LA CULTURA DEL PENDEJO

En el Perú, la cultura ha ido evolucionado en muchos casos como también ha ido involucionando, en particular respecto de su vinculación con la moralidad ética respecto del buen comportamiento con la misma sociedad y el Estado.

Los fenómenos que lo han cambiado son múltiples y es un grosero error de la doctrina pensar que esto deviene de un solo factor, atribuible generalmente al comportamiento difuso e insensato de la clase política.

En realidad esta involución respecto de la moralidad frente a los intereses comunitarios tienen un desarrollo respecto de nuestro propio desarrollo como sociedad nacional, aún en formación.

En el caso del Perú, se puede establecer un patrón de desarrollo.

El inicio de nuestra sociedad del pendejo, porque pendejos hay y muchos en el país y eso jode al resto, parte del desarrollo de una economía nacional post segunda guerra mundial, la cual provocó indirectamente una ola migratoria rural a las ciudades.

El desarrollo de una serie de políticas públicas (educación, vivienda y salud) propició un desarrollo poblacional que hizo colapsar las ciudades tradicionales (Trujillo, Chimbote, Chiclayo y Lima) colapsaron y se transformaron sin un orden establecido.

Las grandes olas migratorias modificaron el pensamiento de actuación del mismo Estado que no supo estar a la altura preventiva y planificadora. Surgieron nuevas necesidades y las situaciones de extrapolación de factores se multiplicaron para generar nuevos pobres crónicos.

Esta primera situación provocó la necesidad de que la clase obrera luche por sus derechos y se manifestaron en las grandes huelgas nacionales de 1978, que provocaron en Morales Bermúdez la necesidad de instaurar una Constituyente en 1979 y así dar paso a la democracia de los años ochenta.

Esta primera etapa da paso a la década inútil que es la de los gobiernos de Fernando Belaúnde y de Alan García, par de inútiles para efectos prácticos.

El país se vio abrumado por la ineficacia de las gestiones gubernamentales así como de los niveles de corrupción.

De esta década surge la necesidad de actuar bajo un parámetro totalmente distinto al orden legal: la flexibilización de nuevas formas de relaciones sociales: va surgiendo la cultura combi.

Surge la informalidad como valor económico poderoso (Hernando de Soto), el mismo que da cuenta que la formalidad de lo ilegal puede devenir en una forma de desarrollo económico.

En los noventa, bajo este parámetro socio económico, es que surge el concepto de Liberalismo económico como política de Estado, permitiendo que la sociedad busque y se agencie de sus propios caminos de superviviencia.

En esta década es que se institucionaliza la cultura combi, con la apertura de “rutas” de transporte público, con la apertura de una percepción de “la bajada es en cada esquina”, que desplaza la tradicional cola kilométrica de los Ikaros de dos cuerpos.

Los buses no son suficientes y aparecen las combis y las custers, porque la gran mayoría de desempleados buscan “recursearse” con algún trabajo administrado directamente.

Sin embargo, el pago de los vehículos, hecho generalmente al contado, porque no habían líneas de crédito, exigía a los propietarios y transportistas un mecanismo de garantizar el éxito económico: Darle de alma a la combi.

No importaba la fachada, ni tampoco la calidad de los asientos, total el pasajero aguanta.

A cambio se compensó la poca calidad e higiene con una reducción de las tarifas y un trato V.I.P. al cliente: “te puedes bajar donde te plazca, tu sólo avisa”.

Es esta cultura combi que en la primera década del presente siglo, es que se pervierte y se transforma en la cultura del pendejo.

Cultura que exige que ya no solo flexibilices tus parámetros legales, sino también tus parámetros morales, toda vez que hasta que se te sancione o juzgue, tu podrás utilizar tus influencias, tus contactos, o por último podrás pagar para la gaseosa al “jefe” que te suene el pito y te detenga por una infracción vehicular.

Y esta sociedad del pendejo le permite al pendejo optar por una opción fácil, sin que tenga remordimiento ético por su in conducta.

Así pendejos hay muchos: Podemos citar a Javier Alva Orlandini que contrató a la mamá de su hijo como secretaria en el Tribunal Constitucional. Que gran pendejo!.

También esta Jorge Lozada Stanbury, quien fuese Presidente del Consejo Nacional de la Magistratura y que nombraba jueces y fiscales si pertenecían al APRA.

Las mujeres no se quedan atrás. Está la “ingeniera” Ingrid Suarez, quien dijo que tenía grado y título en España y hasta capacitación en otros lados. Nada era cierto y encima justificó el uso del “ing.”, en su post firma porque era el diminutivo de su nombre.

Pero de todos los grandes pendejos, el que gana es Alan García. Tremendo conchudo que casi mata al país en su primer gobierno, postula y gana la presidencia por segunda vez, justificándose con una frase célebre: “no cometí errores, fueron aprendizajes de juventud”. Grande, que grande este gran pendejo.

Redondeó su comportamiento con la negación de su último hijo porque lo registró en Estados Unidos y ante el Jurado Nacional de Elecciones lo negó en siete idiomas. ¿Qué raro? Porque lo había firmado un año antes.

Y es así, esta cultura del pendejo le dice al pendejo: no te preocupes, atrévete, hazte pendejo.

MBT