos sociales –clichés- de los cuales nos protege ella misma a través de la ironía. Ésta es una forma de crítica literaria que nos permite desarrollar nuestro propio punto de vista y nos da capacidad de elección. La ironía permite, además, separarnos de un mundo absurdo y de frustración de modo que lo vemos desde cierta distancia.
Por otro lado, la imaginación se diferencia del mundo de las creencias gobernado por verdades, pues en ella se dan posibilidades, de modo que expande el horizonte de creencias haciéndola más tolerante. Además, Frye sostiene que hay un vínculo innegable entre el estudio del lenguaje y la libertad de expresión. La libertad solo puede ser producto del aprendizaje, pues nadie puede hablar con libertad si no aprende a utilizar el lenguaje: los prejuicios y necedades del mundo quedan impedidas frente al conocimiento y la imaginación educada.
Frye, Northrop. La imaginación educada. Barcelona: Sirtes, 2007.
Etiquetas : Literatura, Frye

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