Woodstock

Más que leer, siguen oyéndose los homenajes a Woodstock, uno de los íconos culturales del siglo pasado. Cuando yo lo descubrí, fines de la década setentera, el Festival de Woodstock ya era una leyenda que noveles rockeros como yo, reverenciábamos con fervor.
Eso se ponía de manifiesto cada año en las épocas de vacaciones escolares. La ausencia de clases era propicia para prepararse al rito que significaba asistir cada febrero al cine Orrantia para ver la película de Woodstock: dejarse crecer el pelo, prepararse con el pantalón palazo y los zapatos de taco alto, entre otras indumentarias para sintonizar con la película. Ya en la sala del cine, luego de largas colas para adquirir una entrada, empezaba esa ceremonia casi religiosa donde todos nos alucinábamos estar en el Condado de Sullivan y ser parte del medio millón de personas que asistió al festival, aunque nosotros creíamos que estaba todo el mundo.

Con Joe Cocker y su With a litlle help from my friends venía la calma y entendíamos todo el romanticismo que animó esos años: Vietnam, Mayo del 68, el hipismo y su filosofía de Haz el amor y no la guerra. Además, mientras escuchaba embelesado los ronquidos de Cocker, yo tenía que aceptar, humildemente, que The Beatles no eran insuperables; es más, que algunos de sus temas sonaban mejor en los arreglos y voces de otros. Terminaba esa sesión mística con The Who, Ten Years after y el eminente Jimi Hendrix.

De mi contacto personal con Woodstock ya han pasado una treintena de años. La fecha original de ese festival ocurrió ya hace cuarenta; sin embargo, sus imágenes y su trascendencia continúa vigente y, fundamentalmente, su música. Oír esos temas como si fuera ayer y ver que sigue gustando a nueva gente, nos ayudan a entender porqué esos enfermos como decía mi abuela son en realidad clásicos, eternos. Me alegra no haberme equivocado en seguirlos con fervor.
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