Mafalda
Coloco una entrevista a José Luis González, acerca de la separación entre Estado e Iglesia, un tema que el sector Educación y la sociedad peruana aun no ha debatido como corresponde. Esperamos trabajar este tema con mayor profundidad en estradas futuras.


Entrevista a José Luis González "Las iglesias tienden a sentirse más que Dios"

José Gabriel Chueca jchueca@peru21.com
Martes, 7 de Noviembre de 2006


Autoficha: Nací en Mendavia (Navarra), España, en 1940; soy un sesentón bien avanzado. Llegué al Perú a fines del 66, como parte de un proyecto de desarrollo comunitario en Ayaviri, Puno; yo pertenecía a una institución religiosa. Estudié Antropología en la Universidad Católica del Perú. En este país hice el trabajo más bonito de mi vida: entre los años 70 y 75, creo, fui miembro de la Comisión Nacional de Indultos. Dirigí un proyecto sobre catolicismo popular en el Perú. Estudié en México. Yo he estudiado toda mi vida; ahora mismo llevo un curso de coaching, porque hago asesorías.

La naturaleza laica -o sea, ajena a credos religiosos- de los Estados se halla en conflicto con el poder de la Iglesia. Para hablar de este tema urgente en el contexto nacional y mundial, vino a Lima José Luis González, al seminario internacional Fomentando el Conocimiento de las Libertades Laicas.
"La laicidad es esa cultura de convivencia social y de entendimiento político dentro del cual la religión no es el criterio para gobernar. Se gobierna desde la razón de Estado, desde categorías políticas, y no desde ningún credo", explica José Luis González. Es curioso, pero tiene voz de cura.

¿Eso por qué es importante?
Porque el gran reto que enfrenta el mundo de hoy son las relaciones interculturales, el respeto que se tiene a que el otro -el otro grupo, la otra persona, el otro sexo- sea diferente sin menoscabo de sus derechos. Y esa laicidad es la única plataforma que puede servir para construir una cultura y un mundo en el que todos quepan. Desde la catástrofe de las Torres Gemelas, las relaciones internacionales están enfermas precisamente por la falta de perspectiva intercultural. Occidente debe analizar el Islam desde esa cultura no desde nuestros fantasmas.

Eso llevaría al mundo a una nueva cruzada, solo que en la era atómica...
De hecho, eso es lo que está haciendo el señor Bush. Él está convencido de estar defendiendo el mundo cristiano contra el demonio. Si yo parto desde la perspectiva de que el mundo cristiano es superior, ya metí la religión en el tema. La pregunta que debemos hacernos es: ¿el Islam ataca en respuesta a lo que le hemos hecho antes o por su naturaleza?

La religión interfiere dentro del propio país. El cardenal calificó de asesinos a quienes promueven la píldora del día siguiente. Y no hay acceso a un aborto ni siquiera cuando la ley lo permite.
Es un tema complicado. Es evidente que a partir de la división religiosa de Europa en el siglo XVI la tolerancia no la enseñaron las iglesias, porque cada una se sentía dueña de la verdad. Cuando Luis XIV trataba de establecer la tolerancia para poder gobernar, protestantes y católicos afilaban sus cuchillos para matarse entre ellos, como en la Noche de San Bartolomé. Un buen gobernante debe buscar criterios que permitan vivir mejor a sus ciudadanos -desde el bien mayor o el mal menor-. Y estos criterios serán laicos. Si estos se cruzan con éticas religiosas, las iglesias lanzarán acusaciones.

La Iglesia se basa en un credo, no en el bien común.
El problema es que muchas veces las iglesias -no solo la Católica- ponen por delante sus convicciones institucionales antes que el bien del hombre. En México estamos asistiendo a unos escándalos sobre sacerdotes pederastas que no fueron entregados por su institución. Lo que pasa es que las iglesias, con el tiempo, tienden a sentirse más importantes que el Dios en el nombre del cual supuestamente actúan. Ninguna institución puede estar por encima del ser humano. No hay iglesia que valga más que la dignidad de un niño ultrajado.

La Iglesia se opone a los métodos anticonceptivos, a los derechos de los homosexuales, etc.
El control de la natalidad es un tema muy artificialmente retenido en la Iglesia. Todos sabemos que la comisión de intelectuales católicos que convocó el papa Pablo VI para ser asesorado sobre anticonceptivos preventivos no encontró ningún problema. Sin embargo, por influencia de quien luego fue Juan Pablo II, los prohibió. Y así seguimos.

Quieren elegir por la gente.
Para la Iglesia , el católico laico no ha pasado la dimensión de niño, que no puede decidir sobre sí mismo.

Al final, la batalla entre laicidad e Iglesia se desarrolla en cada individuo.
Cada persona debe decidir. Cuando los célibes -que no saben u oficialmente ignoran, la dimensión experiencial de la sexualidad- elaboran la ética sexual de los casados es que algo muy malo está pasando. La Iglesia Católica vive una necesidad muy postergada de reorganización profunda. Es patético que muerto el papa Juan Pablo II, una organización de 1,200 millones de adeptos no encuentre a otro sucesor que una persona de 78 años. Pienso que cualquier organización, desde General Motors hasta la Iglesia , dirigida por machos célibes clérigos y blancos, necesariamente va a tener una visión sesgada de la realidad. Y todo eso al margen de la buena voluntad de algunos individuos.

En el Perú la Iglesia pretende seguir interviniendo en las políticas públicas.
En Latinoamérica, la Iglesia mantiene cuotas de poder que le permiten influir en políticas públicas. Es muy difícil hoy día sostener que quienes nacen homosexuales no tengan derecho a vivir una relación de amor -porque también es amor-; entonces, estas personas no son gente mala que busca corromper la Iglesia sino que quiere una respuesta religiosa para su situación. 'Si Dios me hizo así, ¿por qué no tendré derecho a una palabra de la Biblia o a un banco en la misa?'.

El tema es que se arrastra a todos aquellos que no han separado su fe de esa institucionalidad.
En una cultura de laicidad, Galileo no habría tenido que retractarse para salvarse. Y esto le conviene a la propia Iglesia, porque le daría más libertad, siempre que quiera colaborar positivamente en la creación de valores en el nuevo siglo, siempre que se entienda a sí misma desde la necesidad de servir y no de perder poder.