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Carlos V

El cuestionamiento de la autoridad papal en lo político y la debilidad del Sacro Imperio Romano Germánico, marcaron el tránsito del mundo medieval al moderno. La idea de construir una monarquía cristiana de carácter universal, regida en lo temporal por un emperador está en retirada, dejando lugar a una orientación individualista que se reflejó en los esfuerzos por construir monarquías nacionales, apoyadas en un complejo sistema administrativo y militar.

Así nacieron los estados o monarquías modernos. El mapa europeo del siglo XVI nos muestra monarquías en las cuales el feudalismo político, esto es, el debilitamiento del poder central en beneficio del poder local, dejó paso a la formación de estados fuertes que emprendieron la centralización del poder político y el absolutismo del soberano. Francia, España e Inglaterra, principalmente, llevan a cabo este proceso no sin grandes contratiempos: disparidades regionales, problemas religiosos y resistencia de la nobleza terrateniente.

Pero también este mapa nos muestra países desunidos. Alemania e Italia no van a poder construir estados nacionales y unificados. Además, los aires de modernidad aún no llega al resto de Europa: en la región central y oriental (como Polonia o Rusia) todavía existen monarquías feudales.

Maquiavelo fue el primer teórico sobre el estado moderno. El estado es una creación de la fuerza. El príncipe o soberano debe tener fuerza propia y un ejército nacional para garantizar su independencia frente a otros estados y lograr la pacificación interna para poder gobernar con tranquilidad.

El siglo XVI fue largamente el siglo español. España se convierte en la primera potencia mundial del mundo moderno gracias a las políticas matrimoniales de los Habsburgo y a los tesoros americanos. De esta manera pudo construir y mantener un enorme imperio que, teniendo como centro España, se extendía desde Flandes hasta las Filipinas. Dos de sus monarcas, Carlos V y Felipe II, movieron los hilos de la política europea a lo largo del siglo XVI.

Más modestos, pero a la vez más seguros, fueron los logros de Francia e Inglaterra. La primera fue poniendo los cimientos del absolutismo más logrado que conociera Europa en la Edad Moderna (la Francia de Luis XIV en el siglo XVII). Inglaterra, en cambio, ya se perfilaba como la futura potencia económica mundial. En este sentido la era isabelina promovió la actividad “industrial” y comercial de la isla
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El ESTADO SEGÚN MAQUIAVELO.- Nicolás Maquiavelo (1469-1527), famoso por su fórmula "el fin justifica los medios", fue un pensador y estadista italiano que vivió en la Florencia de los Médicis y de Savonarola. Como típico intelectual del Humanismo, Maquiavelo domina el latín a los 10 años; su capacidad y espíritu crítico los hacen profundizar en el estudio de la historia y la filosofía.

Realizó muchos viajes como secretario del gobierno de Florencia desde 1498. En esas misiones de carácter diplomático conoce la corte papal, la francesa y la corte del emperador alemán Maximiliano I. Eso le permite ver de cerca el funcionamiento de otros estados, de sus instituciones y de diversas formas de gobernar un país. Esa experiencia, de ver monarquías o estados unificados, la confronta con la triste realidad italiana de entonces: la desunión y el enfrentamiento de los estados italianos.

Desde entonces, Maquiavelo se propone la idea de plantear los medios para conseguir la unidad de Italia. Ésa será su mayor aspiración. Una Italia unida gobernada por un sólo Estado. Este proyecto lo hace escribir su obra cumbre, El Príncipe (1513), en el que expuso lo principal de su ideal político. En Italia es necesaria la voluntad concentrada y la energía implacable de un sólo príncipe. Por eso, su libro se dirige al futuro arquitecto de un estado peninsular.

Para Maquiavelo lo único que le importa a la gente es su seguridad. Por lo tanto, un gobierno con éxito puede suprimir las libertades si deja intactas la propiedad y la familia de la gente. En todo caso tendrá que promover la economía ya que ésta le dará los recursos para gobernar. El Príncipe puede muy bien conseguir ser temido y no odiado; esto lo conseguirá siempre si se abstiene de robar la hacienda de sus ciudadanos y súbditos. Esta sentencia vale para cualquier sistema político, república o monarquía.

Los dos fundamentos más importantes del gobierno son las “buenas leyes” y las “buenas armas”. La ley y la fuerza son las dos formas de gobernar a los hombres y a los animales, y el Príncipe debe ser un “centauro”, una mezcla de ambos. Pero este príncipe “centauro” no debe ser mitad hombre y mitad animal, sino la combinación de dos animales: el león y el zorro, es decir, la fuerza y el fraude.

Hay dos formas combatir: una con las leyes y otra con la fuerza. La primera es propia del hombre y la segunda de los animales. Pero como muchas veces la primera no basta, conviene recurrir a la segunda. Por lo tanto, el buen gobernante debe saber usar, convenientemente, la ley y la fuerza.

Maquiavelo pensaba esto porque tenía un concepto negativo de la mayoría de los hombres: porque de los hombres en general se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores y disimulados, que huyen de los peligros y están ansiosos de ganancias. Por lo tanto, para un gobernante el temor de la gente es preferible siempre a su afecto. Ser temido pero no odiado.

El gobernante también debe cultivar el “arte de la guerra”. Pero su ejército no debe ser mercenario, sino debe estar formado por sus propios súbditos o ciudadanos: un príncipe, pues, no debe tener otro objeto ni otro pensamiento, ni cultivar otro arte más que la guerra, el orden y la disciplina de los ejércitos, porque éste es el único arte que se espera ver ejercido por el que manda.

Para Maquiavelo, el gobernante es una persona que está por encima de toda moral y que puede usar incluso la hipocresía y el crimen, como cabeza visible y rectora de la compleja maquinaria estatal. Sólo con un Príncipe así, Italia podría lograr la tan ansiada unidad política. Porque este Príncipe tiene en sus manos plena inmunidad, y tiene la misión de alcanzar por todos los medios posibles, aún los vedados, su proyecto político.

Como vemos, la conducta del gobernante sólo puede ser un catálogo de perfidia y crimen. Pero lo interesante es que la modernidad, o la grandeza, de Maquiavelo fue la separación entre la visión medieval (religiosa) y el ejercicio práctico del poder. Maquiavelo, entonces, presenta las virtudes que deben tener los gobernantes en la era del Estado moderno que se inicia. Su “nueva política” es realista, amoral (“maquiavélica”), laica, en síntesis, una política de poder y fuerza.

Pero hay que aclarar que Maquiavelo estuvo motivado desde un comienzo por una buena voluntad, por el interés de poner al descubierto las deficiencias de la política y de los políticos de su tiempo. También estuvo preocupado por las injusticias y por el callejón sin salida de una Italia fragmentada y caótica, presa fácil de cualquier invasión extranjera.

De alguna manera, Maquiavelo se adelantó a su tiempo, todavía dominado por una práctica tradicional del poder. Ello le permitió producir una obra política de importancia para cualquier lector que quiera enterarse cómo es que debe ejercerse el poder. Futuros políticos como Napoléón o Hitler, por ejemplo, serán grandes admiradores de la obra de político italiano nacido en el seno de una familia noble de escasos recursos económicos.

LA HEGEMONÍA ESPAÑOLA.- España fue la primera gran potencia del mundo moderno. El éxito de su monarquía se debió a dos factores:

a. Su casa real, la dinastía de los Habsburgo, se benefició más que ninguna otra familia real europea de los pactos matrimoniales propios de la realeza. Esto le dio a España un volumen de territorio e influencia que ninguna otra monarquía europea pudo igualar.

b. La conquista del Nuevo Mundo le suministró una superabundacia de oro y plata que puso en manos de sus gobernantes un tesoro fuera del alcance de cualquiera de sus rivales.

La monarquía española nació de la unión de los reinos de Castilla y Aragón efectuada por el matrimonio de los Reyes Católicos (1469). A partir de ese momento el nuevo estado se mostró muy dinámico y efectuó tres grandes aventuras en el exterior: se culminó la guerra de la Reconquista con la expulsión de los moros de Granada; los reinos de Nápoles (sur de Italia) y Navarra fueron absorbidos; y se inicia el descubrimiento y conquista de América.

Reinado de Carlos V (1516-1556).- Su subida al trono español, amplió la influencia internacional de España. Como hijo de Juana la Loca, hija de los Reyes Católicos, y de Felipe el Hermoso, emperador de Alemania, recibía un patrimonio territorial fabuloso: España, el Sacro Imperio, Los Países Bajos, el Franco Condado, Milán, el sur de Italia y las posesiones americanas. Como si esto fuera poco, durante su gobierno, Cortés conquista México y Pizarro el imperio de los Incas.

De esta manera, los Habsburgo construían el primer imperio colonial del mundo moderno. En mis dominios jamás se oculta el sol, decía con vanidad Carlos V. Ahora la hegemonía española sobre Europa era total: Italia y el papado cayeron bajo su dominio; la política francesa se movía al son de España, el peligro de una invasión turca a Europa fue suprimido por los ejércitos de este Emperador nacido en Gante (Bélgica). Sin embargo, Carlos V no pudo con la Reforma en Alemania.

No es difícil imaginarnos el gasto que significaba mantener este imperio. Un ejército de soldados y diplomáticos debía circular por Europa para resguardar los intereses españoles. De alguna manera, el oro del Nuevo Mundo le permitió a Carlos V financiar los gastos en su lucha contra los protestantes, contra los turcos o cualquier otro tipo de desorden interno.

Además, era muy difícil gobernar este imperio tan múltiple y diverso. España misma no era un país totalmente unificado. Las diferencias regionales eran muy fuertes: Carlos V debía gobernar pueblos tan disímiles como vascos, catalanes, castellanos, andaluces o gallegos. Y si a esto le sumamos holandeses, belgas, napolitanos, indios aztecas, e indios andinos, por ejemplo, el panorama se complicaba aún más.

Carlos V se comportó como un emperador medieval. Para él y sus asesores la unidad política y religiosa de la Cristiandad era un ideal realizable. “Portaestandarte de Dios” se llamó a sí mismo cuando en 1535 levó anclas en Barcelona en su expedición a Túnez y derrotar a los turcos. Carlos tenía buenas razonas para creérselo: alianzas matrimoniales y herencias le habían dado tan excepcional oportunidad. Alguna vez su canciller Gattinara le dijo: Dios os ha colocado en la ruta hacia la monarquía universal.

En síntesis, un mundo cristiano unido era para Carlos V una misión sagrada. Se creyó destinado por Dios para levantar a una Cristiandad unida en armas contra el enemigo externo, el turco mahometano y, más adelante, contra los enemigos internos, los herejes luteranos. El problema es que no muchos europeos de entonces creyeron, o estuvieron de acuerdo, con ese ideal. Por ello, su reinado fue el fracaso de la última tentativa de restablecer el concepto medieval de una unidad cristiana bajo la guía de un emperador y un Papa.

Reinado de Felipe II (1556-1598).- Carlos V abdicó en 1556 dividiendo su imperio entre su hijo Felipe II (quien heredó España y sus anexos) y su hermano Fernando (quien recibió el territorio de la Casa de Austria, es decir el Sacro Imperio).

También llamado el paladín del catolicismo, durante su reinado cobra mayor fuerza la noción de “limpieza de sangre” en provecho de los “cristianos viejos”. El Estado y la Iglesia se unen para controlar las creencias. El tribunal de la Inquisición, reformado por Trento, persiste despiadadamente en la extirpación de todos los disidentes religiosos y persigue a todos: cristianos sospechosos de luteranismo, judíos conversos, moriscos del antiguo reino de Granada, musulmanes conversos, entre otros.

El reinado de Felipe II coincide con el descubrimiento de las minas de plata de Potosí (hoy Bolivia) que incrementó enormemente el flujo de metales preciosos coloniales a Sevilla. En este sentido, la plata americana fue una ayuda decisiva para los planes de la monarquía española, que siguió postergando, peligrosamente, el surgimiento de una “industria” nacional y la reforma fiscal y administrativa. El dinero sirvió para comprar todo de fuera y para financiar aventuras bélicas.

Sin los metales americanos el colosal esfuerzo bélico de Felipe II hubiera sido imposible. Y fue precisamente este esfuerzo lo que terminó derrumbando la economía española y su modelo absolutista en el siglo siguiente.

Estos son algunos de los esfuerzos de Felipe II por conservar la hegemonía española en el exterior:

a. La expansión de los turcos en el Mediterráneo fue controlada definitivamente con el triunfo naval de Lepanto (1571).

b. Al extinguirse la dinastía portuguesa, el reino de Portugal fue anexado a España y con él sus posesiones en Asia, África y América (Brasil). Esto sucedió porque Felipe II era hijo de Isabel de Portugal, hermana del último rey portugués.

c. Los conquistadores españoles controlaron las islas del Pacífico y terminaron conquistando las Filipinas.

d. Se produjo la independencia de los Países Bajos (Holanda) por la presión fiscal y las persecuciones religiosas de Carlos V y las pretensiones centralistas de Felipe II. Los holandeses, en su mayoría protestantes, no quería formar parte de un Imperio católico e intolerante.

e. Ocurre la destrucción de la Armada Invencible en el Canal de la Mancha cuando iba rumbo a invadir Inglaterra (1588). Pero la flota española se recompuso rápidamente después de este desastre y rechazó con éxito los asaltos ingleses contra los barcos que cruzaban el Atlántico trayendo los metales americanos.

f. El acceso al trono francés de Enrique IV de Borbón fue una derrota política para España.

g. Apoyó política y económicamente al Papado en su lucha contra los protestantes. Fue, por ejemplo, el soberano que más defendió lo señalado por el Concilio de Trento.

A finales del siglo XVI, los envíos de plata llegaron a sus niveles más altos. Las rentas totales de Felipe II se habían más que cuadriplicado, pero a pesar de todo hubo una bancarrota oficial en 1596. La respuesta no es tan compleja: durante años España había gastado mucho más de lo que tenía, siempre pensando en la renta fácil de las minas americanas, y no había promovido la producción local. Las antiguas manufacturas españolas estaban casi sin operar. A pesar del oro americano, España no era una nación moderna. Como si esto fuera poco, en 1599 la peor peste de la época abatió la Península, diezmando su población. Así se cerraba un siglo aparentemente esplendoroso para los españoles.

FRANCIA Y LAS GUERRAS DE RELIGIÓN.- El absolutismo no gozó aquí de ventajas tan tempranas como en España con un lucrativo imperio ultramarino. Pero tampoco tuvo que enfrentarse al problema de unir pueblos tan dispares como los que vivían en España. Las diferencias lingüísticas y culturales que había entre los pueblos del sur y del norte, por ejemplo, no fueron tan pronunciadas como las que separaban a los habitantes de España. Finalmente, el volumen demográfico francés ponía algunos obstáculos a la unificación: 20 millones de habitantes, dos veces más que en la España del siglo XVI.

Durante la Edad Media, la dinastía de los Capeto había extendido su soberanía hacia el exterior de su base original (París) en un movimiento de unificación que terminó abarcando desde Flandes al Mediterráneo. A partir de la Guerra de los Cien Años, la dinastía de los Valois reafirmó la unidad monárquica con la delegación del poder provincial en una aristocracia bien atrincherada en sus feudos y siempre defensora de sus privilegios.

A finales de la Edad Media, Luis XI (1461-1483) incrementó la autoridad real y el tesoro del reino. Acaparó los gobiernos municipales, incrementó los impuestos y reprimió las intrigas aristocráticas: derrotó al enemigo interno más peligroso, Carlos el Calvo, duque de Borgoña.

El siglo XVI se inauguró con la continuación de los Valois en el poder. Su figura más representativa fue Francisco I (1515-1547) quien heredó lo hecho por Luis XI y gobernó un próspero reino que crecía sin cesar. La actividad del Parlamento (los Estados Generales) disminuyó hasta dejar de existir, aunque en el plano exterior fracasó en las Guerras de Italia. En este conflicto por el control de Italia se enfrentó a Carlos V. Sus ejércitos fueron derrotados en Pavía y España quedó controlando la península. Por la Paz de Cambrai Francia obtiene sólo el control de la provincia de Borgoña.

Las guerras de religión.- En Francia se expande el protestantismo en su versión calvinista. Sus seguidores recibieron en nombre de hugonotes. De esta forma, estalla una guerra civil, muy dura y sangrienta, entre católicos (reunidos en la Santa Liga) y protestantes.

Los calvinistas, aunque muy minoritarios, no ocultaban, al igual que sus adversarios, su voluntad de imponer su creencia al resto de los franceses. Muy pocos fueron los que proponen predicar la tolerancia. El país se divide y crece el fanatismo El conflicto se torna europeo cuando España interviene apoyando al bando católico e Inglaterra entra respaldando a los protestantes.

La guerra civil significó el colapso de los Valois. El país se encuentra en un estado de anarquía. Esta es la época de Enrique II, Francisco II, Carlos IX y Enrique III. La lucha encuentra su punto más dramático cuando Carlos IX ordena una gran matanza de hugonotes en París, la “Noche de san Bartolomé” (1572). Su plan, instigado por su madre y regente, Catalina de Médicis, era acabar con los protestantes. Fracasó, y se aviva la lucha.

Al morir Enrique III de Valois en 1589 lo hereda su primo y cuñado Enrique de Borbón, jefe del bando calvinista. Enrique, al contrario que su primo, era un hombre de gran habilidad política y un militar astuto. Reúne un ejército y logra conquistar casi todo el país. Finalmente, entra pacíficamente a París, último reducto por dominar, y se convierte al catolicismo: París bien vale una misa, exclamó. Con esto confesaba que el trono de Francia bien valía convertirse al catolicismo.

De esta forma, inicia su reinado el ahora Enrique IV (1589-1610), primer rey de la familia Borbón en Francia. Una de sus obras más importantes como soberano fue el “Edicto de Nantes” donde concede la libertad de consciencia y la tolerancia de cultos en Francia. Sin duda uno de los documentos más importantes en la historia europea del siglo XVI. Su texto respondía al deseo de asegurar la paz interna de Francia. Para el cumplimiento del Edicto el Rey otorga a los protestantes el dominio de 100 plazas fortificadas.

Bajo el reinado de Enrique IV, se consolida el poder centralizado de la monarquía y se intenta curar algunas heridas causadas por los años de la guerra civil. Pero a pesar de estos esfuerzos, el mismo Enrique IV cayó asesinado en 1610 por un católico fanático.

LA INGLATERRA DE LOS TUDOR.- Durante la Edad Media, la monarquía inglesa fue la más poderosa de Europa. Los normandos y los Plantagenet crearon un estado monárquico con mucha autoridad y eficacia administrativa. Esto les permitió, por ejemplo, ambicionar territorios franceses durante la Guerra de los Cien Años.

Pero la monarquía feudal más poderosa de Europa produjo finalmente el absolutismo más débil y de más corta duración. Llegó a su clímax con los Tudor en el siglo XVI y culminaría dramáticamente con la revolución inglesa del siguiente siglo.
La dinastía de los Tudor inició la Edad Moderna un camino prometedor hacia el absolutismo. Enrique VII (1485-1509) desechó al Parlamento y ejerció el gobierno a través de una pequeña camarilla de consejeros y hombres de confianza. Su principal objetivo fue aplastar el poder de la nobleza terrateniente.

Su sucesor fue el famoso Enrique VIII (1509-1547) quien convocó al parlamento para movilizar a su favor a la clase terrateniente en su disputa con el papado y para asegurar su aprobación para incautar los bienes de la Iglesia. Pero esta reapertura del Parlamento no fue una concesión constitucional de Enrique VIII, tampoco significó la disminución del poder real. En realidad utilizó al Parlamento para realzar el poder del soberano.

Bajo el reinado de su joven hijo Eduardo VI (1547-1553), el país se inclina hacia el calvinismo. En cambio la hermana de éste, María (1553-1558), ferviente católica, reconcilia al país con Roma y se casa con Felipe, futuro rey de España. Pero muere muy joven. Entonces, el trono queda en el poder de su hermanastra Isabel I (como sabemos, hija de Enrique VIII y Ana Bolena).

El largo reinado de Isabel (1558-1603) quedó marcado por el establecimiento del anglicanismo y el desarrollo económico de Inglaterra. Ideológicamente, la autoridad real se realzó gracias a la popularidad personal de la reina.

Excomulgada por el papado en 1570, la Reina se decide a ratificar los términos de los Treinta y nueve artículos y desencadena una persecución contra sus opositores calvinistas (llamados “puritanos”) y católicos (llamados “papistas”). Los católicos son vistos como traidores en potencia. De otro lado, la política anti-inglesa de Felipe II y la presencia en el trono de Escocia de su prima María Estuardo, ferviente católica, alimentan en Isabel la idea de que hay una “conspiración romana” en su contra.

El problema religioso sacude Inglaterra al igual que Francia. Los protestantes escoceses expulsan del reino a María Estuardo quien se refugia junto a Isabel. Finalmente, María es encarcelada y condenada a muerte por traición. Por su parte, los irlandeses se niegan a aceptar el anglicanismo y cierran filas en apoyo a Roma. A partir de allí se inicia el conflicto político y religioso anglo-irlandés que dura hasta nuestros días.

Pero decíamos que la era isabelina coincide con el auge económico de Inglaterra. La población de la isla pasa de 3 millones de habitantes en 1551 a 4 millones en 1601. Sin grandes progresos técnicos, la agricultura logra cubrir la demanda de una población en crecimiento. Por su parte, la “industria”, si bien un poco dispersa, logra crecer; cubre las necesidades locales y se orienta a la exportación. Hay minas de hulla, se explota la madera, y se consolidan las industrias de paños y lencería.

Bajo el reinado isabelino, Londres se convierte no sólo en capital política y cultural (recordemos a Willliam Shakespeare), sino en el centro económico y financiero del mundo. En 1566 se funda su Bolsa de Valores y en 1600 se abre la Compañía de las Indias Orientales (para exportar productos al Oriente). Sus astilleros de construcciones navales y su puerto desplazan a su competidor más cercano: Amberes (en Bélgica). Cabe mencionar que en 1563 Londres tenía 90 mil habitantes y, al finalizar el reinado de Isabel, ya contaba con 150 mil.

Hacia finales de siglo, los marinos ingleses, y también corsarios y piratas, atacan abiertamente a las naves españolas que cruzan el Atlántico con el tesoro de América. Inglaterra amenaza el monopolio español sobre sus colonias del Nuevo Mundo. Entre 1577 y 1580 el corsario inglés Francis Drake emprende una expedición que llega al Estrecho de Magallanes y amenaza las costas de Chile y Perú; incluso llega a saquear el Callao. Luego, cruza el Pacífico, dobla el Cabo de la Buena Esperanza completando así la segunda vuelta al mundo.

VOCABULARIO

amoral.- persona o doctrina desprovista de sentido moral. Se aplica a las obras humanas en las que de propósito se prescinde de un fin moral.
cristiano viejo.- español del siglo XVI que lleva en la sangre por lo menos tres generaciones de ascendientes cristianos. Es el “puro de sangre”. Se entiende que el “cristiano nuevo” es el recién converso al cristianismo (descendiente de moros y judíos) y por lo tanto sospechoso, indigno de vivir en una monarquía católica.
estadista.- persona entendida en los negocios o asuntos del estado.
hegemonía.- control, dominio, supremacía.
inmunidad.- estado por el cual alguien puede actuar por encima o al margen de la ley, sin dar cuentas a nadie. Esta afirmación es válida para los soberanos absolutistas.
mercenario.- tropa o soldado asalariado que sirve a un gobierno extranjero.
puritano.- miembro de la Iglesia de Inglaterra que quiere llevar a ésta a adoptar la doctrina calvinista.