
Muchas personas conocen a amigos que detestan “celebrar” su cumpleaños. Son personas que simplemente no lo ven como una razón para salir a bailar o a beber. Mucho menos que se les cante “Happy birthday”. A mí no me gusta celebrar mi cumpleaños de esa manera. A Kari, Mimi ni Yuki tampoco. Y es raro juntar a cuatro personas que tengan ese hábito. O ¿que no lo tengan? No sé cómo se diría. En fin. Ahí estábamos exactamente como el año pasado, abriendo las botellas de Champagne para pasar el rato, una pequeña torta de chocolate y Franz Ferdinand de música de fondo. Los padres de Mimi habían ido a un cumpleaños, por lo que ella se alegraba. Digamos que cada vez que voy a su casa su mamá me hace preguntas un tanto extrañas, incómodas para Mimi y todo un show de comedia para Kari. Yuki, felizmente, no ha presenciado esos momentos y yo, no se los he contado.
- ¿Qué se siente cumplir veintitrés? – Yuki miraba a Kari a través de su copa, con una sonrisa atrevida y burlesca.
- ¡Silencio! Que yo aún tengo la apariencia de una dulce chica de diecisiete.
- … en este país jeje. – ¡me sorprendió una Mimi haciendo comentarios sarcásticos!
- ¡Tú! ¡Tú tienes que estar de mi lado! – ellas estaban sentadas juntas, frente a nosotros.
Cuando Mimi bebe se puede volver sumamente graciosa. Se vuelve muy tierna, como si fuera una niña y habla cada locura. La mayoría de las veces se agarra del brazo de Yuki, indicándole con el dedo que no la deje tropezar pues no quiere moretones en las piernas. A su vez, Yuki camina dos pasos hacia mí. La última vez que pasó eso, en mi cumpleaños pasado, tuve que cargarla en mi espalda porque subimos y bajamos las escaleras del departamento. Felizmente ninguno se embriaga, sino que ese día estábamos todos sumamente cansados. Me imagino que el trabajo de cada uno está convirtiéndonos en viejos decrépitos. Esta vez Mimi se limitó a sacar su sketchbook de su cuarto y empezó a dibujar mientras nos contaba que uno de sus sueños es ver publicado alguno de sus relatos gráficos (no sé si eso existe), pero se imaginó empezar haciendo un libro de cuentos para niños o algo así, para llegar a alguna revista o publicación importante. Noté, a través del poco alcohol de sus ojos, que hablaba desde su corazón y sus manos ni su mirada temblaban. Los trazos eran seguros y llenos de amabilidad. Me encanta ese tono de voz.
Nos quedamos como hipnotizados mirando sus dibujos de paisajes de playas con un cielo despejado y cuatro siluetas ahí, sentadas en la arena. Era como si nos estuviera transportando, con mesa, torta y Champagne incluido, a la playa que fuimos cuando el verano moría. Era como vernos ahí en unos segundos. Creo que fue una sensación muy extraña. Cuando terminó de dibujar, luego de cómo tres minutos, le dio la hoja a Kari, la cual no podía dejar de admirar el boceto con unos ojos más que sorprendidos. Su “gracias” se quedó en sus labios entreabiertos, entre sus dientes blancos perfectos, entre sus finas manos algo temblorosas. Noté que Yuki también miraba, pero cerró los ojos lentamente antes de dejar su copa en la mesa. Sonrió y luego suspiró discretamente. Suspiró champagne y una risa apagada.

Y ahí estábamos los cuatro, envejeciendo juntos. Me pareció o fui el único que no tenía un presente para Kari, no uno concreto y tangible al menos. Solo veintitrés líneas de una carta que improvisé detrás del dibujo de Mimi secretamente, mientras el champagne hacía efecto y los tres estaban knock out en el piso de la sala. Llegaron los padres de Mimi y empezaron a reír. "¿Cómo es que siempre eres el único que permanece en pie?" me preguntó su mamá. Ah, Mamá, pues... alguien tiene que cuidar de ellos siempre. Miré el panorama. Mimi dormida sobre la mesa con su mano aún cogiendo su copa. ¡Cómico! Mientras que, detrás del sofá encontré un momento dulce que no dudé en eternizar con una fotografía. Para futuras extorsiones o chantajes.







