Dr. Wulf Oesterreicher

“(…) discurso [es la] actualización de una técnica lingüística histórica y de una tradición discursiva (…)”

(Wulf Oesterreicher, 1996: 87)1


1. En el siguiente ensayo expondré los argumentos necesarios que entre sí constituyen el sostén de la siguiente afirmación: los textos son fenómenos lingüísticos. Para ello, será indispensable (e impensable no hacerlo) delimitar el sentido que aquí adquieren los siguientes términos: “texto” y “fenómeno lingüístico”. Por otro lado, no podemos dejar de lado lo que ya se trató en el ensayo anterior (“Diacronía y sincronía”), ya que las siguientes reflexiones tienen como trasfondo la consideración de un estudio, es decir, de una Lingüística respetuosa, pero crítica a la vez, del carácter histórico y actual de toda manifestación lingüística, que ahora podrá ubicarse en la gama de posibilidades universales de Inmediatez y Distancia: concepción de fundamento antropológico que abre un espacio para la apreciación de cualquier hecho de lengua. Habiendo presentado brevemente el esquema del desarrollo de estas reflexiones no queda más que empezar.
2.1. ¿Qué es un fenómeno lingüístico (FL)? En una primera generalización, considero que un FL es la manifestación y el objeto de todo sistema lingüístico, el mismo que le permite (junto a otros factores como la agencia de los hablantes) caracterizarse en el cambio, condición vital de toda lengua, y en un nivel textual-actual. Por otro lado, un FL tampoco deja de ser un hecho universal en tanto que la facultad de lenguaje es inherente a la condición humana.

2.2. Al lugar en el que un FL es representado y en el que cobra realidad en el mundo lo denomino texto. Éste es un término que muchas veces puede ser malinterpretado o interpretado para otros fines ajenos al propósito lingüístico. Para seguir la terminología más o menos estable de los teóricos vistos hasta el momento en clase recurriré a otro término, aunque conceptualmente sea el mismo: discurso. El concepto de discurso permite nombrar muchos eventos, hechos, actos lingüísticos o como se prefiera, que en lo fundamental pueden agruparse según su caracterización física como medio oral o escrito. En un primer momento este deslinde puede parecer útil; sin embargo, luego resultará problemático ya que los “hechos lingüísticos de la realidad”, lo que yo considero como textos, no se distribuyen en dos polos antagónicos sin más. La caracterización de un discurso debe estar referida, además, a su modo de concepción (y no tan sólo a su materialidad, ya que corremos el peligro de caer en el viejo paradigma que nos dicta despreciar lo oral y sistematizar únicamente sobre lo escrito): al camino entre la Inmediatez y la Distancia comunicativa; máxime si partimos de la idea de que éste (el texto) es un fenómeno humano, lingüístico y social. Es decir, que un discurso, como producto de la lengua, estará enriquecido con significados históricos y culturales y con los que adquiera en su propio contexto (en la realidad en la que aparezca). Así, el contexto para un discurso no será el mismo en la Inmediatez (concepcionalmente oral) que en la Distancia (concepcionalmente escrito): a diferencia de la primera, en la Distancia se compensa la carencia de contextos por medio de una elaboración sistemática (Oesterreicher, 1996: 92).

Sin embargo, la caracterización de lo que entiendo por discurso estaría inconclusa si no detallo esos “significados históricos y culturales”. En este punto es necesario recurrir al concepto de tradiciones discursivas (TD). Según J. Kabatek (2005: 154)2, y a partir de los trabajos de P. Koch y W. Oesterreicher, las TD sólo se entienden a partir de la reduplicación del nivel histórico del modelo coseriano3. La lengua como sistema y norma no es suficiente para la descripción histórica de un discurso, sino que aún es necesario saber a qué tradiciones, culturalmente constituidas por los hablantes, corresponde ese discurso. Las tradiciones están más allá de los actos de habla y de realidades idiomáticas: una TD no siempre está limitada al campo de una lengua; su historicidad no es paralela a la de ésta. Darle un trasfondo histórico al asunto es fundamental ya que permitirá considerar el cambio lingüístico en plena actuación, dentro de lo que los datos permitan4.

3. Finalmente, un discurso es un FL por ser una manifestación de éste en un nivel actualizado; es decir, realizado efectivamente y no en el sentido de “contemporáneo”. Como quedó señalado arriba, es condición para un FL el poder caracterizarse en el cambio. Dicha propiedad histórica es interpretada en el discurso a partir de la explicación de las TD. Además, la concepción del discurso también puede ser representada en una nivel universal como lo requiere todo FL según la escala de Inmediatez y Distancia comunicativa. Al considerar el discurso como FL tendremos la oportunidad de explicar y de superar, en primer lugar, las distinciones entre lo oral y lo escrito. Luego, se abrirá una perspectiva en la cual se pueda estudiar el cambio lingüístico.

NOTAS
1. Oesterreicher, Wulf (1996): “Pragmática del discurso oral”, en: Berg, Walter Bruno/ Schäffauer, Markus Klaus (eds.): Oralidad y Argentinidad. Estudios sobre la función del lenguaje hablado en la literatura argentina, Tübingen: Gunter Narr, 86-97.

2. Kabatek, Johannes (2005): “Tradiciones discursivas y cambio lingüístico”, Lexis XXIX/2, 151-178.

3. En realidad no es una simple reduplicación, ya que en tal caso no tendría razón de ser la existencia de otra instancia idéntica de lengua. Las TD son “históricas” no en el sentido de las lenguas, sino respecto a su capacidad para servir de escenario al cambio lingüístico a través del tiempo: el cambio histórico de las lenguas se manifiesta en un discurso propio de alguna TD. Ésta es un trampolín diacrónico ubicado en la sincronía.

4. Cf. Narbona, Antonio (2003): “Oralidad: los datos y las gramáticas”, en: Bustos Tovar (ed.) Textualización y oralidad, Madrid: Visor, 13-26.