Huellas

Miré la hora y yo estaba tarde, muy tarde como nunca. Caminaba rápidamente con el corazón latiéndome a cien por hora, emocionado, muriéndome por llegar. A la carrera compré dos postres pequeños, cerca a la casa que pronto ya no será su casa. “Me va a matar, me va a matar” pensaba dejando el cambio en la mano de la vendedora y un “muchas gracias” en su boca. No me importaba nada más que llegar. Y llegué. Y las luces estaban apagadas y me quedé parado fuera de la ventana, con cara de rabia, sin si quiera molestarme en tocar. Eran las nueve y media. “Llego a las 10” decía el mensaje de texto. Me senté y empecé a escribir en mi mente para distraer la rabia súbita.

Vuelta a lo mismo

“He tenido una semana ocupada, ocupadísima y para colmo no he podido concentrarme en el trabajo por estar pensando en ti a toda hora. Me he quedado hasta tarde y estoy cansado pero me moría por verte. Me moría por verte hoy. Me dijiste que estabas algo deprimida, me preocupé como siempre. Quería venir hoy porque deseo hacerte sonreír de algún modo. Es difícil a veces, lo sé, pero déjame intentarlo”. Había luna llena y no me importaba esperar y esperar. Me sentí triste por un momento, pero eso cambió cuando escuché sus pasos acelerados, algo cansados también. Sus ojeras me echaron un vistazo y su mejilla dejó que la saludara con un beso que tenía guardado desde algunos días grises atrás.

Hablamos de casi todo nuevamente, como siempre. Las contradicciones –o mejor dicho, las dadas de contra- eran como las de antes. Las irreverencias, los recuerdos, los insultos, los halagos y las palabras que se quedaban en otros lados, cerca del bolsillo volvían a mí como un flashback lleno de cariño. Sentí que había pasado tres años, cuando en realidad solo había pasado tres semanas o algo por el estilo. Como si regresáramos sobre nuestras huellas ya borradas en la arena de nuestras caminatas nada silenciosas y mis deseos secretos de robarle un beso apasionado en medio del bullicio de por la casa frente al parque, tomando su brazo y ahogándome en perfume vainilla.

“¿Tú? ¿Qué nombre te pondría yo? Pero si tú tienes cara de Yuna”… Y le dije “YO TE AMO” y las cosas volvieron a la normalidad. Como si yo mismo regresara sobre mis huellas, cosa que nunca he hecho y que alguna vez, más de una vez, yo juré y juré a la luna llena como la de ayer que jamás haría. Es que debe ser el destino. O tal vez… mi eterna estupidez. Me despedí y tropecé –sin caer- cuando levanté mi mano para decirle adiós-hasta-luego-ya-me-estoy-muriendo-por-verte. Y hacía viento pero yo me sentía bien. Después de tiempo me sentía feliz. Pero no pude seguir escribiendo en mi cabeza más. De alguna u otra manera, encontré la forma de decir las cosas. La forma correcta.

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