
Pasaron muchos meses hasta que recordara que tenía aquella libreta que me regaló Mimi y fue Yuki el que me lo recordó. Un “¿qué es esto?” me extrañó mucho y Yuki tomaba la libreta en sus manos, hojeando las hojas así como hacemos todos, entre los pulgares y la vista supersónica. No había nada en las hojas ni en las finísimas líneas imperceptibles que había en ellas. Cuando llegó a la retira vio la dedicatoria. Estaba centrada. La leyó lento a pesar de tener tan pocas palabras. Ladeó su cabeza inútilmente pues el estilo no era cursivo ni corrido. Me miró buscando una respuesta y me preguntó: “¿De quién es esta letra?”. No le dije nada, tomé mi tesoro y lo guardé en el cajón donde están todos mis recuerdos y cuentos de otros momentos.
Una vez, Kagami y yo fuimos a caminar despacito (porque yo camino muy rápido, dice) al Malecón de la Reserva pero no para escapar, sino para caminar nada más, mientras tomábamos un cappuccino (así se escribía correctamente) para llevar. Me preguntaba por mí, me preguntaba si estaba bien. Me preguntaba si estaba feliz. Le asentía haciendo “hm” - como ella me contagió - mientras le sonreía con el rostro afligido. “Solo si tú estás feliz, entonces”. Mimi me daba palmaditas en la espalda antes de abrazarme por tres o cuatro pasos. Nos tropezábamos porque nos desequilibrábamos mutuamente siempre. “Oyeee….”, siempre dice con voz lejana, bajita, como si fuera absorbida por arenas movedizas. Es la mejor parte de mi día.

- ¿Escribirás acerca de mí algún día? – me preguntó de repente.
- Claro, pero solo si tú estás de acuerdo con ello, Mimi.
- Jiji – me sonrió mientras hacía el símbolo de victoria graciosamente.
- ¿Y tú? ¿Escribirás acerca de mí? – le pregunté sin querer.
- No lo sé… tal vez… quién sabe… - su manera de divertirse es tan inocente, tan saludable para mi.
Una vez me senté en la mesa, un día que sentí ganas de escribir como antes de tener una computadora personal, como antes de romper papeles cuando nada me salía. Cuando tienes hojas bond sueltas te das la libertad de tachar, romper o tirar el papel. No lo haces cuando tienes una libreta tan hermosa como aquella que fue un regalo y que no encontrarías una igual en este país. Me senté y tomé el lápiz y me tomé la cabeza entre las manos y tomé un sorbo de té y tomé un gran respiro pensando en Kagami. Ella me conocía y conocía mi manera de escribir. Entonces, ¿por qué regalar una libreta de notas a alguien que no escribirá en ella?








tal vez...!!