Luego de oir la entrevista a nuestra Defensora del Pueblo llamó mucho mi atención cuando mencionó al recordado Padre Carlos M Martini...mencionado algunos de sus pensamientos "Cómo te entendiera y cómo me entendieras..., relacionándolo a la realidad que estamos viviendo y que me llena de nostalgía por tratarse de mi querido país; aquí les dejo un segmento del libro que Beatriz tenia en sus manos...el que quiera oir que escuche...U_U
Tomado de: Carlos María Martini, Effatá: “Ábrete” edición de mis queridas amigas Paulinas....
1. El Don:
Pentecostés y la Alianza
Una imagen fundamental:
Pentecostés (Hch 2, 1-47)
Estamos pues, invitados a escuchar el evangelio de la comunicación. Dios es comunión y la comunicación: se comunica a nosotros y nos habilita para entrar en comunicación unos con otros, curando nuestros bloqueos de comunicación.
Podremos expresar este gran tema sinfónico con muchos motivos y representarlo con muchas imágenes y símbolos. Solo me referiré a algunos, para que el lector se sienta animado a buscar en la Biblia y a encontrar lo que interiormente lo alimenta. No hay nada que cure tanto el corazón como la contemplación de la comunicación divina en sus diversas formas.
El relato de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles su consiguiente capacidad de expresarse y de hacerse entender en todas las lenguas, superando la confusión de Babel (Hch 2, 1-47), es una de las imágenes más eficaces del don de la comunicación que Dios regala a su pueblo.
La narración de los Hechos se compone de tres partes. En la primera (2, 1-3) se describen algunos signos de una teofanía, es decir, de una intervención divina: “De repente vino del cielo un estruendo, como de un viento impetuoso”, “...se les aparecieron unas como lenguas de fuego”. Estos signos recuerdan aquellos de la gran teofanía del Sinaí (cf Ex 19, 16-19), donde el pueblo recibe la ley y la alianza. Pero aquí el fuego asume la figura de lenguas, símbolo de la comunicación humana.
En la segunda parte (2, 3-12) se describe el milagro de las lenguas, ya sea en la experiencia de los discípulos (“comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba poder para expresarse”), ya sea en la de los oyentes
(“¿cómo es que oímos cada cual en nuestra lengua nativa?).
En la tercera parte (2, 14-47), Pedro explica lo sucedido: se trata del don del Espíritu Santo, enviado por Jesucristo que fue crucificado y ha resucitado. Recuerda también los efectos “contagiosos” de este don; de allí nace la primera comunidad cristiana: “En aquel día se unieron a ellos cerca de tres mil personas” (2,41).
El don del Espíritu Santo en Pentecostés suscita, pues, una extraordinaria capacidad comunicativa, reabre los canales de comunicación interrumpidos en Babel y restablece la posibilidad de una relación fácil y auténtica entre los hombres en el nombre de Jesucristo. Esto suscita la Iglesia como signo e instrumento de la comunión de los hombres con Dios y de la unidad del género humano.
La alianza, evento de la comunicación
de Dios con el hombre (Ex 19, 1-7)
Ya hemos dicho que algunos de los signos de la narración de Pentecostés (estruendo, viento, fuego) recuerdan la página del Éxodo en donde se describe la alianza entre Dios y su pueblo. Ahora bien, la alianza es el evento comunicativo fundamental entre Dios y el hombre. En el Éxodo ésta es introducida así: “¡A ustedes los he llevado en alas de águila y los he hecho llegar hasta mí. Ahora bien, si quieren escuchar mi voz y guardan mi alianza, serán para mí la propiedad entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra! Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19, 4-5).
En la Biblia son numerosas las formulaciones afines a esta: “Esta será la alianza que yo sellaré con la casa de Israel...: pondré mi ley en su alma, la escribiré en su corazón” (Jr 31, 33); “Mi amado es para mí y yo para él” (Ct 2,16; cf 6,3).
Con diversas fórmulas se expresa una realidad fundamental: Dios quiere entrar en comunión con su pueblo, quiere comunicarse con él en un espíritu de reciprocidad y de mutua pertenencia. Promete y exige fidelidad. Todas las páginas de la Escritura resuenan con esta voluntad divina: Dios quiere dar, darse.
La iniciativa es siempre de Dios, el cual ofrece, por puro amor y en perfecta gratuidad, liberación, seguridad, certeza para el futuro: “El Señor se ha ligado a ustedes y los ha escogido no por ser más numerosos que todos los demás pueblos, -puesto que son el más pequeño de todos los pueblos- sino porque el Señor los ama. Reconozcan, pues, que el Señor su Dios es Dios, el Dios fiel” (Dt 7, 7-9).
En la raíz de la comunicación está, pues, la gratuidad. El evento comunicativo que rige toda la historia es un evento gratuito y libre: Dios decide comunicarse al hombre entrando con él en alianza. A tal iniciativa libre y gratuita del Dios viviente te exige una respuesta libre y agradecida: la respuesta de la fe.
La comunicación de dios que se realiza en la alianza, hace surgir un pueblo: éste es el fruto de tal acción divina. De aquí aparece que las agrupaciones humanas rodeadas por esta onda comunicativa de Dios (familia, comunidad, pueblo, comunidad de los pueblos) son lugares de la comunicación humana primordial y están garantizados y sostenidos por la gracia del misterio de Dios, quien los mueve a ser canales de comunicación auténtica entre seres humanos.
Lecturas cruzadas
En este punto quisiera sugerir un útil ejercicio para continuar la reflexión sobre el tema de la alianza como tema fundamental en el cual aparece la naturaleza comunicativa de la actuación divina en la historia. Se pueden tomar los cuatro textos bíblicos que hemos citado hasta aquí a propósito de la comunicación (la confusión e lenguas en Babel, Gn 11, 1-9, en el n. 1; la curación del sordomudo, Mc 7, 31-37, n.2; Pentecostés, Hch 2, 1-47, n. 19; y la alianza en el Sinaí, Ex 19, 1-7, n. 20) leyéndolos como sinopsis, tomando nota de las analogías y diferencias.
Me limito a subrayar tres analogías
La primera se refiere al ímpetu de la difusión comunicativa que surge de la curación realizada por Jesús en el evangelio de Marcos y de la efusión del Espíritu en el texto de los Hechos: la palabra se difunde, corre gozosa, supera los obstáculos, aún los corazones. Paralelamente la comunicación de Dios con su pueblo aparece en el libro del Éxodo al comienzo como suscitadota de temor, pero luego se muestra, siguiendo la narración, como el nudo que sostendrá unidas por siglos todas las vicisitudes del pueblo. Por el lado opuesto se ve en la narración de Babel la tristeza de no entenderse, la vergüenza de una empresa fracasada, la incapacidad de los pueblos para convivir juntos.
La segunda analogía se refiere al fruto social y colectivo del don divino: de la confusión de Babel (cf Gn 11) emerge un pueblo llamado a vivir una profunda unidad (cf Ex 19). Esta unidad será luego comunicada a todos los demás pueblos que se han de acoger a la iniciativa divina de la alianza (Cof Hch 2).
La tercera se refiere a los actores de estas escenas bíblicas como de otras muchas afines. Dios Padre, que al comienzo ha sancionado con un castigo la rebelión del hombre (cf Gn 11), toma la iniciativa de volver a comunicarse con él (cf Ex 19). Esta iniciativa se realiza de una manera clara y plena en Jesucristo Hijo de Dios, quien con amor toca y sana al hombre incapaz de hablar y de oír (cf Mc 7). Ella alcanza su culminación en el don del Espíritu Santo que lleva a la plenitud la obra del Padre y del Hijo (cf Hch 2). La comunicación divina es, pues, “trinitaria”. Profundizaremos después sobre este punto.
Esta lectura con la búsqueda de las analogías puede ampliarse a muchas citas del Antiguo y del Nuevo Testamento que hablan de la alianza y revelan la voluntad de Dios de comunicarse con el hombre.
El Don rechazado
El don de la comunicación puede ser rechazado. El primer paso hacia el rechazo es la desconfianza, el temor de que el otro no se comunique realmente en forma gratuita, sino que tenga algún interés oculto. El primer pecado en el jardín del Edén tiene esta característica. “Es verdad que Dios ha dicho: no debéis comer de ningún árbol del jardín” (Gn 3, 1). Esta frase del tentador, en su carácter paradójico (¿cómo es posible que Dios haya prohibido todos los frutos?), tiene una maligna intención oculta: tiene que haber alguna razón de conveniencia para que Dios nos haya prohibido por lo menos uno de los frutos... quizás su actuación no es tan desinteresada como parece.
En la base del rechazo de la comunicación están muchos motivos, pero uno de los determinantes es ciertamente el de la falta de confianza en la gratuidad y sinceridad del acto comunicativo.
Una elaboración más compleja de esta desconfianza aparece en la primera página del libro de Job. Satanás (todavía no entendido como nombre propio sino en su etimología de “adversario”, “acusador”) hace caer una sospecha sobre la fidelidad de Job: en su aparente irreprensibilidad está movido por su propio interés y, como él, los demás seres humanos (cf Jb 1, 9-11) y, por lo tanto, no hay lugar entre los seres humanos para la verdadera gratuidad y, en consecuencia, para relaciones de comunicación auténtica. La apuesta es aceptada y Job pasa por entre muchas pruebas que lo sacuden interiormente pero en las cuales no pierde la confianza esencial en Dios, con quien él sigue comunicándose así sea en la exasperación de su dolor. De esta manera satanás resultó perdiendo la apuesta. No fue capaz de probar que el hombre se comunica con Dios solo por propio interés. Por tanto, también en el hombre hay verdadera gratuidad; la capacidad comunicativa del hombre, puesta en él por Dios mismo, fue puesta a prueba y demostró ser auténtica.
Pero la tentación continúa cada día de la historia. El Nuevo Testamento llamará al tentador también diablo, es decir, “el que divide”. El tiende a separar de Dios al hombre, al hombre del hombre, a grupos de grupos, insinuando la sospecha de que el otro busca su propio interés y quiere hacerme a un lado. No hay comunicación auténtica -repite la voz del maligno-, es necesario arreglárselas para sobrevivir defendiéndose de todos. La comunicación está viciada por una sospecha de fondo: el otro, en realidad se busca así mismo, y por lo tanto, me puede engañar y, de hecho, frecuentemente me engaña.
Esta tentación de desconfianza pervade toda relación humana y la socava desde su raíz. La comunicación está perpetuamente amenazada por preguntas como esta: “¿De veras me querrá? ¿Merecerá verdaderamente mi amor? ¿Podré fiarme de alguien en el mundo, fuera de mis pocos amigos íntimos? ¿Y si Dios mimo me engañara o me abandonara a mi soledad y a mi silencio?”.
La tierra está llena de parecidos temores y la tentaciones “diabólicas”. Por eso hay tantos sordos y mudos espiritualmente, como el enfermo del evangelio (cf Mc 7, 31-37) y nacen tantas desconfianzas, celos, sospechas. Se truncan las amistades, se separan las familias, se rompen los contratos, se violan los pactos sagrados entre las naciones. Todo esto pide a gritos una curación, una rehabilitación de las relaciones. Es preciso que haya Alguien de cuyo amor no podamos dudar, que realice un gesto de amor irrefutable: es Jesús en la cruz. Es preciso que todas las relaciones humanas estén impregnadas de aquella gratuidad que sobreviene en abundancia de lo alto, del misterio del amor gratuito de Dios, del misterio de la muerte de Jesús por nosotros por puro amor y sin ningún interés propio, del don del Espíritu Santo.
La nostalgia de la comunicación
Podremos concluir esta primera reflexión sobre el don de la comunicación resumiendo los datos hasta aquí encontrados.
El hombre está hecho para comunicarse y para amar: Dios lo hizo así. Esto explica la inmensa nostalgia que cada uno de nosotros tienen por poder comunicarse a fondo y auténticamente. No hay persona humana que escape a este deseo íntimo. Él penetra todas nuestras relaciones, permanece allí donde todo lo demás parece depravado y corrompido. Hasta en los abismos de la más profunda desesperación y disgusto de sí, aflora como una estrella alpina sobre el abismo, el deseo de comunicarse verdaderamente con alguien, de encontrar una persona que de alguna manera nos comprenda y nos acepte. Esta marca que llevamos dentro por siempre, es un reflejo de aquel que nos ha hecho y al mismo tiempo pone en evidencia las estructuras que nosotros hemos impuesto a este deseo y a este derecho sano y sacrosanto. Los fracasos de la comunicación humana tienen en su raíz la distorsión de un impulso que está en el fondo de nosotros mismos.
¿Cómo volver a enderezar y purificar esta pasión profunda y verdadera que llevamos dentro? ¿Cómo expresarla en forma auténtica?
Es Dios mismo quien viene en nuestro encuentro: Él es comunicación, es capaz de sanar nuestros fracasos de comunicación y de llenarnos de la gracia de un flujo relacional sano y constructivo.
Escuchar y contemplar...
Etiquetas : Peru, Defensoría del Pueblo, Beatriz Merino, Dios, fe, indígenas, Nativos, Pueblos, Padre Martini, Paulinas

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