EL ‘LIBRE MERCADO’, EL ESTADO Y LAS FALLAS DE MERCADO


Los efectos de la actual crisis financiera estadounidense, la cual se ha venido propagando por buena parte del mundo industrializado, han reanimado las críticas contra la ideología del “libre mercado”, no sólo en el ámbito financiero, sino en su influencia sobre toda la economía. No obstante, sus defensores en EEUU, país donde supuestamente campea el capitalismo liberal, dicen que allí en la actualidad no impera el libre mercado porque existe una profusa intervención del Estado y sus instituciones... ¿quién tiene la razón?

Actualmente, qué duda cabe, la teoría neoclásica es el paradigma dominante en las ciencias económicas, por ello la llaman también ortodoxia. Esta teoría llega a ver a los mercados como instituciones u organizaciones sociales “naturales”, mientras que a las demás instituciones las considera “artificiales” por haber sido creadas por la tradición o por la invención del hombre. Bajo esta óptica, los mercados prosperarían más cuanto menos intervenga el Estado. Es decir, no se reconoce que el mercado necesite de un Estado activo para su implementación y mantenimiento.

Sin embargo, cualquier análisis científico social muestra que los mercados son igualmente instituciones artificiales, como todas las otras formas de convivencia social creadas por el hombre. Esto ocurre, por ejemplo, con los mercados que artificialmente se han creado en torno a mercancías ficticias como la tierra, el trabajo y el dinero, que son construcciones sociales cuyas propiedades requieren ser sancionadas por el Estado para que existan. De lo contrario, perderían su condición de “naturalidad” para poder ser intercambiadas en el mercado.

Obviamente, hoy en día nadie duda que el mercado sea una institución importante en la vida económica. La mayoría de relaciones de intercambio se organizan a través del mercado. Pero debe reconocerse que no pocas veces el funcionamiento de los mercados económicos reales dista mucho del funcionamiento de los mercados ideales sobre el que se basa la ideología del “libre mercado”. El mercado, como mecanismo de asignación de recursos, tiene muchos aciertos, pero está lejos de ser perfecto, tiene fallas, y reconocerlas no es ninguna herejía.

Son precisamente las fallas de mercado las que en no pocas situaciones obligan a la intervención del Estado, por ejemplo, a través de la regulación en los mercados. Ello, con la finalidad de alcanzar un segundo óptimo o para, en el peor de los casos, producir un mal menor frente al mal mayor que a veces implica la solución de libre mercado. Por ello, una política económica óptima, y sensata, debe buscar estimular los impactos “buenos” y corregir los impactos “malos” de los mercados.

Minimización de costos y externalidades

Un primer grupo de fallas de mercado puede caracterizarse a partir de los aciertos del mercado relacionados con la minimización de costos. Esto implica que el mercado sólo es eficiente cuando tiene precios competitivos, lo cual significa que los precios no pueden ser manipulados por los vendedores. La idea es que, en estas condiciones, la avidez de lucro de cada vendedor individual queda transformada en el mercado, de manera inconsciente y automática, en impulsos para reducir costos como principal mecanismo para la maximización de sus propios beneficios.

Las fallas ocurren cuando los mercados no siempre minimizan todos los costos ni maximizan todos los beneficios involucrados. Y fallan en hacerlo porque varios de esos costos y beneficios tienen precios nulos en el mercado. Es decir, aún cuando desde el punto de vista privado haya bienes gratuitos, esto no significa que sus precios sociales sí lo sean. Por ejemplo, ¿qué precio adicional paga una empresa minera que contamina el medio ambiente frente a otra minera que no lo hace? ¿Qué precio adicional pagan los vehículos en mal estado frente a los que están en buen estado y contaminan menos? ¿Cuál es el costo social que representa todo ello para la salud de la población y para las generaciones futuras?

Peor todavía, la gratuidad privada de generar las externalidades negativas las estimula más frente al mayor costo privado que implicaría evitarlas. Es decir, en el extremo, las externalidades de oferta pueden conducir a que la minimización privada de costos, en determinados casos, implique la maximización de costos sociales si no hay una regulación adecuada por parte del Estado. Lo mismo puede suceder con las externalidades negativas de demanda, como en el caso del consumo de tabaco. Por ello en estos casos también se requiere la intervención del Estado, por ejemplo, a través de prohibiciones o a través de impuestos, buscando promover la internalización privada de dichos mayores costos para la sanidad pública.

Por otro lado, el hecho de que haya externalidades positivas, sin precios con los cuales se pueda lucrar, puede hacer que su provisión en el mercado sea insuficiente. Por ejemplo, la menor contaminación derivada del uso de la energía solar en las viviendas o del gas natural en las industrias puede ser internalizada si se recibe una subvención del Estado, suficiente como para hacerla preferida desde el punto de vista privado. Asimismo, ante la imposibilidad o dificultad de hacer excluyente el consumo de muchos bienes, una falla denominada bienes públicos, puede que no exista oferta privada de ellos en los mercados, pese a que exista demanda social. Ejemplos de bienes colectivos que generan externalidades positivas son la provisión de educación básica, de espacios recreativos y de infraestructura en general.

Socialización de beneficios y poderes monopolísticos

Otro gran acierto de los mercados es la socialización de beneficios que se produce cuando en el mercado los costos disminuyen. El afán de lucro, la competencia, la fluidez y la libre información en el mercado hacen transferir esos ahorros por menores costos a toda la comunidad, a través de disminuciones en los precios reales de los productos. Este fenómeno se puede observar bastante bien en la evolución que han tenido los precios y la tecnología de los televisores y teléfonos móviles en los últimos años. Pero, si bien es cierto que los grandes tamaños muchas veces implican ventajas en costos derivados de las economías de escala y de la mayor capacidad para financiar la investigación e innovación tecnológica, la concentración del mercado en pocos vendedores puede obstruir el proceso de sociabilización de beneficios y, con ello, constituirse en otra falla de mercado.

El perjuicio no sólo se produce por las pérdidas de eficiencia social que generan los mayores precios de mercado que no transmiten los menores costos monopolísticos, sino por el debilitamiento de la natural compulsión por reducir costos que existe cuando hay competencia. Asimismo, si los precios no reflejan de forma plena e inmediata la reducción de costos, a la larga se termina desestimulando el uso de los recursos con menor costo real, lo cual crea una asignación social ineficiente de los mismos en la economía. Por ello, en la mayoría de países desarrollados se establece una fuerte regulación antimonopolio y no sólo una regulación de la simple libre competencia.

Respuesta a los consumidores e información defectuosa

El mercado también acierta cuando se convierte en el sistema de información que más eficazmente da respuesta a las preferencias de los consumidores, a través de la interacción del sistema de precios y la capacidad de compra de los consumidores. Pero el sistema falla cuando se introduce información defectuosa. No sólo falla cuando se permite publicidad engañosa, sino cuando las distorsiones publicitarias generan ilusiones sobre la naturaleza de los productos, cuando se insinúan resultados injustificados, cuando se resalta la creencia en características ficticias o cuando se omite publicitar los aspectos y efectos indeseables. Por ello es necesaria la intervención pública con la provisión de regulación y mecanismos que protejan los derechos de los consumidores.

También hay falla de mercado cuando la cultura consumista, a través de millonarios presupuestos publicitarios, se constituye en un factor estratégico en la educación y, de este modo, manipula las preferencias de los consumidores. Esto puede llegar a producir el paradigma por el cual los vendedores pasan a complacer tautológicamente sus propias preferencias y no las de los compradores. ¿Quién no quisiera que le compren lo que a uno le provocara vender, aún cuando el que lo vaya a comprar no lo necesite o tal vez a la larga le perjudique? En el extremo esto implica que los vendedores pasan a convertirse de servidores en dictadores de los consumidores. Ejemplos, sobran.

Pero una falla más grave ocurre cuando el mercado llega a distorsionar la información sobre las necesidades espirituales de la gente y sobre la forma de satisfacerlas. Ello se genera cuando el aprecio, la realización personal, la autoestima y los sentimientos de afecto buscan ser llenados a través del prestigio que, para la cultura consumista, representa la acumulación de bienes. Ello no supondría mayor problema si no fuera porque dicho prestigio proviene de la exclusividad de su posesión y, por tanto, el logro de unos puede representar la frustración de muchos.

Así, el mercado, las imágenes publicitarias y su cultura, pueden llevar incluso a alentar o agudizar los problemas de discriminación, discriminación contra otros, como ocurre con las diferentes formas de clasismo, o discriminación contra sí mismos, como puede ocurrir con algunas formas de anorexia y otros desórdenes de percepción social frente a paradigmas insaludables o inalcanzables que puedan ser “establecidos” por el mercado. Ello hace necesario velar con mucha eficacia por el cumplimiento de estándares éticos mínimos en los medios masivos que muchas veces brillan por su ausencia.

Por otro lado, la información asimétrica agrupa a otro muy importante tipo de fallas de mercado relacionadas con la información defectuosa, las cuales se presentan especialmente en la forma de selección adversa y de riesgo moral. En los mercados perfectos, cuya existencia asume el “libre mercado”, no sólo se supone que hay alto nivel de competencia sino que se caracterizan por asumir que todos los participantes tienen el mismo grado de información, lo cual no siempre es cierto. De hecho, las asimetrías de información son pan de cada día en todo el sector financiero.

Inclusive la existencia de selección adversa en determinados mercados puede producir la desaparición de los mismos, o generar su racionamiento, lo cual a su vez produce exclusión, dejando a la sociedad en una peor situación. No sólo pasa en el mercado de seguros, como en los seguros de tránsito y en los seguros de salud que el Estado tiene que convertirlos en obligatorios porque, de lo contrario, sus precios ahuyentarían a los clientes más seguros y atraerían a los más arriesgados, en el primer caso, y dejarían sin atención a la población pobre y joven, en el segundo caso. También pasa en el mercado de créditos cuyo racionamiento y exclusión es cada vez más reconocida como el impedimento fundamental para lograr un mayor desarrollo económico en los países menos favorecidos.

En el caso del riesgo moral, el problema radica en que todos los derechos y obligaciones de las contrapartes que intervienen en los acuerdos no pueden ser previstos con precisión desde el principio, lo cual genera contratos incompletos, y porque el cumplimiento de tales contratos se agudiza en el largo plazo. Aquí las soluciones con la intervención del Estado van desde el establecimiento de mecanismos de conciliación y arbitraje hasta la provisión de regulación, de jueces de última instancia o de fuerza pública que garantiza su cumplimiento. Sin embargo, en determinados casos, el riesgo moral puede verse exacerbado con una inadecuada instrumentación de la intervención del Estado, especialmente en el caso de los seguros de desempleo, los seguros de depósitos y en algunas imperfectas articulaciones del papel de prestamista de última instancia.

Eficacia para acumular y sub optimización macroeconómica

Finalmente, otro grupo de fallas muy importante del libre mercado corresponde al de las fallas macroeconómicas: las que giran en torno al desempleo y a la moneda. El mercado acierta cuando logra que la acumulación del capital, traducida en inversión, se constituya en la fuente de equipamiento de la producción, la cual mejora mediante el gasto en investigación y desarrollo, y de esta forma logra actuar como motor del crecimiento, del empleo y de la innovación. No obstante, existen periódicos desajustes entre el ahorro y la inversión macroeconómicos, cuyos determinantes pueden ser distintos y cuyas sensibilidades pueden ser diferentes. Esto hace que tales desajustes, agudizados por los volubles cambios en las expectativas en los mercados, generen los ciclos económicos, etapas alternadas de expansión y recesión que se observan en los países más desarrollados. Frente a ellas, como solución, ha surgido la macroeconomía moderna a través de la regulación de política macroeconómica.

Pero también hay falla de mercado frente al dinero, frente a la moneda fiduciaria, tal y como lo conocemos hoy en día, precisamente por la fragilidad de la confianza que despierta y por la incapacidad de las instituciones monetarias privadas para generar un respaldo equivalente al de un banco central con naturaleza pública. La crisis financiera actual finalmente se ha traducido en eso: en la virtual desconfianza generalizada en los dineros emitidos por los bancos privados en EEUU y, después, en otros países desarrollados. Y en medio de todo ello, el mercado también falla frente a los tipos de cambio, es decir, frente al precio de las diferentes monedas extranjeras, cuyos precios son extremadamente sensibles a los movimientos en las expectativas, no pocas veces infundadas. Por ello, la flotación libre del tipo de cambio en el mundo es prácticamente inexistente: los movimientos drásticos y transitorios de los tipos de cambio sin regulación o intervención alguna amenazarían con hacer daños estructurales a la producción, a la distribución de los ingresos, a la estabilidad y al desarrollo de los intercambios internacionales.

En resumen, no se trata de hacer una lista exhaustiva de todas las fallas de mercado, sino de señalar algunas de las más importantes. Esto con la finalidad de entender por qué no se justifica dogmatismo alguno frente al paradigma del libre mercado y para recordar qué sentido tienen la intervención del Estado en algunos mercados. La actual crisis financiera internacional y la consecuente intervención de los Estados son una muestra de este proceso originado en una exagerada desregulación de los mercados que permitió la creación de instrumentos financieros muy opacos, sobre la base de mucha información defectuosa en el mercado. Instrumentos que se comerciaron en todo el mundo con la complicidad de las agencias de riesgo, instituciones privadas que fueron creadas para generar mayor certidumbre en el mercado acerca de la capacidad de pago, pero que, por incurrir en actividades lucrativas con obvios conflictos de interés, terminaron alentando lo que precisamente buscaban reducir: la desconfianza, el combustible ideal para cualquier crisis.

Nota: Se han usado extractos parciales adaptados de "Fundamentos de la economía de mercado" de H. Cuevas y de "Economía política internacional" de A. Novy.

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