El racismo ha calado fuertemente en nosotros. La interiorización del prejuicio en sus diversas consecuencias ha generado una brecha que, en los últimos 50 años, se ha ido cerrando -gracias a la demografía- pero, por momentos, parece insalvable. A continuación, se ofrecen algunas sugerencias para terminar de cerrar esta herida.

En primer lugar, es preciso encontrarnos en un ambiente democrático: fomentar una convivencia democrática donde podamos desarrollar actitudes respetuosas hacia todos los peruanos. Para ello, debemos tomar, como el camino correcto a seguir, el diálogo. Este permite que, mediante la interacción de dos o más personas, se puedan expresar libremente las opiniones o comentarios de cada una de las partes. Es lógico plantear que el respeto a las demás formas democráticas (marchas, grupos políticos, etc.) también es imprescindible para lograr el cambio que necesitamos con respecto del racismo. La practica de los valores democráticos es un segundo punto, muy importante también, en el que debemos enfatizar para lograr aminorar el racismo en los diferentes grupos sociales. Por último, fomentar una convivencia que prioríce la libertad de participación cultural sería una forma más de combatir el racismo. Esta medida implica comprender que toda cultura tiene una propia coherencia y se las debe respetar.

Por otro lado, la educación intercultural, además del diálogo y la convivencia objetiva en la socialización de estas culturas son soluciones para obtener una relación horizontal y equitativa: este proceso presenta, como principio fundamentales, la igualdad, la justicia y el derecho a la diferencia. En prioridad, la igualdad de derecho basada en la comunicación y tolerancia, sin distinciones raciales, empezando por reconocer la propia identidad con el objetivo de percibir los beneficios de esta pluriculturalidad social.

Para poder aminorar el racismo, se proponen ciertos caminos. El primero es el respeto y la sensibilidad hacia las otras culturas. El segundo camino es la valoración a las personas por quines son, es decir, valorar sus lenguas, sus costumbres, sus tradiciones, etc. Además, debemos saber que todos nosotros aportamos cultura, por lo tanto, valorar sus particularidades es esencial. Por último, considerar que la empatía y solidaridad genera el reconocimiento hacia aquellas personas excluidas es fundamental; tener empatía nos permite ponernos en el lugar del otro y esto, a su vez, genera la posibilidad de captar a las otras personas, asimilar y aprender sus culturas y sus costumbres.

Como se ha podido apreciar, sí existen soluciones factibles para el exterminio del racismo, las cuales solo requieren voluntad por parte de los diferentes grupos sociales. En resumen, al aceptar nuestra interculturalidad, generando una convivencia basada en valores democráticos y trabajando en nuestras actitudes cotidianas podremos edificar una sociedad que valore su diversidad étnica y que, en un futuro se pueda beneficiar de ello.



Bibliografía:

GARCIA O’MEANY, Margarita

2002 “Yo no soy racista pero.....”. Barcelona: Editorial INTERMON. pp. 81-87