
Aquél día, Mimi se acordó que había olvidado su sketchbook en la cafetería. Contenía muchos dibujos que ella había hecho con sus colores acuarela, de esos que vienen en cajas de metal y son realmente interesantes. Los bocetos y los dibujos que tenía eran sorprendentes gracias a lo simple y preciso de sus trazos. Árboles, sonrisas, cielos, atardeceres, etc. Mimi, al igual que yo, tenía –y tiene- esa manía de llenar siempre los espacios en blanco en un lienzo. De alguna manera no podemos soportar espacios vacíos entre dos elementos, tal vez por eso nos volvimos tan cercanos pero esa es otra historia. Ella volvió rápidamente a la cafetería a encontrar su pequeño mundo paralelo. En vez de ello, encontró otras personas en la mesa. Preguntó pero no le dieron mayores referencias. Preguntó donde la encargada pero nadie había dejado ningún sketchbook en los “objetos perdidos”. Lentamente empezó a desesperarse sin llegar a más, como chica que es.
En la primera página había un cielo celeste y gris con muchas nubes que tenían un volumen casi real. Pensé que era imposible lograr tal efecto solo con tres colores y un algodón o el pasar suave y delicado de las yemas de sus dedos pero es que yo no sé dibujar a ese nivel. Estaba maravillado y, de pronto, un sentimiento de nostalgia lleno mi mente. No había sol en aquél dibujo por lo que me pareció mucho más original. Tampoco había pájaros cruzando ese cielo azul-gris. En realidad no había nada más que color cielo y nubes monótonas pero, visto de una sola vez, era perfecto. Real.
Mimi regresó al salón de su clase de donde luego yo la recogí. Parecía triste y desesperada. No me quería contar algo. Solo tomó mi mano y corríamos de aquí para allá. Cuando llegábamos a algún “aquí” ella se separaba de mí y preguntaba algo a alguien. Cuando llegábamos a algún “allá” me decía “espérame…” y desaparecía. No entendía bien lo que pasaba pero ella buscaba y yo le acompañaba silenciosamente. Qué pesada. Al menos podría decirme y yo podría ayudarla. Nos sentamos finalmente. Yo callado y ella tomándose la cabeza con las manos intentando recapitular el día entero. Habían pasado ya muchísimas horas y se acababa la luz. Balbuceó algo antes de empezar a llorar.
… si tan solo tuviera un deseo sería encontrar aquello que he perdido…
En la segunda hoja habían arboles altos y frondosos. La luz llegaba a la tierra viajando a través de las hojas (lo que conocemos por “Komorebi”) y abajo, cerca de un pequeño camino se notaba la silueta de un perro que estaba esperando pacientemente. No había espacios sin color. Nunca había visto tantas tonalidades de verde en una sola hoja y hasta parecía que la luz que ella había dibujado cambiaba las tonalidades en lo alto del paisaje. Simplemente increíble. Esta vez, un sentimiento cálido, esperanzador llenó mi corazón.

- ¿Qué has perdido, finalmente? – le dije algo irritado.
- Mi sketchbook – me dijo mirando al piso con el cabello pegado a sus mejillas.
- ¿Estás hablando en serio? – le reclamé indignado por haber estado buscando todo el día algo que nunca se había perdido.
Metí mi mano en mi mochila y saqué el sketchbook de tapa marrón. Lo abrí y vimos los dibujos. No atinó a decir nada solo a estarse quieta mucho rato, con la boca abierta que daba risa y los ojos hinchados. Lentamente levantó la mano y tomó su pequeño tesoro.
- No lo entiendo… - se notaba que estaba haciendo memoria o algo así.
- Me dijiste “guarda todo” y eso hice antes de irme, ¿recuerdas? Yo estaba apurado, por eso me fui primero.
- ¿Eh?
En la tercera hoja no había nada porque ella dejó en blanco a propósito ese gran espacio, aún no sé la razón. Pero… abrí el sketchbook y una lágrima perfecta cayó en el medio de esa tercera hoja en blanco. Y ahí se quedó… Ella me miró serena ya y algo me iba a decir pero empezó a llover. Cerré el sketchbook, lo metí en su mochila, tomé su mano y nos fuimos caminando despacio. Qué extraño puede ser todo un día que se supone debía ser tan normal que aburría. “Lo encontraste - me dijo finalmente - aquello que yo había perdido…” y me miró con una leve sonrisa, mirando a través de mis ojos hasta mis sentimientos. Le di un par de palmaditas en el hombro y seguimos caminando. “Te quedaste sin deseos…” le dije mientras le empezaba un terrible hipo.








Hace poco pedi uno, pero fue demasiado espontáneo... Lamentablemente no creo que se cumpla =( y creer es parte importante para que algo suceda...
Pero a veces te cansas de esperar la magia :-/ ...
Bonita historia! Como siempre =) ... Saludos...