El 16 de setiembre de 1846, el ministro del Perú en Londres, Juan Manuel Iturregui, informaba a nuestra cancillería lo siguiente: el general Flores se halla organizando en Madrid unos batallones que deben servir de base a una expedición que prepara ostensiblemente contra el Ecuador. Los periódicos de aquella capital aseguran que la expedición enunciada amenaza también al Perú y procede de un acuerdo hecho entre el Gobierno Español y dicho General para invadir ambas Repúblicas y formar de ellas una monarquía, a cuyo frente se intenta colocar a uno de los dos hijos habidos por doña María Cristina de Borbón de su segundo matrimonio con el Duque de Rianzares, -que el gabinete Español protege visiblemente esta empresa, y se están sacando Jefes, oficiales y centenares de soldados de los mismos cuerpos del ejército Peninsular para incorporarlos en lo que está levantando el general Flores, -que Agentes de este se hallan enganchando soldados de Irlanda para engrosar las filas de los expedicionarios, -y en fin que todos están ya listos y citados para reunirse en Aspeitia, -de donde saldrán para dar la vela para América. Los mismos periódicos, examinado el proyecto bajo todas sus fases, le dan abiertamente las bien merecidas calificaciones de impolítico, injusto, alevoso e irrealizable. Por cartas particulares se me asegura, después de confirmarme las anteriores noticias, que Don Andrés Santa Cruz, que se halla en Burdeos, tiene también parte en esta trama, y que Don José Joaquín de Mora, redactor de “El Heraldo”, es uno de los escritores que aboga por ella con más ardor, pero con argumentos que por su futilidad dan lástima (con copia al canciller de S.M.B.).

¿Quién era el general Flores? Hacia 1845, aparentemente, la era del general Juan José Flores había culminado en Ecuador. Ese año, una revolución derrocaba al caudillo quien, por el Tratado de La Virginia, aceptaba retirarse a Europa. El nuevo gobierno, sin embargo, debía respetar los empleos, honores, rentas y propiedades del depuesto presidente.

Quince años había durado el poder de Flores, un caudillo bolivariano quien fue “ecuatorianizado” mediante una ley ad hoc para hacerse cargo del gobierno de la naciente república del Ecuador. Nacido en el Caribe venezolano, estaba dotado de grandes talentos naturales. Gozó siempre del reconocimiento de Bolívar quien le consideraba el más genial de sus soldados, en la teoría en la práctica, en el gabinete o en el combate, según testimonio de Lacroix, edecán del Libertador.

Durante estos quince años, logró mantener el orden interno de un país poblado por 500 mil habitantes. Su régimen representaba la hegemonía de Quito y la sierra; propició la anexión de las islas Galápagos, creó varios colegios y permitió el avance de la enseñanza universitaria. Sin embargo, se rodeó de muchos asesores y militares venezolanos lo que ocasionó una especie de reacción nacionalista que culminó en una guerra civil, nacida en la Guayaquil liberal, que lo derrocaría en 1845. La oposición a Flores fue movilizada por un antiguo rival: Vicente Rocafuerte, célebre escritor y diplomático, y exiliado en Lima antes de la revolución.

A los pocos días de firmarse el Tratado de La Virginia Flores, parte a su exilio europeo, vía Panamá. Entre tanto, el gobierno nuevo gobierno ecuatoriano desconoce los convenios de la Virginia y se niega a reconocer los derechos que habían obtenido Flores y sus partidarios. Para el político ecuatoriano Benigno Malo: esa resolución, lejos de cerrar las puertas a su regreso, no hizo más que tentarlo a adoptar represalias de naturaleza extremada e inmoral… Flores burlado se creyó plenamente autorizado para seguir los consejos de la venganza: se engañaba. Un crimen no se lava con otro.

En efecto, desde Europa, Flores organiza uno de los planes más audaces del caudillismo latinoamericano para recuperar el poder. En Inglaterra encomendó al general irlandés Ricardo Wright la tarea de reclutar mercenarios, conseguir armamento y adquirir naves de guerra para invadir Ecuador. Luego pasó a Francia donde trató de conseguir más apoyo para su arriesgada empresa: llegó a proponer convertir a su país en una monarquía a cargo de un príncipe europeo con él como regente. Por último, en Nápoles, el Duque de Rivas, embajador español ante esa corte, escuchó sus planes de colocar un príncipe español al frente del Ecuador. Pero el plan no quedaba allí: bajo el Protectorado de España, dicho príncipe procuraría engrandecer geográficamente al Ecuador hacia el norte y hacia el sur, a costa de sus vecinos.

En España, la reina María Cristina, regente, y el gobierno de turno acogen con mucho entusiasmo los planes de Flores. De esta forma, España brinda un apoyo informal a la empresa. A fines de 1846, por ejemplo, Flores contaba con unos 1.500 hombres acuartelados en el puerto de Santander. España soñaba, una vez más, con la idea de reconquistar sus antiguas colonias. Por su parte en Inglaterra, Wright había logrado reunir dos batallones de 400 hombres cada uno y las 3 naves de guerra acordadas.

La intriga monárquica se encuentra denunciada en numerosos documentos, especialmente diplomáticos. En ellos se desataca el deseo de la reina María Cristina, viuda de Fernando VII, de colocar en tronos de América a los hijos de su segundo matrimonio. Incluso se precisa la edad del niño en 13 años, su domicilio escolar en Roma y el título de Conde de San Agustín. Según Alberto Ulloa, este plan aventurado pareció corresponder al carácter de María Cristina, que tenía de sus orígenes italianos una vocación de condottieri y la personalidad empeñosa de una luchadora sin desánimo. Los documentos coinciden, además, que María Cristina, seducida por la ilusión de una restauración monárquica en América, auxilió a Flores de su propio y cuantioso peculio.

Según Francisco Michelena y Rojas, ministro del Ecuador en Londres por esos años, los planes de Flores habrían tenido eco en las principales cortes europeas con pretensiones en América. Acusa principalmente a Francia de agitarse en distintas formas para establecer su dominación, ofreciendo sus príncipes bajo alianzas de familia, o su protectorado, tratando de influir en los gobiernos contra los intereses nacionales y humillando nuestras nacionalidades. Para Michelena, el dinero necesario a la expedición prevendría del rey Luis Felipe de Orleans. Manuel Moreno, ministro argentino en Londres, sospecha también de la intervención francesa, porque cree que la candidatura del hijo de Cristina no es sino aparente y provisional y que el fondo es dirigido todo por Luis Felipe para demoler la otra parte del tratado de Utrecht; y atraer con el tiempo las Indias a la rama Orleans, que ha introducido en España con el casamiento de su hijo el Duque de Montpensier con la infanta María Fernanda Luisa, hija de la reina Cristina y hermana de Isabel II en cuyo beneficio sería la monarquía en América.

Todo parecía listo para la reconquista del poder. Sin embargo, ante la protesta de la opinión pública británica y de las gestiones de las legaciones latinoamericanas, especialmente de la peruana, el gobierno del canciller Lord Palmerston confiscó las naves e inició un juicio contra los responsables de la empresa. Esto obliga a Flores acudir a Inglaterra para defenderse y conseguir la devolución de las naves, pero ante la posibilidad de verse envuelto en el juicio intentó retornar a España vía París. Pero las malas noticias no terminaban para Flores: en España el gabinete que lo había apoyado se vio obligado a dimitir, entre otras razones por su apoyo a la descabellada aventura floreana.

Es preciso anotar que Flores había buscado anteriormente, desde la presidencia, un acuerdo con el gobierno español. Se sabe que el cónsul español en el Ecuador, elDduque de la Victoria, le había trasmitido el pedido de proporcionarle dos fragatas de guerra hasta el establecimiento de monarquías en Sudamérica.

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El general Juan José Flores