Entre el actuar y la realidad detrás de la cámara

La tarde de un 11 de junio de 1963, Malcolm W. Browne, fotógrafo del Associate Press en Vietnam del Sur, obtuvo la fotografía que lo llevaría a la fama en las calles de Saigón: el monje budista Thich Quang Duc enciende su cuerpo en protesta a la persecución religiosa promovida por el primer ministro de ese entonces, Ngô Ðình Diêm.
Esta foto, donde un ser humano sacrifica su vida en nombre de un ideal, genera algunas reflexiones sobre la práctica del fotoperiodista. En primer lugar, como se discutió en la década de los sesentas, el tema ético respecto a la vida está presente en la fotografía.
Desde un punto de vista, la foto atrae por la susceptibilidad, por ver cómo la piel del monje se incinera mientras no mueve ningún músculo por el dolor. Si bien el realismo capturado por la cámara busca retratar cómo las protestas budistas son cada vez más extremas, la utilización de la imagen en la prensa podría tomar matices sensacionalistas, exagerando el valor del sufrimiento en vez del ideal y de la realidad social-religiosa que ocurre en Saigón.
Lo interesante de esta foto es que, según mi opinión, está en el punto medio entre la prensa de referencia y la sensacionalista, porque la utilización de esta imagen, que brilla por la susceptibilidad que provoca, requería de un público determinado por su bagaje cultural y educativo. No sería lo mismo publicar esta imagen en un diario popular, que la utilizaría exaltando el cuerpo quemado, que un diario de referencia que, como va dirigido a un público más educado, leería el transfondo de la imagen: la magnitud de la represión del gobierno vietnamita para los budas como para que protesten sacrificando sus vidas ante cámaras.
Y quizás por esto último es lo que los jueces del Pulitzer observaron al momento de premiar la foto al año siguiente, aunque la mayoría considere que el gusto por imágenes fuertes sea el secreto para un premio. Esta última premisa sobre la consideración de la mayoría tendría quizás sustento con la foto ganadora del Pulitzer en 1994: la foto de un niño africano padeciendo en el desierto con un buitre atrás esperando que fallezca.
Entonces, cabe preguntarse una segunda cuestión respecto a la ética del fotoperiodista: su participación ante la realidad que lo contextualiza. ¿Cómo actuar frente a alguien que se suicida? ¿Cómo evitar la norma categórica de cuidar la vida de un ser humano cuando el fotoperiodista se ciñe de eso para obtener una foto de la realidad?

Refiriéndome a la foto del buda, ¿cómo W. Browne tomó las imágenes evitando salvarle la vida ante un suicidio enunciado? Es más, ¿cómo hacerlo si la praxis periodística pide que el reportero no intervenga en la realidad que observa? Estas preguntas sugieren una explicación sociológica; en el sentido que, al igual que el antropólogo, el reportero no puede introducirse en la escena que observa por la búsqueda de la veracidad. Incluso, el no actuar el fotógrafo en la imagen, al intentar rescatar al buda, refiere la comprensión de un sistema cultural diferente; es decir, que el fotógrafo quizás argumente que en el imaginario colectivo del budismo la inmolación por el ideal budista es diga por concebir un fin en sí mismo, la liberación de su gente, aunque para los ojos occidentales sea el resultado inevitable del fanatismo religioso.
El párrafo anterior cerraría con la reflexión de que en el quehacer de fotoperiodista, a pesar que la vida humana del otro esté en juego, se inmiscuye los valores y ritos de la sociedad donde el fotógrafo esté habitando. El quehacer periodístico en una comunidad africana no sería tan igual que en una comunidad asiática, aunque mantengan una línea occidental por la formación del periodista: el universo simbólico de los habitantes de un lugar que rodean al fotoperiodista determinan su quehacer.
Por último, refiriéndome a la imagen del Pulitzer de 1994, el caso es polémico, porque ante la necesidad de ayuda de una niña el camarógrafo se limitó a tomar las imágenes e irse. A diferencia de la foto anterior, la intervención aquí me parecería justificada, porque solo es el fotógrafo y ella. Pudo muy bien tomar la foto y luego ayudarla, acción que no hizo y que no tendría, a mi parecer, justificación alguna, porque no está en juego un contexto social más grande ni la tergiversación de un hecho, sino el contacto mínimo con una niña moribunda. Como escribió John Carlin, periodista británico, a Carter, autor de la fotografía, “la cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión”.
Etiquetas :

Total de Votos: 1 - Rating: 5.00







Comentarios
Agregar comentario