
Kari tiene un hábito inusual. Cada miércoles compra una botella de agua sin gas y riega una pequeña planta que se encuentra en el balcón de su departamento. Le habla, la cuida, le escucha. ¿Le escucha? Pues pareciera que sí. Una vez la espié mientras estaba en la computadora y podía ver que asentía, que negaba con la cabeza y se reía ligeramente. Notaba sus labios decir cosas, notaba su mirada clavada en las hojas débiles y frías en invierno. Le daba de beber lentamente, como si no tuviera sed. Nunca le pregunté nada, es mejor dejar ser a los secretos de las personas.
Tal vez se parezca mucho al hábito de hablar solo por las noches, antes de dormir. Yo lo hago seguido. Poco a poco se puede expresar lo que uno siente si constantemente está haciendo ese ejercicio ensayo-error sin miedo a que nadie lo malinterprete. Kari le hablaba a su pequeña planta y le “escuchaba” también. Tal vez por eso tenga siempre esa expresión en el rostro, como si nada pudiese detenerla en la vida. Tal vez sea así. Tal vez. Es una de las pocas personas que conozco que sienten tanto respeto por la vida. Pero eso yo ya lo conté hace algún tiempo. De todas maneras, tengo que preguntárselo, no porque no sepa, sino porque lo quiero escuchar de sus labios. “¿Qué haces?”.








