(Los Andes 16 de noviembre 2008)
Quería ir al juicio contra Fujimori, pregunté por la posibilidad, busqué la manera, hice algunas llamadas, moví algunas actividades en mi agenda y luego de varios intentos me ofrecieron la posibilidad de ocupar uno de los lugares destinados al movimiento de derechos humanos en el Perú. Me frotaba las manos, porque sería parte (por lo menos como testigo) de la historia. Vería al chino malo en la silla de los acusados y como se le ve en la televisión: con su cara de yo no fui, lleno de arrugas, sentado, sin medias y haciendo jeroglíficos en lugar de apuntes.

Quería ir al juicio contra Fujimori pero me salió un viaje imprevisto. A un compañero de oficina se le paralizó la mitad del rostro producto de la tensión producida por el contacto permanente con un grupo de feministas acostumbradas a pedir más de lo que es posible dar. Alguien tenía que reemplazarlo y así fue como me dijeron un “te vas a Piura” casi de un día para otro y el día elegido para ocupar un lugar en el “megajuicio”, tuve que estar sentado en un asiento de LAN rumbo a Piura, comiendo las galletitas de toda la vida, y mirando el mismo video de cámara escondida que me sé de memoria (una producción canadiense). Maldije un poco durante el vuelo, dije ¡maldición! y al instante me arrepentí porque no se debe maldecir a 10 mil metros de altura. Así que me consoló la idea del ceviche de conchas negras que sabía que comería en Catacaos con mi amiga Rosa María. Infaltable. Pasé tres días en Piura, pero esa es otra historia.

Minutos antes de despegar para volver a Lima, llamé a Sandrox, (creo que había un Sandrox con un negocio de horóscopos), pero este es otro Sandrox y es quien me lleva al aeropuerto cuando me voy y me lleva a casa cuando vuelvo, a cualquier hora, incluso cuando el tráfico amenaza con no dejarme llegar, y empezamos a hablar de, no se por qué, bailando por un sueño. Mi sobrino baila, me dijo (no voy a decir con cual de las famosas), ah, que bacán, -le respondí- y pasamos a otro tema. Luego le conté eso a mi esposa y sus ojitos brillaron como dos lucecitas en medio del desierto.

- ¿Le puedes decir que te consiga entradas? Con una voz más dulce que de costumbre.

- Claro, le respondí. Luego me alcanzó el celular y me dijo, llámalo.

- Claro Juancito, dalo por hecho, dijo Sandrox.

El sábado llegamos a Monitor (lugar donde se emite el programa) a Las 7:30 de la noche exactamente para llegar temprano. Y ahí estaba Sandrox, haciendo cola, con su mirada feliz y su barriga redonda como una preñez de once meses, de tanto estar -dice- sentado y conduciendo por las vías de esta ciudad que suele ser cruel. Nos presentó a su esposa, a su cuñada, a su sobrina, a una amiga de su sobrina, a su hermano y más tarde a su sobrino, el bailarín (el soñador, exactamente).

Hicimos cola y luego de un rato, entramos al estudio de Monitor, aunque eso puede ser redundante, porque, obviamente, Monitor es un estudio. Un estudio que también puede convertirse en casa, porque ahí fue el domicilio legal de Laura Bozo cuando estaba con arresto domiciliario y podía emitir su programa sin problemas a pesar de sus líos judiciales. Entramos a Monitor, y pude ver por primera vez un estudio profesional de televisión. Entonces recordé mis clases de comunicación, las clases de televisión I y televisión II para ser exactos, y recordé que los profesores nos decían que estas cosas existían, entonces, en un esfuerzo pedagógico sin precedentes, nos dibujaban los estudios en la pizarra, las cámaras por allá, las luces por aquí, con la vaga esperanza de ser entendidos. Por eso mismo, lo único que quedó fue una idea vaga de lo que es un estudio de televisión. Uno de verdad.

Sentados en lo que podría comparar con una gradería, nos entrenaron un poco para que, al iniciar el programa, al volver de los cortes comerciales, o al ingreso de Gisela aplaudamos, gritemos y hagamos todo el escándalo que sea posible. Y así fue como sentado a lado de mi esposa vi Bailando por un sueño desde el mismo estudio, cuando yo quería ver a Fujimori mintiendo por su sueño; y me imaginé que Gisela era el Vocal San Martín, y que los sentenciados no eran los sentenciados, sino que Fujimori era el sentenciado y que le apagaban la velita, no por bailar mal, sino por lo que se le juzga y que luego era conducido a una prisión oscura para siempre. En medio de esos pensamientos un poco insanos aplaudimos, gritamos, nos paramos, hicimos barra, saludamos a Carlos Cacho (a quien comparé con Kenji), a Pachi Valle Riestra (que no comparé con nadie) y nos tomamos fotos con algunos famosos como Karina (si, la de Timoteo) y con otros personajes más, un poco conocidos gracias a las novelas de Iguana.

En el segundo corte comercial bajamos hasta el borde de la pista, Gisela caminaba. Mi esposa quería sacarse una foto con ella. Se acomodó para que salga su cara con Gisela de fondo. Gritó Gisela, ella volteó, y yo tomé la foto con una Canon recién comprada de todos los pixeles posibles para nuestro bolsillo. Le mostré la foto y la sentí realizada como pocas veces. Gisela la emociona, lo sé porque me lo dijo. A mi me es indiferente, lo sabe porque también se lo dije.

Una de la mañana. Cruzamos por uno de los puentes que cruzan la Avenida Javier Prado, que es donde queda Monitor, con la Canon en su estuche, colgada al cuello y con la foto que horas después subirá a su espacio en el HI5 para mostrársela al mundo. A su mundo, del que formo parte gracias a Dios.

Insisto, yo quería ir al juicio contra Fujimori, la crónica hubiera sido otra.