Por Yuki - "¡Suéeeeeeeeltame!" (cuando le di palmadas en el hombro luego de que suspirara al mencionar el nombre de ella)

Desaparece y se desvanece. Es como una alucinación demasiado impertinente. Detesto cuando mi paz mental se convierte en esa dulce obsesión de vivir con las raíces en el teléfono, esperando pacientemente a que suene. A revisar cada cuatro minutos y medio el standby del celular, buscando sin éxito el ícono de “un mensaje nuevo – Kari”. Lo único que me queda es esa sonrisa criminal que puso en la foto que nos sacamos cuando nos fuimos de caminata por la playa. Nunca te encantará la playa más que a mí, Kari, pero estoy seguro que ya no querré regresar sin ti. Será totalmente diferente, totalmente sin sentido. Y es lo mismo; si no estoy esperando por ti, estoy estudiando tu sonrisa. ¿En dónde nace? ¿En qué momento muere? ¿Y por qué estoy pensando aún esas cosas?
Recuerdo que la primera vez que vi a Kari no sonreía mucho. Más bien ponía cara de sorprendida por lo sueltos que éramos de preguntarle sobre ella, sobre su vida, sus gustos, etc. Quería -queríamos- hacerla sentir cómoda. La primera vez que vi su sonrisa, puedo decir que me enamoré de ella y no pude decir palabra. Sabía que estaba enamorado porque cuando se fue en el taxi lo único que se me pasó por la mente fue salir corriendo detrás de ella y decirle “no te vayas aún”. En tan solo tres horas, lo único que pensaba era ella. Su nombre, en su sonrisa criminal que me robó uno que otro suspiro, tan obvios en la oficina y antes de dormir. Qué incómodo. Devuélveme mi juventud, Kari.








