
Hacía algunos años que se sentaba a la cabeza en aquella mesa lujosa en la sala, como si de la noche a la mañana se hubiera convertido en jefa de la familia sin más que aportar que un profundo silencio y una seriedad tierna. Luego de desayunar, almorzar y cenar peinaba su corto cabello castaño en la misma silla, sin lavar sus manos. Y miraba tanto como si no quisiera realmente saber qué hay más allá. A veces se levantaba de ahí, cogía su caja de cereal e iba a su dormitorio lleno de color blanco y palorrosa. Tenía una almohada grande grande. Enorme.
Ella amaba el champagne y sonreía mucho cuando lo bebía en compañía de sus pensamientos y de una de sus mejores amigas. Sí, de aquellas amigas que no olvidas nunca que fuera una cómplice más de las escapadas, de las historias, de las risas eternas. Le gustaba el champagne y creo que aún le sigue gustando, al igual que esos libros que lee todo el mundo, de autores conocidos o de autores que conociste en el colegio por una o dos obras. Y a ella le gusta y le gusta hablar mucho con una de mis mejores amigas que es una de sus mejores amigas. No lo sabe. Yo no lo sabía.
No le gustan las reuniones, prefiere ir a bares o a discotecas o a lugares donde no se puede conversar, solo bailar, bailar, bailar y beber mucho. Yo detesto esos lugares, prefiero aquellos donde pueda hablar, hablar, hablar y beber mucho y me encantaría que a ella también. Me encantaría saber mucho más de ella. Pero por ahora está bien, solo me he “enamorado” de aquella faceta cuando se queda mirando la cortina de la sala como intentando dibujar en su mente el paisaje que no podía ver y que estaba allá afuera como si se detuviera unos segundos que parecieran horas.







