Por: Carlos Chávez

No resulta extraño escuchar la siguiente opinión en los ambientes académicos peruanos, “el nuevo conocimiento, aquel que proviene del desarrollo de la ciencia básica, es una quimera en países como el Perú”. Siguiendo esta premisa se afirma que todo desarrollo local de la ciencia básica es un lujo improductivo. Incluso se cree que la constitución de centros de enseñanza superior debiera limitarse a la dimensión puramente aplicativa, práctica. Estamos frente a una visión pragmática del problema de la generación del conocimiento en el Perú, que nos condena a ser sólo repetidores de modelos foráneos.
Existe también una visión más bien cientificista de esta problemática. Algunos sectores académicos piensan que el conocimiento propiamente dicho, solo reside en ciertas disciplinas, aquellas que siguen un canon científico muy estricto, patrones muy regulados. Estamos hablando fundamentalmente de las ciencias duras: matemáticas, química, física, biología, etc.; es ahí, y sólo ahí, donde se pude crear conocimiento nuevo, afirman. “Las ingenierías son fundamentalmente aplicaciones, las humanidades son esencialmente especulativas, y las demás disciplinas son solamente distintas formas indirectas de intervenir limitadamente en la realidad”. El nuevo conocimiento sólo se presentaría en las ciencias duras. Esta visión de las cosas expresa una visión cientificista del problema de la generación del conocimiento, que le niega al vasto y complejo universo de las ingenierías, de las ciencias sociales, de las humanas y de las disciplinas artísticas, etc. la capacidad para generar conocimiento nuevo.
Hay extremos en ambas posturas. Mi primera reflexión es que hay una cierta arrogancia académica al pretender que el conocimiento solo proviene de la ciencia y del método científico, y que éste se produce solamente en las aulas universitarias. El conocimiento se hace presente en las más diversas expresiones de la actividad humana. Puede originarse en la práctica cotidiana de comunidades humanas muy alejadas de las culturas oficiales dominantes, puede desarrollarse incluso sin recurrir al método científico. Es más, a veces este método encubre la propia realidad. La historia está llena de ejemplos de los prejuicios que la ciencia ha tomado como correctos y que tiempo después nos percatamos eran equívocos. Nuestras enfermedades cotidianas nos recuerdan la precariedad del conocimiento científico, precariedad que en algunos casos también supone la pérdida de vidas humanas. Se suele despreciar el conocimiento ancestral, el que proviene de las sociedades ajenas a la tradición occidental; pero existen innumerables casos en los cuales este conocimiento ha sido capaz de encontrar soluciones a muchas enfermedades; ahí también hay conocimiento.
Por todo lo argumentado, no comparto la idea de que el conocimiento se genere solamente a partir del sacralizado método científico, tampoco que solamente pueda originarse en las aulas universitarias o en los centros de investigación. Creo, en cambio, que el nuevo conocimiento, tal como lo estamos entendiendo, se puede ir generando en distintos ámbitos, cuando se dan las condiciones favorables para su desarrollo. Es indudable que el conocimiento orgánico que emerge de la sabiduría popular, de los ancestros y de las tradiciones, tampoco es producto de la casualidad, es un producto persistente, supérstite del constante ensayo y error que se aplica por cientos, sino miles de años. Esto alimenta una experiencia que se transmite de generación en generación y que así, finalmente, llega a nosotros.
Hechas estas precisiones, debemos también afirmar que es el método científico el instrumento que ha permitido y permite el extraordinario avance de las sociedades modernas. La diferencia sustancial radica en la capacidad que nos ofrece la ciencia para encontrar recurrencias, estructuras, procesos subyacentes; a la experiencia y percepción superficial que nos permiten pronosticar, explicar el comportamiento de la naturaleza y de los hombres, de los objetos y los procesos.
¿Será posible entonces producir conocimiento científico desde la periferia, desde los países con menor desarrollo relativo, como es el caso del Perú? La evidencia nos muestra que los investigadores, los recursos económicos y financieros y los centros de enseñanza con excelencia, están híper concentrados en las sociedades más desarrolladas económicamente. El flujo de recursos materiales y humanos es prácticamente excluyente con otras sociedades. Los recursos provienen de las empresas privadas y de los estados de esos países; los volúmenes de inversión en estas áreas son altísimos si los comparamos con la inversión de nuestros países.
En el contexto de lo que se denomina hoy “sociedad del conocimiento”, resulta paradójico observar cómo tal conocimiento no es aún moneda corriente en todo el planeta. Como al igual que las desigualdades mayores, (distribución desigual de la riqueza, pobreza extrema, gobernabilidad, etc.) el conocimiento también tiende a concentrase y a resolver los problemas que resultan prioritarios para tales sociedades.
(La continuación de este artículo se publicará la próxima semana en este mismo blog)









Si revisamos nuestra historia, aparece algo emblemático como el imperio Inca con la construcción de Machupicchu, que maravilla todos por su majestuosidad. Entonces Como afirma el autor, el conocimiento si es posible generar en el Perú, pero de acuerdo a las necesidades y problemáticas que tenemos y no transcribir de otros, aunque es bueno compartir, pero no llegar a tal punto de considerar al conocimiento científico como único, inmaculado.