15/01/09: La muerte y Charles Baudelaire
“Señores, se les ruega asistir al Cortejo, Servicio y Entierro del señor Charles Baudelaire, fallecido en París el 31 de agosto de 1867, a la edad de cuarenta y seis años tras recibir los sacramentos de la Iglesia…”. Así rezaba, con la acostumbrada retórica fúnebre, la esquela enviada por la madre del poeta (seguía firmando como viuda del general Aupick, el militarote tan odiado por Baudelaire) y su firma precedía el desfile de parientes menospreciados por el poeta: generales de división, jefes de batallón. Sin embargo, para desdicha de la madre, el mundo oficial no se haría presente en el entierro. La Société des Gens de Lettres (equivalente de nuestra Sociedad de Escritores) no envió representantes. Tampoco había recibido Baudelaire condecoración alguna en su vida; su candidatura a la Academia fue considerada una broma de mal gusto. El cortejo era reducido, faltaban las personalidades, y para mayor deslucimiento en el acto mismo del entierro se desencadenó un temporal. Eso lo cuenta Paul Verlaine, poeta de veintitrés años por entonces. Théophile Gautier, “el muy venerado maestro”, “el perfecto artífice” al cual Baudelaire le había dedicado Las flores del mal, escribe a su hija sobre el fastidio que reproduce tener que escribir una nota necrológica sobre “ese pobre Baudelaire”. ¿Qué importaba en París, ya de dos millones de habitantes, la “hormigueante ciudad llena de sueños”, la muerte de su más grande poeta? Su más grande y desdeñoso poeta, añadamos.
Tras el carruaje fúnebre de Víctor Hugo seguirían, en cambio, decenas de miles de fieles. ¿Y qué decían los grandes y consagrados espíritus, de la muerte de Baudelaire, su amigo? Los Goncourt cuentan en su Diario que, junto a Flaubert y George Sand, comentan la muerte de Baudelaire y hacen chistes de doble sentido a este propósito. Entre tanto, Mallarmé, joven profesor de inglés en provincia, escribe a un amigo diciéndole cómo no puede superar su pena al saber la muerte del autor de sus admiradas Flores del mal. Mallarmé y Verlaine le habían dedicado, un año antes de la muerte de su maestro, sendos ensayos de fervorosa admiración. Pero Baudelaire al saberlo en el destierro de la antipoética (para él) Bélgica, se había limitado a comentar: “Esos jóvenes me dan un miedo de perro. Nada amo tanto como el estar solo”. No tenía ningún interés en conocerlos, ni pensaba que su posteridad ya se le estuviese anticipando en vida. Por lo demás, le bastaba a él mismo saberse poseedor de ella. Había escrito a su madre, quien toda su vida lamentaría que el hijo se dedicara a la poesía y no a la honrada vía de alguna ocupación burguesa: “… Se me niega todo espíritu de invención y aun el conocimiento de la lengua francesa. Yo me río de todos esos imbéciles, y sé que ese volumen, con sus cualidades y defectos, hará un camino en la memoria del público letrado junto a las mejores poesías de V. Hugo, de Th. Gautier y aun de Byron” (carta del 9 de julio de 1857). Incluso en una carta a su tutor Ancelle, el prototipo de notario que huye ante los lirios cortados, reafirmaba la seguridad en la venidera gloria de su libro. Cumplida su obra, era sólo un sobreviviente que nada tenía que hacer en el mundo. Por lo demás su vida había sido, como dice Jean-Paul Sartre, la de un sobreviviente. Apenas pasados los veinte años se intentó suicidar de una cuchillada, adelantándose a una muerte que ya sintió venir en 1862 cuando escribe en su Diario el 23 de enero: “Singular advertencia: sentí pasar sobre mí el viento de la imbecilidad”. A los cuarenta y seis años, edad aún plena en nuestro siglo de paidocracia, Baudelaire era un anciano gastado, lleno de arrugas, encanecido prematuramente. Él mismo lo había pronosticado diciendo que al vivir cada hora con una intensidad plena se vive el triple de lo normal, a despecho de la edad cronológica. Su edad era más de un siglo, entonces, sus recuerdos sumaban más de los de alguien que hubiera alcanzado los mil años. Lo hiere —secuela de una sífilis juvenil mal curada, dicen algunas buenas almas— la afasia. Está herida su mente clarísima, no puede hablar, no puede escribir. Herido por donde más duele, como Rimbaud agonizando con una pierna cortada, él, que había sido llamado “el hombre de las plantillas de viento”, como Rilke envenenado por una de las rosas que cuidaba, como Verhaeren aplastado por una locomotora similar a las que había exaltado, como Whitman el magnífico vagabundo postrado por la parálisis. “Charles Baudelaire que muere diciendo Sagrado nombre, Sagrado nombre hubiese enviado tu muerte”, escribe José Lezama Lima en su “Oda en honor de Julián del Casal”, el poeta modernista cubano que muere vestido como un dandy conservando un cigarro encendido entre los dedos. ¿Pero no hubiese envidiado mejor la muerte de John Donne que pide lo lleven a un balcón para que el público vea cómo muere dignamente un cristiano y un poeta, o la de su amigo Gérard de Nerval, suicidándose en la calle de la Vieja Linterna?
Sí, es seguro que muy pocos envidiarían la muerte de Baudelaire, convertido en un despojo humano, que sólo podía articular blasfemias que horrorizaban a las monjas de la clínica. No, no fue la de él “la mort qui console”, ni tampoco lo fue su vida. A cien años de ella, ya se sabe que la poesía occidental sería otra sin Las flores del mal. Se le ha reconocido en un signo del cual tuvo destellos, y que amaba menos que al siglo donde le tocó vivir. Escribía: “Yo no digo que el mundo sea sometido al desorden bufonesco de las república sudamericanas —que volveremos al salvajismo e iremos a través de las ruinas, cubiertas de hierbas de nuestra civilización, a buscar nuestro sustento, fusil en mano. No; —pues esa suerte y esas aventuras supondrían aún cierta energía vital, eco de las primeras edades. Nuevo ejemplo y nuevas víctimas de inexorables leyes morales, pereceremos por donde creeremos haber vivido. La mecánica nos habrá americanizado de tal modo; el progreso habrá atrofiado tanto en nosotros toda la parte espiritual que nada entre los ensueños sanguinarios de los utopistas podrá compararse a esos resultados positivos”.
“Tengo necesidad de decir que lo poco que restará de política se debatirá penosamente en los abrazos de la animalidad general, y que los gobernantes estarán forzados para mantenerse y crear un fantasma de orden, a recurrir a tales medios que harían estremecer a nuestra humanidad actual, tan endurecida sin embargo. El hijo huirá de su familia no a los dieciocho años sino a los doce, emancipado por su voracidad glotona; huirá de ella, no para buscar aventuras heroicas, sino para fundar un comercio, para enriquecerse y hacer competencia a su infame papá —fundador y accionista de un diario que repartirá las luces y hará considerar a este siglo como un soporte de la superstición…” (de Cohetes, obra póstuma). Sólo citamos algunos párrafos, pero bastan ellos para darse cuenta de cómo el poeta nos dejó un espejo donde mirarse a pesar de que él decía que sentía “el ridículo de un profeta”. Su suerte en este siglo hubiese sido la misma de la que tuvo en su tiempo. Los verdaderos poetas aún siguen siendo en nuestra sociedad los “desplazados” (una sociedad, decía Baudelaire, en donde se pondrá en interdicción a todo aquel que no sepa hacer fortuna). Recordemos al poeta Alberto Moreno que a principios de este siglo tradujo integralmente Las flores del mal en Valparaíso (lugar de nacimiento de Samuel Cramor, el autorretrato juvenil de Baudelaire en La fanfarlo). Este trabajo nunca fue publicado, se ha perdido, solo quedan algunos poemas dispersos, bellamente traducidos, que alcanzaron a ser publicados en algunas revistas. Pero “la tumba es confidente de mis sueños infinitos / porque la tumba siempre comprenderá al poeta”. En este centenario, es bueno llevar un ramo de modestas flores al poeta, que va viajando en el barco que lleva de capitana a la Muerte, y saber quede todos modos, el poeta nos supo anunciar que si confiamos en el amor y la poesía: “Un Ángel fiel y alegre, entreabriendo las puertas / Reanimará los empañados espejos y las llamas muertas”.
Sí, es seguro que muy pocos envidiarían la muerte de Baudelaire, convertido en un despojo humano, que sólo podía articular blasfemias que horrorizaban a las monjas de la clínica. No, no fue la de él “la mort qui console”, ni tampoco lo fue su vida. A cien años de ella, ya se sabe que la poesía occidental sería otra sin Las flores del mal. Se le ha reconocido en un signo del cual tuvo destellos, y que amaba menos que al siglo donde le tocó vivir. Escribía: “Yo no digo que el mundo sea sometido al desorden bufonesco de las república sudamericanas —que volveremos al salvajismo e iremos a través de las ruinas, cubiertas de hierbas de nuestra civilización, a buscar nuestro sustento, fusil en mano. No; —pues esa suerte y esas aventuras supondrían aún cierta energía vital, eco de las primeras edades. Nuevo ejemplo y nuevas víctimas de inexorables leyes morales, pereceremos por donde creeremos haber vivido. La mecánica nos habrá americanizado de tal modo; el progreso habrá atrofiado tanto en nosotros toda la parte espiritual que nada entre los ensueños sanguinarios de los utopistas podrá compararse a esos resultados positivos”.
“Tengo necesidad de decir que lo poco que restará de política se debatirá penosamente en los abrazos de la animalidad general, y que los gobernantes estarán forzados para mantenerse y crear un fantasma de orden, a recurrir a tales medios que harían estremecer a nuestra humanidad actual, tan endurecida sin embargo. El hijo huirá de su familia no a los dieciocho años sino a los doce, emancipado por su voracidad glotona; huirá de ella, no para buscar aventuras heroicas, sino para fundar un comercio, para enriquecerse y hacer competencia a su infame papá —fundador y accionista de un diario que repartirá las luces y hará considerar a este siglo como un soporte de la superstición…” (de Cohetes, obra póstuma). Sólo citamos algunos párrafos, pero bastan ellos para darse cuenta de cómo el poeta nos dejó un espejo donde mirarse a pesar de que él decía que sentía “el ridículo de un profeta”. Su suerte en este siglo hubiese sido la misma de la que tuvo en su tiempo. Los verdaderos poetas aún siguen siendo en nuestra sociedad los “desplazados” (una sociedad, decía Baudelaire, en donde se pondrá en interdicción a todo aquel que no sepa hacer fortuna). Recordemos al poeta Alberto Moreno que a principios de este siglo tradujo integralmente Las flores del mal en Valparaíso (lugar de nacimiento de Samuel Cramor, el autorretrato juvenil de Baudelaire en La fanfarlo). Este trabajo nunca fue publicado, se ha perdido, solo quedan algunos poemas dispersos, bellamente traducidos, que alcanzaron a ser publicados en algunas revistas. Pero “la tumba es confidente de mis sueños infinitos / porque la tumba siempre comprenderá al poeta”. En este centenario, es bueno llevar un ramo de modestas flores al poeta, que va viajando en el barco que lleva de capitana a la Muerte, y saber quede todos modos, el poeta nos supo anunciar que si confiamos en el amor y la poesía: “Un Ángel fiel y alegre, entreabriendo las puertas / Reanimará los empañados espejos y las llamas muertas”.
By Jorge Teillier
(En La Nación, Santiago, 27 de agosto de 1967, p. 5)
Etiquetas : Baudelaire, Teillier, Crónicas

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j m gallego escribió:
estaba buscando información sobre la muerte de Baudelaire y he dado con su excelente artículo. La mía era una curiosidad morbosa, a saber, si es cierto que exorcizaron la casa o habitación del maestro una vez que este pasó a mejor vida.
Otra pregunta que me hacía- por si pudiera ayudarme- es si Baudelaire vio alguna vez un drama wagneriano completo, pues quiero escribir sobre su opúsculo dedicado al maestro alemán.
Muchas gracias y enhorabuena por su escrito