Continuando con el tema de los últimos sucesos del VRAE, presentamos las reflexiones de Jorge Bruce, aparecidas en el Diario La República el 06.09.2009 bajo el título de "Ataques al pensamiento".

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Por Jorge Bruce

Los ataques narcoterroristas en el VRAE han tenido varias consecuencias nefastas. La más dolorosa, sin duda, es la pérdida de quienes cayeron cumpliendo su deber en defensa de nuestra democracia. Esas muertes nos enlutan a todos y deberían obligarnos a encontrar sistemas eficientes de procesamiento de lo ocurrido, a fin de articular respuestas adecuadas a la amenaza. No obstante, ese no es el único daño que se ha producido en nuestro tejido social. Al escuchar o leer una serie de discursos estos días, es evidente que el narcotráfico y sus sicarios senderistas han logrado un objetivo que para ellos podría ser más estratégico que los atroces asesinatos cometidos: impedir que, autoridades y algunos medios, piensen.

Así, el ministro Rey parece más concernido por tergiversar burdamente la opinión de los organismos de DDHH o el Informe de la CVR, que por diseñar una estrategia político-militar que hoy no se advierte. Este mecanismo es típico de personas cuyas emociones, asociadas con una ideología rígida o fanática, impiden tolerar el dolor y la frustración. De inmediato buscan chivos expiatorios para aliviar, proyectivamente, sensaciones tan penosas. Esto fue visible en su intervención en el Pleno del Congreso.

Carlín ha captado, con su habitual maestría, esa dramática confusión promovida por una vivencia insoportable que lo llena de rabia y le arranca lágrimas. El problema es que esa obnubilación les hace el juego a nuestros enemigos comunes, ministro.

El Vicepresidente, en un homenaje involuntario a la barbarie de la simplificación de Morin, mencionada la semana pasada en esta columna, ha propuesto declarar al VRAE zona de combate, y a los civiles, oficialmente, estorbo. Nuevamente, los únicos beneficiados serían los narcos y los terroristas, al renunciar a una política de alianza con los habitantes de la región, a los que se trata, más bien, como aliados del narcotráfico. Lo cual probablemente sea en muchos casos por el abandono del Estado.

Ni qué decir del ya tristemente célebre plan “napalm” (con sus siniestras evocaciones de la guerra de Vietnam), en donde la simplificación llega a extremos dignos de Bush: todo es cuestión de hacer un círculo con un compás en el mapa, cargar los aviones y listo el pollo. ¿A nadie se le había ocurrido algo tan genial? O es también culpa de las ONGs caviar, que no permiten arreglar la situación a punta de ¡Paf! y sobre todo de ¡Bum! Obvio.

Hay en el Estado mentes que resisten a esos ataques al pensamiento. La fiscal de la Nación, Gladys Echaíz, es una de ellas: “Esas personas movidas por las emociones no meditan sus expresiones; que la calma llegue a todos y entonces se puede hablar del tema de manera más reflexiva”. Luego: “Nuestra respuesta como Estado no tiene que ser de la misma naturaleza delincuencial”.

Así es. Si en vez de pensar, actuamos cegados por la rabia, el dolor y la ideología, arrasando de nuevo con los derechos de nuestros compatriotas más desprotegidos (¿nada hemos aprendido de la tragedia?), nuestros enemigos –y el narcotráfico con su inmenso poder de corrupción es más peligroso que Sendero– seguirán teniendo las de ganar.

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