Hado
- ¡Hey! Gusano, por qué no te vas del pueblo, acá ya estamos completos. Le decía Pedro cada vez que lo veía cerca del mercado o donde encontrara a Arturo.
- Déjalo Pedro le das mucha importancia a ese mequetrefe, es solo una carga y hablándole, no ganas nada. Recriminaba Ana, hermana mayor de los McArjhon.
- No entiendo porque papá se encarga de este, debería mandarlo a un orfanato, ese es su lugar. Arturo solía callar y seguir su camino, ideas oscuras y macabras pasaban por su mente.
- ¡Ya me la pagaran estos hijos de puta! ¡Los voy a quemar vivos uno a uno! Su rostro y actitudes no hacían sospechar su despiadada reacción interior. Su rostro tan solo inspiraba humildad y resignación.
Arturo era criado de la casa, aunque muchas personas y allegados a la familia McArjhon, aseguraban que era el hermano de Pedro, Ana, Cristina y Joaquín. La gente solo callaba por temor a represalias. Arturo, no solo era burla de los hermanos mayores Pedro y Ana, sino, también los adolescentes Cristina y Joaquín hacían de él, lo que querían. Cada vez que Arturo iba a la casa de los McArjhon a ayudar con los quehaceres, estos dos le derramaban los excrementos de las mascotas desde el segundo piso de la casa. En muchas ocasiones hicieron tropezar y derramar lo que llevaba, haciéndolo volver a rehacer una y otra vez sus quehaceres. Esto, si bien no era su culpa, no lo eximia del descuento de su salario.
- Ahí viene otra vez la basura de Arturo, alista el bacín Cristina. Lo esperaban cerca del barandal y cuando Arturo estaba en posición soltaban todo el excremento de los perros, acumulados durante toda una semana.
Al igual que con Pedro y Ana, Arturo mostraba paciencia, aunque rara vez solía insultar tenuemente.
La segunda en morir fue Ana. Encontraron su cuerpo tendido a pocos metros de la casa de la familia Castro, una acomodada familia del pueblo. Ana estaba casi irreconocible era como si una estampida de caballos le hubiesen pasado por encima destrozándole la cabeza y los senos. A Cristina la encontraron flotando en el río, unos meses más tarde. Ya habían pasado tres años, no se sabia de forma clara la muerte de los tres hermanos. Un año después Joaquín yacía boca abajo a lado de la casa. Resbaló del tejado decían muchos, sin embargo solo eran suposiciones, así como la muerte de sus demás hermanos. Arturo había asistido a los velorios y entierros de los cuatro hermanos. En todo momento se le vio tranquilo, no mostró ningún tipo de sentimientos, tan solo callaba. La trastienda en la que murió Pedro era demasiada rustica, agosto era un mes de vientos fuertes. El tiempo había menguado las bases de techo y solo bastó un ventarrón para caer. Los caballos, que se suponía que habían acabado con la vida de Ana, eran los de la familia Castro, habían escapado, por descuido y falta de experiencia de sus cuidadores, la gran cantidad de caballos desesperados, terminaron pasándole por encima a Ana sin que esta pudiera escapar. Cristina, no sabía nadar y los rápidos del río la arrastraron, dos días permaneció bajo el río, apareciendo kilómetros más abajo. Joaquín, por querer atrapar un gorrión, resbaló y cayó del tejado de una casa de tres pisos.
Publicado el 07/01/09 por a20068098 | Categoría: Cuentos | Visto 97 veces |
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