Liderazgo a la Peruana

Por Felipe Ortiz de Zevallos – Presidente del Grupo Apoyo y Rector de la Universidad del Pacífico.
Artículo publicado en la revista Quehacer No. 136, DESCO, Lima, Mayo 2002, pp. 44-49.
http://www.desco.org.pe/publicaciones/QH/QH/qh136foz.htm


¿Sufrimos, como pareciera, una crisis aguda de liderazgo en el Perú? ¿En qué va a consistir finalmente el liderazgo en el nuevo siglo XXI? ¿Qué nuevos valores implica? ¿Cómo se puede medir? Reflexionar sobre estas preguntas permite incorporar un enfoque adicional y relevante para un diagnóstico apropiado de la situación de relativa atonía y marasmo que se siente en el país.

Acordemos, primero, que cualquier sociedad requiere de varios sentidos para progresar. Uno primero, de continuidad (con los valores del pasado); uno segundo, de pertenencia (entre la gran mayoría de sus miembros); y uno tercero, de dirección (con una orientación a la vez motivadora y prudente). Líderes serían tanto quienes son capaces de descubrirnos percepciones y valores esenciales del Perú de ayer, como los que identifican lazos sutiles que permitirían integrar mejor una sociedad bastante fragmentada y heterogénea como la nuestra, así como los que pueden señalarnos un rumbo que sea, a la vez, estimulante y creíble. El liderazgo se ha vuelto mucho más complejo en todo el mundo con las exigencias de la globalización, mejor dicho de la necesaria «glocalización».

¿Cuáles son los elementos que contribuyen al liderazgo? Los libros de texto sobre el tema señalan algunas cualidades que también eran válidas hace medio siglo: iniciativa, actitud positiva ante las cosas, autodisciplina, focalización, compromiso con lo que se hace, confiabilidad, carácter, buen raciocinio, competencia profesional, capacidad para resolver problemas, carisma, buenas relaciones interpersonales y visión. Las nuevas realidades obligan a incorporar otras cualidades, bastante más sutiles: capacidad para escuchar, disposición de servicio, generosidad, habilidad docente y sentido de responsabilidad. En un último libro From Good to Great, un estudioso del liderazgo empresarial, Jim Collins, revela que en EEUU las empresas que más valor han generado durante las últimas décadas han estado lideradas por personas que no correspondían con el paradigma típico del personaje carismático y dominante; más bien eran lideradas por una mezcla rara de monjes y guerreros, los llama los L5, personajes con una fusión de humildad profunda y voluntad de acero.

¿Sobre quiénes se lidera o se fracasa en la pretensión de liderar? En la sociedad tradicional del siglo XVIII, el sentido del prójimo estaba usualmente limitado a lo que se consideraba la familia y los amigos; y se entendía la verdad como una que era revelada, desde el púlpito o el aula. El «otro» –entre ellos, el extranjero, el discrepante o el hereje- debía, bajo esta premisa, ser identificado, aislado, evitado, perseguido. En las sociedades posmodernas y progresistas del siglo XXI, en cambio, por prójimo debiéramos entender a todos los miembros de la comunidad, los participantes en cualquiera de las redes en las que cada cual actúa, siempre con una vocación implícita por una ciudadanía a la vez local y global. Y la verdad, por su parte, resulta una múltiple, evolutiva, que se va descubriendo y corrigiendo en el tiempo. Resulta necesario, por tanto, abrirse al «otro». Quien no lo haga realmente no tiene pasta de líder verdadero. Y cualquier tesis discrepante con la que uno tiene debería acercarnos finalmente a la verdad; por tanto, necesitamos entenderla primero bien, antes de eventualmente rechazarla.

Pasemos lista (con algunos comentarios sueltos) a los atributos identificados para el liderazgo. ¿Cuál es el contexto cultural en el Perú de hoy para que estos valores emerjan o sean reprimidos?
- Iniciativa: Cuando en el Perú se pregunta a los padres ¿cómo desean que sean sus hijos? la respuesta mayoritaria es: «obedientes y bien educados». Lamentablemente, lo último no significa lo que literalmente se afirma sino que tengan «buenos modales». En los países más desarrollados, en cambio, las respuestas mayoritarias son: «autosuficientes y responsables». Nuestra escala colectiva de valores es defectuosa para el liderazgo desde la niñez. Le damos valor a la dependencia por encima de la iniciativa.

- Actitud positiva ante las cosas: Tenemos una que es, por el contrario, predominantemente negativa: ¿Cuándo se jodió el Perú?, Mendigo sentado en banco de oro, etc. En América Latina las repúblicas surgieron de reclamos, primero, naturalmente, contra el imperio (España; luego, Inglaterra y EEUU); pero luego, por nacionalismo chauvinista, contra los países vecinos. Al Perú, el centro del Virreinato en la región subcontinental, la independencia le dejó como una de las tareas pendientes el tener que definir sus múltiples límites territoriales. Por ello, la afirmación de nuestra identidad en el mapa demoró demasiado, pues tuvo que lidiar con similares aspiraciones de otros nuevos Estados en búsqueda de una invención de sí mismos. De otro lado, líderes peruanos fueron Haya de la Torre, importante ideólogo regional del anti-imperialismo, y Mariátegui quien exigía «creaciones heroicas» para el proyecto socialista. A más de un país en otras regiones del mundo les ha ido mejor con «calcos y copias», así como con mejores relaciones con las potencias.

- Autodisciplina: Cuando se le pregunta al peruano por su principal defecto (reclama alternativamente como virtud principal su inventiva, su capacidad de sobrevivir), responde mayoritariamente que le falta disciplina. A confesión de parte, relevo de pruebas.

- Focalización: Los peruanos solemos actuar como presuntuosos «doctores» sabelotodo; con aficiones muy diversas, que muchas veces practicamos mal. Por ello resultamos, a veces, expertos en nada. A la investigación y experimentación, que son esenciales para el verdadero conocimiento, se le da muy poca atención. El peruano prefiere palabrear, incluso sobre lo que no sabe, antes de decir: «no sé». Las actas de asambleas y congresos diversos son expresión evidente de ello.

- Compromiso con lo que se hace: En el Perú, los proyectos suelen tomar el doble de tiempo y presupuesto que en otras partes, o se dejan a veces incompletos, o finalmente se abandonan. La falta de persistencia es, lamentablemente, muy común. Se nota hasta en las construcciones urbanas. Para no hablar de los grandes proyectos. En 1946, la célula parlamentaria aprista votó a favor de la convocatoria a la inversión extranjera para el desarrollo de Bayóvar, depósito que más de medio siglo después sigue siendo un desierto. Las reservas de Camisea, por su parte, fueron descubiertas hace más de 20 años. En Brasil, Chile, incluso Bolivia, ya estarían en operación. Aquí todavía no está muy definido el financiamiento del proyecto.

- Confiabilidad: Por razones a veces justificadas, los peruanos somos demasiado incrédulos. A la pregunta: ¿se puede confiar en los demás?, sólo responde afirmativamente el 12 por ciento de la población, la mitad de la proporción que en el promedio de América Latina. Nuestro capital social es, por tanto, bastante limitado. En EEUU y los principales países de Europa, la respuesta a esta pregunta supera el 60 por ciento. Hacer algo, cualquier empresa, entre gente que se recela entre sí es bastante difícil. Y una primera interrogante que habría que hacer respecto de cualquiera que pretenda ser líder, para probar su confiabilidad, sería preguntarse si uno le compraría un carro usado. ¿Cuántos de los actuales líderes políticos pasarían esa prueba?

- Carácter: Lima es, por clima y otras razones históricas, una ciudad blanda y chismosa, bastante acomodaticia a realidades demasiado cambiantes. Héctor Velarde introdujo el concepto del «concho telúrico de acometividad» para explicar lo que subyace en la personalidad cultural de muchos peruanos. Carácter hay, pero muchas veces no es evidente.

- Raciocinio: Nuestra formación básica en matemáticas y lógica es, lamentablemente, bastante deficiente en promedio. En la región en su conjunto, los estudiantes peruanos son los que sacan las peores calificaciones en esta disciplina, fundamental para contar con buen raciocinio a escala social. Ello ocasiona que el debate público sea más emocional que preciso y poco preocupado en definir quien gana y pierde, y cuánto, con cada opción que se discute.

- Competencia profesional: Buena en algunos campos, la competencia profesional en el Perú es insuficiente en otros, especialmente en carreras técnicas. Sobran en el Perú abogados y faltan científicos y tecnólogos. Los más capaces entre los peruanos podrían lograrse en cualquier parte, pero hay demasiados, una cantidad creciente, con muy poca autonomía profesional. En muchas disciplinas se carece de bancada de suplentes.

- Capacidad para resolver problemas: Somos los peruanos también bastante poco pragmáticos. La actitud inicial ante cualquier problema suele estar cargada de ideología y demasiados prejuicios. Nos es difícil distinguir entre condición (la naturaleza misma de las cosas) y problema (una situación que sí puede resolverse). Muchas veces falta claridad en los diagnósticos y persistencia en las propuestas que se plantean.

- Carisma: Muchas veces medimos el liderazgo solamente en función del carisma. Líderes peruanos notables como Grau, Bolognesi y Basadre eran más bien tímidos y no carismáticos.

- Relaciones interpersonales: Las relaciones entre peruanos resultan severamente afectadas por una limitada sensación de igualdad. Cuando se pregunta a la población si existe en el país igualdad ante la ley, menos del 10 por ciento contesta que sí. En una sociedad donde se presume socialmente que la gran mayoría de personas están por encima o por debajo de la ley, resulta difícil establecer relaciones interpersonales fructíferas, ya que éstas requieren ser más horizontales que verticales.

- Visión: Solemos carecer de una perspectiva lo suficientemente integradora y estimulante como para catalizar voluntades y energías en el desarrollo de nuestras instituciones y sociedad.

- Capacidad para escuchar: Frente a las nuevas realidades, ésta es una de las habilidades más sutiles que un buen líder va a requerir cada vez más. Cuando escaseaba la información, el jefe carismático podía despreocuparse de la opinión de los demás y plantear proyectos principalmente basados en su intuición y voluntad. Hoy, en cambio, la información sobra. Quien no escucha bien se ve limitado para liderar efectivamente.

- Disposición de servicio y generosidad: Lo que los individuos van a exigir cada vez más de sus líderes eventuales no es, como en el pasado, intuición y capacidad de mando sino, crecientemente, integridad y voluntad por servir. Hay, hoy en día, la transición hacia un paradigma distinto. En las mejores instituciones, la autoridad va a provenir de algún lazo espiritual intangible antes que del poder y el mando.

- Habilidad docente: La creciente velocidad de la globalización convierte a la actualización del conocimiento en cualquier grupo o sociedad en un imperativo constante. Por ello, el liderazgo del futuro va a requerir, cada vez más, de capacidad para enseñar. Y, last but not least....

- Sentido de responsabilidad: Un elemento que resulta imprescindible para que el liderazgo sea realmente efectivo y no sólo histriónico. Además de generar suficiente confianza como para poder comprarle un carro usado, la otra gran prueba para cualquier aspirante a líder es que sea bien considerado como un eventual padrino de un hijo, no en el sentido clientelista del compadrazgo tradicional sino como alguien con la disposición para dar su tiempo y consejo generosamente.

Si liderar bien en el Perú, por algunas de las consideraciones planteadas, resulta un esfuerzo tan complejo, ¿cómo podríamos estimular el buen liderazgo y, por el contrario, erosionar el malo? ¿Qué condiciones deberían cumplir, por ejemplo, los políticos para aspirar a un cargo? ¿Qué requisitos debiera tener un candidato a la presidencia del Perú, o de cualquiera de sus regiones? En Singapur, los requisitos son tan estrictos que sólo unas cuantas docenas de personas pueden ser efectivamente candidatos a la primera magistratura. Puede no ser lo más democrático, pero ha resultado bastante efectivo.

Tal vez, mientras los partidos políticos se afirman y vuelven más transparentes, habría que agregarle una tarea al Defensor del Pueblo, aún por elegir. ¿Por qué no exigimos, por ejemplo, que todos los que quieran aspirar un día a ser presidente o congresista paguen una cuota proporcional a sus ingresos para que, desde los 25 años, la Defensoría lleve una página web de cada uno, en la cual se pueda registrar su historia de vida documentada? Podríamos también incorporar requisitos adicionales como, por ejemplo, que entre los 25 y 30 años realice labor concreta de bien social y participe en la dirección de instituciones deportivas o culturales (por ejemplo, participar en la supervisión de un mercado cualquiera o en la promoción de cualquier estadio municipal). La página web debería registrar una evaluación (de 360 grados) de la gestión de cada cual en todas estas responsabilidades.

Lamentablemente, la mayor presencia de partidos políticos no es garantía de nada. Hay un libro reciente El atroz encanto de ser argentinos, que identifica algunas características por las cuales, afirma su autor Marcos Aguinis, Argentina ha sufrido de una falta de buenos líderes públicos. Primero, la cultura política ha estado basada en la queja más que en realidades. Por lo tanto, se ha presumido que mejor líder era quien supiera interpretar mejor las demandas, aunque fuera un pillo de siete suelas que no lograría comprador para su carro usado y a quien nadie desearía como compadre espiritual, o un incompetente incapaz de poder organizar bien una tómbola en la parroquia. En segundo lugar, hay una excesiva nostalgia por el pasado. Se discute sobre lo que fue, no respecto de lo que puede ser. En tercer lugar, hay una expectativa en «milagros». Por lo tanto, se prefiere al fabricante fantasioso de ilusiones por encima del administrador eficaz de realidades. Y, por último, cuando los milagros finalmente no se materializan, la sociedad termina frustrada y cargada de pesimismo. Hay que hacer el mejor esfuerzo colectivo para que dentro de unos años Quehacer no haga un especial sobre El atroz encanto de ser peruanos.


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