Por Paolo Agnelli *

En la actual sociedad latinoamericana de economía globalizadas, consumistas e interconectadas, de sociedades del conocimiento y de constantes avances científicos y tecnológicos, aquellos ciudadanos que no posean las herramientas necesarias para hacer frente a estos retos quedarán rezagados por el propio sistema, no alcanzarán satisfacer sus necesidades básicas, ni lograrán una calidad de vida digna que les permita, a su vez, ser útiles a la sociedad.

Menores que pasan sus días, semanas y meses a cultivar hortalizas, recolectar café, limpiar zapatos en los parques y plazas de las grandes urbes, vender baratijas en mercados al aire libre, buscar restos utilizables y comercializables en los vertederos de basura a cielo abierto, prostituir sus cuerpos ante la mirada complaciente de propios y extraños o pasar largas horas trabajando en fábricas insalubres de la periferia. Estos son algunos de los muchos trabajos que millones de niños y niñas, algunos con poco más de 4 o 5 años, realizan para poder sobrevivir. “En el mundo hay unos 250 millones de niños trabajadores y más del 8% están en Latinoamérica”


Hoy día ningún país latinoamericano que aspire al desarrollo y desee crecer puede seguir ignorando que la inversión educativa y el bienestar de sus niños desde la más temprana edad es un imperativo socio-económico, que, a largo plazo, dará sus rendimientos al haber constituido sujetos capaces de brindar su aporte al crecimiento productivo y al desarrollo tecnológico, por poseer los conocimientos y la creatividad adquirida y desarrollada en su infancia y acrecentada durante su fase de formación adolescente y de joven adulto.

En la Recomendación N° 146 de la OIT, sobre la edad mínima de admisión al empleo, adoptada en Ginebra el 6 de junio de 1973 se reconoció que la abolición efectiva del trabajo de los niños y ele elevar paulatinamente la edad mínima de admisión al empleo instituye sólo un aspecto de la protección y progreso de los niños y menores, cumpliéndose una serie de recomendaciones a fin de poder alcanzar como edad límite la fijada en el Art. 2 del Convenio sobre edad mínima de 1973, y formulando una serie de disposiciones para atender primordialmente a aquellos menores que por situación demanden de una mayor protección para facilitar su desarrollo.

Los Estados miembros de la Organización Internacional del Trabajo deberán elaborar y poner en práctica programas de acción para eliminar, como medida prioritaria, las peores formas de trabajo infantil, y adoptar cuantas disposiciones sean necesarias para garantizar la aplicación y el cumplimiento efectivos de las disposiciones por las que se dé efecto al Convenio, incluidos el establecimiento y la aplicación de sanciones penales o, según proceda, de otra índole.

•La OIT estima que hay unos 250 millones de niños y niñas que trabajan, cuyas edades oscilan entre los cinco y los 17 años
•Se estima que 179 millones de niños y niñas trabajan en las peores formas de trabajo infantil, es decir, uno de cada ocho niños y niñas entre los cinco y los 17 años en todo el mundo
•111 millones de niños y niñas menores de 15 años realizan trabajos peligrosos y es preciso que "se les retire inmediatamente de dichos trabajos"
•8.4 millones de niños y niñas son víctimas de la esclavitud, la trata, la servidumbre por deudas y otras formas de trabajo forzoso, el reclutamiento forzoso para el conflicto armado, la prostitución, la pornografía y otras actividades ilícitas
•Existe una demanda específica de niñas para el trabajo doméstico
•Cerca del 70 por ciento de la infancia trabajadora realiza labores no remuneradas para sus familias

El mayor porcentaje de los menores trabajadores lo hace en la agricultura, es decir, el 70 por ciento, aproximadamente. Se cree que el trabajo infantil doméstico en hogares de terceros es el mayor empleador individual de niñas en todo el mundo.

Los Convenios de la Organización Internacional del Trabajo, las Convenciones sobre la Esclavitud de 1926 y 1956 y la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, son las principales herramientas para el combate contra el trabajo infantil. Sin embargo, erradicar el trabajo infantil no se hace tan sólo promulgando leyes. Se debe abogar por un mejor entendimiento de la relación entre trabajo infantil, pobreza y educación para poder eliminar y detener la explotación laboral de los menores.

En la última década, según investigadores del BID, los índices de trabajo infantil en América Latina se han conservado lamentablemente altos, si bien hay que destacar que otros indicadores sociales como la matrícula escolar y la tasa de supervivencia de niños menores de 5 años han tendido a mejorar sensiblemente.

La gran mayoría de los niños trabajadores latinoamericanos trabajan en el campo, especialmente en labores intensivas en mano de obra, como el cultivo del café y otros productos agrícolas. También hay niños trabajando en áreas urbanas, incluso en situaciones de extrema explotación, como la prostitución. Es responsabilidad de gobiernos pero también de la sociedad civil el cambiar su destino y a través de este esfuerzo construir una región con igualdad de oportunidades y beneficios para las generaciones futuras.


*Paolo Agnelli es analista y consultor internacional