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La suavidad del pan que no ha nacido

sostiene sus caderas,

un lomo terso de venado,

la curvatura del melón,

altas mejillas donde escribió

su adiós final la espalda.

Cómo no amar a este varón

sentado en sus dos lunas,

volcado como un río sobre el lecho.

Amo su boca tocada por la abeja,

amo sus higos apretados,

amo esta órbita doblemente dulce:

detenidos ocasos sus dos nalgas,

oh gloria de la esfera, las dos copas

en que lo habrán vertido un día.

Su grávida ternura me devuelve

a las cosas más terrenas.

Los ángulos equinos, el traje circular del universo.

Cómo no amar a este varón tocado

con piel de albaricoque en la cadera.



Ana Istarú
Costa Rica, 1960
De La estación de fiebre. XIII