27/02/09: Contra el transfuguismo de cargos por voluntad popular
El Comercio
Es polémica y enervante la propuesta, aún no formalizada, del presidente del Congreso, Javier Velásquez Quesquén, para que los parlamentarios puedan gozar de licencia indefinida con el fin de que puedan postular en las próximas elecciones regionales y municipales.
Y no solo porque se trata de una iniciativa que lo favorecería de manera directa, pues él mismo tendría interés de postular a la presidencia regional de Lambayeque, sino también por el poco respeto que se demuestra por la voluntad popular que lo elevó a dicho importante cargo. Como ha dicho el presidente de la Asociación de Municipalidades del Perú, César Acuña, “es un proyecto jalado de los pelos… sería una desfachatez aprobar una ley que beneficie a los mismos congresistas”.
Pero no es el único caso en que, obedeciendo a un cálculo netamente personalista y electorero, algunos políticos incurren en una especie de transfuguismo de cargos, olvidando su juramento y las promesas a sus electores. Aparte de congresistas, hay también alcaldes, regidores, presidentes o consejeros regionales, etc., que de espaldas al país y por simple conveniencia, no tienen ningún escrúpulo en dejar un cargo para postular a otro.
Ante esta patología insana hay una cuestión de principio que debemos subrayar , aunque ello demanda reformas constitucionales complejas y modifique radicalmente usos y costumbres que en el pasado fueron amparados incluso por la Carta de 1979.
Hoy, en el caso de los parlamentarios, aun cuando la Constitución actual establece que “el mandato legislativo es irrenunciable” pero “incompatible con el ejercicio de cualquiera otra función pública, excepto la de ministro de Estado”, pensamos que lo más saludable para el sistema democrático sería que se cierre incluso la posibilidad de una cartera ministerial.
De lo que se trata es de eliminar los atajos y contrabandeos de cualquier tipo, y de transparentar la voluntad de ejercer la función pública por mandato de las mayorías, que debe ser ejercida solo por quienes anteponen el interés nacional a cualquier otro cálculo. Y si este no existe, lo más lógico, coherente y sensato es que se promueva una reforma constitucional para que los congresistas puedan renunciar al cargo y dedicarse a otra cosa.
Sin embargo, por mecánica procesal y por probidad ética dichas modificaciones constitucionales no pueden ser retroactivas. Solo deben regir a futuro, para evitar el absurdo vergonzoso de que los parlamentarios voten leyes casi con nombre propio, aplicables a ellos en el futuro inmediato.
Tampoco es aceptable una licencia para optar por otro cargo, y si les va mal puedan volver al Congreso (o la alcaldía o presidencia regional) como si la función pública fuese una lotería barata.
En democracia, ser congresista, alcalde o presidente regional implica un honroso mandato de las mayorías para gobernar en nombre de ellas, que no se puede retacear. Por lo mismo, aquel que candidatea a un cargo debe respetarlo y cumplirlo hasta el final o renunciar a él sin licencias ni condicionamientos. ¡Más coherencia e integridad, señores políticos!
Es polémica y enervante la propuesta, aún no formalizada, del presidente del Congreso, Javier Velásquez Quesquén, para que los parlamentarios puedan gozar de licencia indefinida con el fin de que puedan postular en las próximas elecciones regionales y municipales.
Y no solo porque se trata de una iniciativa que lo favorecería de manera directa, pues él mismo tendría interés de postular a la presidencia regional de Lambayeque, sino también por el poco respeto que se demuestra por la voluntad popular que lo elevó a dicho importante cargo. Como ha dicho el presidente de la Asociación de Municipalidades del Perú, César Acuña, “es un proyecto jalado de los pelos… sería una desfachatez aprobar una ley que beneficie a los mismos congresistas”.
Pero no es el único caso en que, obedeciendo a un cálculo netamente personalista y electorero, algunos políticos incurren en una especie de transfuguismo de cargos, olvidando su juramento y las promesas a sus electores. Aparte de congresistas, hay también alcaldes, regidores, presidentes o consejeros regionales, etc., que de espaldas al país y por simple conveniencia, no tienen ningún escrúpulo en dejar un cargo para postular a otro.
Ante esta patología insana hay una cuestión de principio que debemos subrayar , aunque ello demanda reformas constitucionales complejas y modifique radicalmente usos y costumbres que en el pasado fueron amparados incluso por la Carta de 1979.
Hoy, en el caso de los parlamentarios, aun cuando la Constitución actual establece que “el mandato legislativo es irrenunciable” pero “incompatible con el ejercicio de cualquiera otra función pública, excepto la de ministro de Estado”, pensamos que lo más saludable para el sistema democrático sería que se cierre incluso la posibilidad de una cartera ministerial.
De lo que se trata es de eliminar los atajos y contrabandeos de cualquier tipo, y de transparentar la voluntad de ejercer la función pública por mandato de las mayorías, que debe ser ejercida solo por quienes anteponen el interés nacional a cualquier otro cálculo. Y si este no existe, lo más lógico, coherente y sensato es que se promueva una reforma constitucional para que los congresistas puedan renunciar al cargo y dedicarse a otra cosa.
Sin embargo, por mecánica procesal y por probidad ética dichas modificaciones constitucionales no pueden ser retroactivas. Solo deben regir a futuro, para evitar el absurdo vergonzoso de que los parlamentarios voten leyes casi con nombre propio, aplicables a ellos en el futuro inmediato.
Tampoco es aceptable una licencia para optar por otro cargo, y si les va mal puedan volver al Congreso (o la alcaldía o presidencia regional) como si la función pública fuese una lotería barata.
En democracia, ser congresista, alcalde o presidente regional implica un honroso mandato de las mayorías para gobernar en nombre de ellas, que no se puede retacear. Por lo mismo, aquel que candidatea a un cargo debe respetarlo y cumplirlo hasta el final o renunciar a él sin licencias ni condicionamientos. ¡Más coherencia e integridad, señores políticos!
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