Las joyitas debajo del Murguia: el bar Canadian

En Miraflores, no se “cacha”, se tiene sexo. Y el Bar Canadian sabe bien la diferencia para satisfacer ese mercado exclusivo hace más de dos años. La perversidad masculina y la buena imagen, para evadir las pesquisas municipales, van de la mano al disimular los bajos instintos de los miraflorinos. Conste que no es un prostíbulo, sino el punto intermedio entre la cháchara inocente de un hombre y una chica Canadian, y una mano encima de la bragueta estimulando el consumo de alcohol en el local. El Bar Canadian enseña que el apetito carnal es un enganche para el negocio. Sucede que cuando Dios creó al hombre, lo creó irreparablemente con un pene. Y que los hombres sean de Miraflores no hace la excepción.
Cuando supe que la perra, la furuncha, la maldita y la puta no son lo mismo, pasé por el Bar Canadian convencido de que se puede comprobar dicha diferencia. Comprobarla es lidiar con pechos grandes, jeans apretados y faldas cortas con brillantina que enceguecen la cordura para soltar la plata. Y todo ese revoloteo hormonal resulta ser el dolor de cabeza de la municipalidad para mantener la “virginidad” de Miraflores.
Estas emociones carnales desencontradas, en la pulcritud miraflorina, no son originarias de los distritos no nice, sino que resultan ser “...la misma huevada: el morbo aquí (en Miraflores) y en China se resume en un buen tire. Miraflores, Comas, San Juan de Lurigancho... la misma mierda"
En resumen, M-O-R-B-O. Eso es lo que metafóricamente inhalas, bebes y observas en el Bar Canadian. Un bar underground que tiene por competencia al Starbucks y a los más exclusivos cafés: las fibras que conforman el corazón pulcro de Miraflores. El bar está ubicado en la avenida Diagonal 342, al frente del parque Kennedy y debajo de la joyería Murguia.
-Choche, te lo cuido.
Eran las diez de la noche del domingo 16 de noviembre. Esta es la primera frase del limpiador de carros luego de estacionarme frente al Murguia. Sin duda, este fue el presagio de lo que será esta noche: nunca poder decir no.
El edificio de la joyería Murguia fue construido en 1970. La explosión demográfica de los años sesentas hizo que la exclusividad del centro de Lima se perdiera para Don Manuel Murguia, el fundador. En un principio, todo el edificio era de la joyería, pero las necesidades económicas hicieron que los dos almacenes se alquilen hasta el día de hoy.
“Yo conocí al dueño del Murguia –comenta una anciana mendiga-cuida-autos desde los años cuarentas en el parque Kennedy-. Aquí, donde me ves (a siete metros de la puerta del Murguia) veía al dueño del Bar Canadian preguntar por el precio. Daba muy buenas propinas”.

Antes de cruzar la puerta de vidrio oscuro con una hoja de mafle grabada, saludo de reojo al gordito reguetonero que vende diversión sin costo de entrada al bar. Luego, la cosa es someterse a la mirada prejuiciosa, mostrar el DNI y aguantarse el toqueteo clásico de los guardias de seguridad. Escuchas las sonrisas empedernidas de las chicas Canadian y ves algunas rodillas coquetas mientras subes la vista hasta el premio mayor.
Después de bajar los escalones impares de la escalera con dificultad, me encuentro con la barra que da con la entrada. Delante de la barra está la pista rectangular de baile amueblada con ocho mesitas improvisadas. Los asientos de cuero sintético negro están a lo largo de la pared derecha adornada de espejos, para que la vista no pierda el ángulo perfecto de un trasero epiléptico.
Al otro lado de la pared está ubicado un DJ improvisado con algunos cables al aire y una caja de interruptores encima de su cabeza. A su derecha, a unos cinco metros, hay una cortina negra custodiada por un guardia de seguridad. Detrás de esta cortina están los camerinos, los salvavidas de las chicas del Canadian cuando el alcohol inutiliza sus cuerpos como para reaccionar al toqueteo in fraganti de manos traviesas.
Para ser domingo, hay una considerada clientela. La mayoría de las personas pasan los veinticinco años. Personas quienes atraen por sí solos. No porque sean atractivos para chicas de veinte y veintitrés años, sino porque las billeteras hablan por sí solas y no son propinas de papá.
Sentarse cerca de la pista de baile es como estar en un asiento de primera fila frente a una comedia pícara. Una chica habla en inglés para sacar dinero a un gringo.
Otras se apoyan en la barra a adrede para mostrar un trasero apretado por los jeans Milk. Otro gringo baila pegado con una chata de rulos que le pega los boobies a su pecho. Un guardia mantiene a raya a los voyeristas que quieren ver a través de la cortina negra de los camerinos. Una mujer de pelo negro, con una panza pronunciada por el trago de varias noches y con un dejo selvático baila para cuatro señores que apuestan el sueldo del mes. Logro escuchar un comentario: “¡Mira, pero qué perra!”.
Lo que los hombres no saben es que no hay sexo en «casa». En realidad, en el Canadian no hay cuartos. Incluso, está estrictamente prohibido dar nuestra dirección a los clientes. Ellos intentan e intentan, pero no pasa nada. Incluso, hay chicos que esperan hasta las seis de la mañana por un polvo que no sale luego de gastar más de trescientos soles.

En los foros de la web, los clientes del bar aseguran que las chicas Canadian son de la selva. Se rumorea de que el bar aplica el clásico sistema operacional de nuestra historia: el enganche. Un dinerito por un trabajito. Solo que el dinerito se vuelve en deuda y el trabajito en explotación. Bueno, explotación del siglo XXI: solo un poco más sutil.
Mientras fluye la noche y la cerveza, los tonos rojos y seductores se mezclan con un láser verde que invade la pista de baile. Las manos ajenas hacen de lo suyo al toquetear los cuerpos de las mujeres. Estas menean el trasero al ritmo de Grupo 5 y de la cantidad exponencial del dinero sobre la mesa. Ellas te recogen las botellas, los vasos y te levantan la mirada y “otras cosas más”.
Es más de la una y es hora de irse. Levanto mi casaca cuando una chica me pregunta por qué tan rápido, que me quede, que no hay prisa. La clásica: “nos podemos conocer”.
La dejo atrás y salgo del bar cuando escucho hablar al portero.
-Lo siento, no hay espacio para nadie más- mentía a un chico ebrio de veinte años que no pidió mayores explicaciones.
A pesar de que el operativo “Violeta”, dispuesto por la municipalidad de Miraflores desde el 2004, por el ex alcalde Fernando Andrade Carmona, se ejerce para el cierre de prostíbulos, los miraflorinos no pueden ser erradicados de un “polvo”. De cierta manera, el Bar Canadian persuade la ley, porque las chicas Canadian no son prostitutas, sino son “... ¡Damas de compañía! Pobre de ti que pienses lo otro”
...Compras toda una promesa de sexo. Abres la boca y te meten el dedo. Y le sigues su juego y le das tu dinero y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez...
Es la primera canción que escucho al prender la radio del auto. Remuevo el espejo retrovisor y no veo parte de mi rostro, sino la encarnación del videoclip.
Etiquetas : Cronica

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