A lo largo del siglo XIX, los estudios realizados por Hipólito Unanue fueron los que marcaron la pauta para establecer los conceptos sobre salud, enfermedad y muerte. La salud estaba ligada al clima y al medio ambiente. Para los médicos, el hombre era sano cuando vivía en armonía con la naturaleza. Un estado de anomalía en esta relación definía la enfermedad, producida por agentes ambientales. En este sentido, la muerte era concebida como el efecto de la ruptura total de esta relación con la naturaleza.

La pregunta era ¿Lima y los limeños vivían al filo de esta ruptura en el siglo XIX? La respuesta es sí. Veamos. La densidad fue siempre uno de los problemas de nuestra capital. El crecimiento de la población no fue correspondido con un incremento en la oferta de viviendas ni se ampliaron las fronteras de la ciudad (hasta la década de 1870, por ejemplo, todavía estaban en pie las murallas coloniales). Lima creció hacia adentro, impulsando la tugurización. Una consecuencia fue la proliferación del uso del callejón y de las casas con cuartos de vecindad (las antiguas casonas eran subdivididas para el arrendamiento).

De otro lado, había el hacinamiento de hombres y animales. Dentro de los domicilios era común la existencia de corrales, gallineros y huertas y, en el caso de casonas más grandes, de establos y acequias interiores. El panorama era el de un espacio de vida semirural. Los limeños convivían con una enorme cantidad de bichos (roedores e insectos) y animales domésticos (gallinas, gallos, pavos perros, gatos, cerdos, caballos…). En suma, las condiciones de vivienda facilitaban la infección de enfermedades de animales a los seres humanos.

En las calles de la ciudad era usual cruzarse con el ganado vacuno saliendo de las lecherías para dirigirse hacia los establos o lomas, con pobladores bañando a sus caballos con el agua de las acequias, y recuas de mulas transportando toda clase de mercaderías que llegaban a la capital desde el interior del país. Particular importancia tenía la mula, un animal bastante apreciado por su fuerza y resistencia; era el medio más utilizado por los comerciantes peruanos. Los gallinazos se hallaban usualmente asentados en los rincones más altos de la ciudad (techos de las casas, torres de las iglesias, copas de los árboles) o volando en círculos alrededor de los mercados y mataderos. La presencia de masiva de estas aves es un indicador bastante elocuente de las condiciones ambientales e higiénicas de la Lima de entonces: abundancia de inmundicias y restos de animales abandonados en las calles.

Otro problema, muy grave, era el primitivo sistema de desagüe de nuestra capital. En 1860, el famoso médico e higienista Francisco Rosas, presentó un informe acerca de las pésimas condiciones sanitarias de Lima y sus graves consecuencias en la salud de sus habitantes. En él, puso énfasis en el sistema de los desagües públicos que, a la manera de cloacas, atravesaban abiertos en las calles de la ciudad y eran un foco de infección: Nada más desagradable a la vista, más repugnante al olfato y más dañino a la salud que esas grietas irregulares, que conduciendo en más o menos abundancia un líquido espeso tan variado en sus matices como en sus olores, recorren todos los puntos de la ciudad con el nombre de acequias. Destinados a ser para las poblaciones lo que los ríos para los campos, es decir, la vida y la alegría, se han convertido entre nosotros en poderosos agentes de disgustos y enfermedades… Cuando aumenta la cantidad de agua o se detiene su curso por algún obstáculo, rebosa y se derrama el líquido elemento, inundando las calles de uno y otro lado. Este acontecimiento, que se repite con frecuencia, suele dar a la Ciudad de los Reyes el aspecto de un pantano, convirtiéndose en causa principal de las terribles intermitentes, de los tabardillos, de las graves disenterías y de otras enfermedades que diezman ala población, especialmente en el otoño.

Cuando el doctor Rosas escribió esta cruda realidad, existían 196 acequias en las calles limeñas y 894 en las casas privadas.

Indudablemente, las mejoras que se operaron en el sistema de desagües públicos a partir de 1868, durante el gobierno del presidente Balta, incidieron en la merma de los males señalados por el doctor Rosas. En este sentido, a partir de la década de 1890, raras veces estallaron en Lima enfermedades epidémicas. El tifus se daba en casos aislados; la fiebre de la escarlatina era conocida solo por el nombre; el cólera era solo una amenaza ocasional y aislada; los casos de viruela, si bien se presentaban cada año entre la población pobre, nunca alcanzaban la categoría de epidemia; la difteria, tan propagada antes de la década de 1850, prácticamente había desaparecido. En cambio, el cuadro sanitario de Lima se vio constantemente afectado por la presencia de la fiebre amarilla, que causaba temidas epidemias.

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Lima en el siglo XIX: calle Judíos, al costado de la Catedral