Hoy, 29 de junio, es día de Chorrillos. San Pedro de los Chorrillos fue la denominación oficial de este pueblo en alusión a los chorros o “chorrillos” de agua dulce que se desprenden de los barrancos hacia el lado de la playa Agua Dulce, y por ser un pueblo de pescadores cuyo Santo Patrón es San Pedro. Hoy recordaremos pasajes de la historia de este balneario durante el siglo XIX.

Según el abogado e historiador Evaristo San Cristóbal (Esplendor y grandeza de Chorrillos. Lima, 1942), los presidentes que más trabajaron, en el siglo XIX, por el progreso de Chorrillos fueron Agustín Gamarra, Ramón Castilla y Juan Antonio Pezet. Durante el gobierno de Gamarra (1829-1833) la población se duplicó y el sistema de construcciones mejoró, ya que en las rústicas chozas en las que predominaban la totora y la caña, le reemplazaron el adobe. Se intensificaron las construcciones y el progreso urbano se afirmó. Así lo confirman las Noticias Estadísticas de Córdova y Urrutia, quien registró una población nativa de 581 hombres y 470 mujeres. Más tarde y gracias al establecimiento de nuevas las familias en el balneario, poco a poco se alcanzó la cifra de 4 mil habitantes, antes de la guerra de 1879.

En 1940, durante el gobierno de Gamarra, se inauguró la línea de vapores de ruedas que se dedicó a hacer el tráfico marítimo entre Valparaíso y el Callao. Fue así como el 3 de noviembre de 1840, pasó por Chorrillos, ante el asombro de la gente, el primer vapor que surcaba su mar; algunos pensaron que la nave se estaba incendiando. Esa era la sensación de ver por vez primera en el mar un buque a vapor con las luces encendidas y echando humo, tan distante de los botes de vela, las chalupas y los caballitos de totora, empleados por los nativos de Chorrillos y las caletas vecinas. Al poco tiempo, se permitieron viajes entre el Callao y Chorrillos, gracias a la aceptación de Guillermo Wheelright, gerente de la compañía de vapores. Se cobraron 4 pesos por el recorrido de ida y vuelta.

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Chorrillos según grabado del viajero alemán Karl Scherzer


Por su parte, Ramón Castilla, le puso a Chorrillos gran interés. Se trazaron los planos del antiguo malecón y se inician las obras, que serán continuamente visitadas por Castilla. El malecón de esta época de esplendor, gracias al dinero del guano, era entablado, con barandal de madera, que permitía apreciar todo el panorama de la bahía de Lima y lucía dos glorietas y gran número de bancas y macetas, de grandes dimensiones diseminadas en toda su extensión. Por su parte, el general Juan Antonio Pezet, continuando la obra de Castilla, embelleció el balneario dotándolo de alamedas y parques. En sus principales calles se sembraron Picus, boliches, molles y sauces.

De esta manera, Chorrillos se convirtió en un verdadero jardín por la proliferación de árboles y flores de sus plazuelas, esmeradamente cultivadas y arregladas. No había rancho o mansión que no contara con plantas escogidas y finas de las que se sentía orgulloso el propietario. Ese fue el caso, por ejemplo, del inmigrante italiano Ulderico Tenderini cuyo rancho que le servía de residencia, en la quebrada que lleva su nombre, ostentaba las plantas más exóticas. Asimismo, era famoso el “Palacio Pezet” (propiedad del presidente Pezet), ubicado en la calle del Tren con Arica, y estaba provisto de preciosas explanadas, fuentes de mármol de Carrara, plantas ornamentales, enredaderas, glorietas, estatuas florentinas, a las que se agregaban salones de lujo donde tuvieron lugar los grandes “saraos” de la época. Por todo ello, varios viajeros del siglo XIX coincidieron en afirmar que Chorrillos era, hasta 1879, el balneario más elegante del Pacífico Sur, por encima de Viña del Mar.

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Residencia del presidente Pezet en Chorrillos

Durante el gobierno de José Rufino Echenique, se expidió un decreto con fecha 1 de Julio de 1852 por el cual, y a mérito de una nota del subprefecto de Lima, se declaraba que el distrito de Surco quedaba comprendido dentro de los límites de la Intendencia de Policía de Chorrillos. Más tarde y ya que la población se mantuvo casi estacionaria a partir de la época de Gamarra, la Convención Nacional por ley del 31 de Julio de 1856, concedió a Chorrillos el título de Villa, en atención a contener el número de habitantes prescrito por la ley para que una ciudad pudiese adquirir esta denominación, aparte de los otros requisitos que se necesitaban complementando el anterior. El 1 de Agosto del mismo año, Castilla dispuso el cumplimiento de la ley antedicha que refrendó su Ministro de Gobierno y Obras Públicas don Juan Manuel del Mar.

El impacto del ferrocarril.- Hasta la construcción del “camino de hierro”, el tráfico entre Lima y Chorrillos se hacía empleando toda clase de mulas y carretas. Los coches y las calesas, por lo general, eran empleados por la clase alta, aún así, esto generaba una serie de molestias consiguientes de una carretera desigual, polvorienta, empedrada a trechos y llena de sinuosidades, amén de los sustos y riesgos a que se exponían (había muchos asaltantes a lo largo del camino), pese a la escolta de servidores, la ronda de la guardia rural y de los serenos. El tramo más peligroso era el comprendido entre Limatambo y Miraflores. El ferrocarril salvó la situación.

William S. Ruschenberger, médico de la marina norteamericana visitó el Perú en 1831 y dejó testimonio sobre los salteadores en el camino de Lima a Chorrillos: "En el mes de enero acompañé a una partida de caballeros a Chorrillos, y pasé varios días en ese lugar. Partimos hacia las tres del sábado por la tarde, con ponchos y grandes sombreros de paja para cubrirnos del sol, y armados con pistolas para protegernos de los salteadores, que, en esta estación, infestan por lo general el camino. Han sido menos numerosos, sin embargo, durante los últimos años que antes. Son un conjunto de los más rapaces ladrones, pues no satisfechos con el caballo, la bolsa y las cosas valiosas, por lo gene|ral dejan a sus víctimas sin otra cobertura para su cuerpo que sus camisas. Conozco, no obstante, un ejemplo de generosidad de parte de un individuo de esa profesión. Un bandido detuvo a un comerciante acaudalado en ruta a Lima desde Chorrillos, y después de quitarle s reloj y su cartera, le ordenó desmontar. El comerciante protestó y argumentó que se produciría un serio perjuicio a su negocio si era retenido lejos de Lima, pero ofreció entregar el caballo al día siguiente, sin formular preguntas, a cualquier persona que fuese enviada en busca del animal. Su oferta fue aceptada, y se le permitió continuar su viaje. A la mañana siguiente el asaltante reclamó el caballo, ¡que fue puntualmente entregado! Debe tenerse presente que el incumplimiento de los términos del trato habría sido a riesgo de perder la vida en caso de un segundo encuentro".

El 1 de diciembre de 1855 se dieron las bases para la construcción del mencionado ferrocarril; el gobierno concedía a los empresarios un privilegio exclusivo por el término de 25 años, permitiéndoles disfrutar la propiedad del camino por 70 años. Al final de la licitación, la construcción del nuevo tren quedó bajo la responsabilidad del empresario Pedro Gonzáles Candamo, amigo de Castilla. El 7 de noviembre de 1858 corrió el primer tren. Para dar toda clase de seguridades al público, el gobierno nombró una comisión de ingenieros que debía emitir un informe sobre las condiciones de la vía férrea. Los designados fueron Ernesto Malinowsky, Antonio Dupard y Eugenio Schteiner, quienes reconocieron la calidad del trabajo efectuado. El día de la inauguración, la estación de San Juan de Dios (en lo que es hoy la Plaza San Martín) estuvo llena de gente y realzada con la presencia del presidente Castilla, junto a sus ministros de estado, funcionarios de cuerpo diplomático y otras autoridades. Al principio, el itinerario que fijó la empresa para la salida de los trenes fue muy reducido: los trenes salían de Lima a las 7 de la mañana, a las 2 y a 5:15 de la tarde; y de Chorrillos partían a las 9 de la mañana, a las 4:30 y a las 6 de la tarde. Pero la frecuencia de trenes fue intensificándose, especialmente los domingos de diciembre, debido a la proximidad de la temporada de verano.

Lo cierto es que el ferrocarril innovó completamente la vida de Chorrillos. La concurrencia al balneario aumentó y la empresa se vio obligada en aumentar su servicio de trenes, a pesar de que el ferrocarril era de una sola vía. En la calle del Tren estaba situada la estación principal y abarcaba una extensión de seis cuadras desde la calle Colina hasta la Bolognesi. Daba cabida en sus andenes a muchas personas de diversa condición social que iban a esperar momentos antes de la llegada del tren a los visitantes que venían de la capital. Las bodegas de Chorrillos, conducidas en su mayoría por italianos, también tenían un inusitado movimiento los días domingos y feriados en los cuatro meses que duraba la temporada veraniega. La gente del pueblo, por su lado, se dedicaba al esparcimiento constituyendo las rancherías ubicadas en lo que después fue la Avenida Alfonso Ugarte y calles Blondell y Miraflores, que podrían denominarse como el barrio de los pescadores. Todo este progreso se debió al ferrocarril. Por último, la rebaja de los pasajes se hizo así inevitable y se establecieron abonos mensuales.

El malecón, el alma de Chorrillos.- Durante el siglo XIX, pasear por el malecón de Chorrillos era uno de los pasatiempos más atractivos que podían experimentar chorrillanos y limeños, especialmente en las tardes o en las noches de luna y retreta. Desde un principio, este malecón estuvo dedicado a recordar al mártir chorrillano José Olaya. Por ello, el 28 de junio de 1867 se publicó un decreto en el que se ordenaba la erección de un busto en bronce para el malecón de Chorrillos en honor a Olaya; el trabajo fue ejecutado por el escultor peruano Salvador Gómez Carrillo de Albornoz.

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Malecón de Chorrillos, 1860

El vicio de Chorrillos, el juego.- Si algo caracterizó a Chorrillos durante los años de la bonanza guanera fue el juego, la apuesta. Ya el comerciante alemán Heinrich Witt lo describió con mucha claridad: "Además de los baños, el juego constituía la atracción principal en Chorrillos. En una casa, de propiedad de la familia Elespuru, había una mesa de juego. En la casa también se podía conseguir una habitación y una cama para al noche. En la casa de doña Ignacia Palacios, una admirable dama mayor, de una respetable familia, había juego durante todo el día y gran parte de la noche. En las noches sus apartamentos estaban llenos de gente. Esta pobra dama anciana no podía vivir sin la excitación del juego. Ella murió en Lima en 1866, a edad muy avanzada, querida y compadecida por todos. Ella había sido una mujer rica alguna vez, pero después des u muerte sus finanzas fueron encontradas en pésimo estado. Sus dos hijas, dos solteronas de edad, debo decir que viven ahora (1867) en la penuria". Manuel A. Fuentes fue aún más radical: "¿Cuál es el gran atractivo que ofrece Chorrillos? ¿Por qué es el pueblo predilecto de la aristocracia? ¿Por qué es ese pueblo el sitio de reunión de los vagos de la capital? ¿Son sus aguas? Nada de eso. Es porque allí tiene establecidos sus templos la diosa de la fortuna; es porque el mayor número de las casas son otros campos de batalla, en que luchan todo el día y toda la noche los genios prósperos y adversos de los hombres; es porque de Chorrillos se trae una fortuna adquirida en uno o dos días, o se saca pérdida de las economías de todo el año o de toda la vida".
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Vista general de Chorrillos antes de la guerra de 1879 (skypercity.com)

Llegan los chilenos.- Como sabemos, todo el esplendor o el glamour de Chorrillos se hizo cenizas con el criminal saqueo e incendio de este balneario, perpetrado por las tropas chilenas, luego de la batalla de San Juan; también era un aviso de cómo podría quedar Lima. Los jefes chilenos no pudieron –o no quisieron- controlar los bajos instintos de su soldadesca. Hay alguno que dice que era preciso destruir Chorrillos a favor de Viña del Mar. Por ejemplo en el “Palacio Pezet” se alojaron por unas horas el General chileno Baquedano, su secretario en campaña Máximo Ramón Lira y el ex Ministro Plenipotenciario en el Perú Joaquín Godoy, quienes fueron arrojados por las llamas que consumieron la lujosa mansión al igual que casi todo el balneario en los horrorosos días del 13 y 14 de enero de 1881.

El ensañamiento del enemigo contra Chorrillos también se explica por su fama de lugar de expansión y recreo insuperable en el Pacífico Sur, y esto era conocido en Chile a través del historiador Vicuña Mackenna y el Ministro Plenipotenciario Joaquín Godoy, quienes eran los mejores informantes del Gobierno de la Moneda. Tan es así que cuando se produjo la invasión chilena después de la batalla de San Juan, Godoy resultó el obligado “guía” de Manuel Baquedano y de Tomás Lynch.

Según un testigo de la guerra, el historiador italiano Tomás Caivano (Historia de la Guerra de América entre Chile, Perú y Bolivia), a las dos de la tarde, cuando todo había concluido, Iglesias cayó prisionero en unión de los escasos restos de su división y menos de media hora después, las primeras columnas de las tropas chilenas, que descendían por las áridas faldas del morro, "invadían las desiertas calles de Chorrillos, mientras otras ocupaban el cuartel situado a poca distancia,(...). A las dos y media el General en Jefe, Baquedano, y el Ministro de la Guerra, Vergara, que representaba el gobierno chileno, se hallaban también en Chorrillos, admirando estáticos en unión de sus ayudantes y secuaces, los hermosos palacios (ranchos), que con sus elegantes terrazas moriscas y sus floridos jardincillos cerrados por macizas verjas de hierro dorado, daban al conjunto aquel aire fantástico, encantador, grandioso, del cual tanto se había oído hablar en Chile, y que tan fielmente anunciaba la decantada riqueza de los ajuares y de todas las elegantes superfluidades de las habitaciones. La numerosa cabalgata de los conquistadores se separó hacia las tres; y mientras el General en Jefe, junto al Ministro y al ex-Plenipotenciario Godoy buscaban un poco de reposo en el rancho de un pariente de éste, “otros invadían el del doctor José Antonio García y García. Breve fue sin embargo, su reposo: grandes llamas y gruesas nubes de humo les advirtieron bien pronto, que la venganza chilena comenzaba, y que era hora de dejar libre el campo a sus terribles Ministros. A las 5, el Ministro de la Guerra abandonó Chorrillos, mientras el General en Jefe pasaba a ocupar el gran Palacio de Pezet, de donde lo desalojaban nuevamente las llamas a las 10 de la noche, viéndose obligado de este modo, a pasar la noche en el cuartel convertido en hospital. Desde cerca de las 5 de la tarde Chorrillos se había convertido en horrendo teatro de rapiña, de orgía, de sangre y de ruinas; una verdadera caldera del infierno. Y esto duró sin interrupción toda la tarde, toda la noche, y toda la primera semana, y mitad del día siguiente; desde las 5 de la tarde del día 13, hasta el mediodía del 14, hora en la cual el desbandado ejército fue llamado a filas; y al comenzar de la cual, sin cesar jamás completamente durante varios días consecutivos, la nefanda obra de destrucción, fue continuada solamente por simples grupos más o menos numerosos de soldados desbandados, hasta que en Chorrillos y sus alrededores no quedó piedra sobre piedra".

Un texto chileno titulado Carta Política, del escritor Manuel J. Vicuña recoge la siguiente versión: "A las dos y media de la tarde, cruzábamos las calles de la elegante y bonita villa de Chorrillos. Esperábamos al Ministro de Guerra; no tardó en llegar. Apenas había pasado una hora, cuando empezamos a notar un gran desorden: roturas de puertas, saqueos de tiendas y algunas casas ardiendo ya. Era el principio de un gravísimo mal, cuyas consecuencias podían parar en una catástrofe nacional. Fácil, habría sido contenerlo al principio. Sin embargo, ni el General en Jefe, ni los Generales de División, ni los Comandantes de brigada tomaban ninguna medida. El desorden en Chorrillos había llegado al maximum del desborde y de la desmoralización. El saqueo y la borrachera, el incendio y la sangre, formaban los cuadros de aquel horrible drama".

Por su lado, El Mercurio de Valparaíso (en su edición del 22 de marzo de 1881) informaba: "La noche iba cerrando y las calles de Chorrillos alumbradas por el fulgor de cien incendios, semejaban un fantástico cuadro de escenas del infierno. De pronto resonaron algunos tiros: eran de soldados chilenos que disputaban entre sí. El siniestro resplandor de los incendios alumbraba sólo repugnantes escenas de orgía y de exterminio. Al siguiente día continuaron los desórdenes. Pero el General en Jefe no tomaba ninguna determinación seria con el fin de que cesaran aquellos repugnantes desbordes. Parecía que pensaba dejar marchar las cosas, y permitir que en la noche del 14 se repitieran las escenas de las del 13. El Ministro de la Guerra le indicó entonces que sería conveniente reorganizar el ejército a fin de marchar inmediatamente sobre Lima y que era necesario recoger por cualquier medio aquella gente desbandada".

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Imágenes después del saqueo (1881)