
Solo hay dos cosas que me molestaban en ese entonces: que me suden las manos ligeramente y casi siempre, y la impuntualidad de las personas. Obviamente, soy muy paciente pero detesto esperar de más cuando me dicen que “ya llego”. Pero ese día no me importó y fue muy extraño. Llegó y no se disculpó ni nada parecido ni tenía intenciones de decirme nada al respecto, aún cuando mi rostro intentaba por muchas maneras desfigurarse para parecer molesto cuando, en realidad, estaba aliviado. Pensé que realmente no iba a venir. Lo primero que me dijeron sus labios fue que hacía harto frío y cómo podía estar simplemente con un polo encima. “Tengo calor” le confesaba mientras mis brazos se veían como la piel de la gallina desplumada. No por el frío, sino por su peinado. Único, sí. Su cuello finito juguetón con su cola de caballo o un intento de cola de caballo. Era una cola de caballo. Y ese par de ojos gigantes que pensé que era loca y me asusté y me atrajo tanto.
No hablábamos. Ella me hablaba, me contaba, me chismeaba. Yo escuchaba, sonreía, me distraía con cualquier cosa mientras su voz iba enrollando una soga alrededor de mi mente. Y le hacía nudos con su risa y apretaba más y más con sus insultos, con sus sacadas en cara y sus llamadas de atención. No podía verla a los ojos mucho rato porque me miraba de frente al occipital y sentía que me iba a matar o se iba a apoderar de mi mente o, simplemente, iba a leerla y me delataría y me haría una mueca asquerosa y me echaría el chocolate caliente por la cara. Por eso le miraba el pelo bonito, negro y lacio sin trucos. Sus manos blancas, sus uñas recortadas y sus heridas de sabrá dios qué. Sus heridas en sus labios. Sus heridas sabrá dios dónde. También tengo pero esas nadie las vería así no más. Con cuidado.
No usaba perfume en esa época, lo sé porque es lo primero en que me fijo casi siempre, pero olía tan rico que era como una de esas aromaterapias que si te relajas mucho te duermes días. Yo ya estaba dormido cuando me tropecé con su zapatilla y me regaló una patada en la canilla, de esas que no duelen tanto, pero arden y arden mucho. Todo lo que ella me daba me dolía y todo lo que dejaba de darme me dolía mucho más aún, haciéndome dudar, confundiéndome terriblemente. Era una chica tan simple que si la vez te da risa, te apena, pero si te habla te destruye, te alivia y te confunde nuevamente. Me hablaba y yo ya ni me acuerdo qué me dijo ese día porque estuve fantaseando con tomarla de la mano, caminar, ir de shopping, morderle los labios y tomar chocolate juntos en la terraza. Me atraía su misterio y nada más. Mentira, también me atraían sus heridas.
Y el final de ese día estuvo lleno de altibajos. Nos peleamos fuerte porque me equivoqué de calle. Me odiaba de antes de conocerme pero estoy seguro pensaba en mí y eso la molestaba. Se retorcía el labio, se mordía y me maldecía con el puño. Me dio un puñete en la cara y me dolió mucho porque nunca nadie me había logrado golpear en el rostro. Tomé su brazo, la empecé a lastimar cuando me dio un beso hasta que yo le daba uno. Se detuvo y me preguntó e increpó tantas cosas que no recuerdo porque simplemente estaba recordando los diecisiete segundos anteriores. Le asentí ante no sé qué pregunta y fuimos por mi café. “¡Cómo puedes tomar esa porquería!” me dijo con su voz tarada. “Tarada” le dije. Me sacó la lengua y nos reímos y nos volvimos mejores amigos para siempre amén. Y ese día la conocí, me conoció, me pegó y me besó y me enamoré de ella.

Se fue y regresó luego de un año. Era otra. No. Parecía otra persona. Me abrazaba, me hablaba y se reía. Me preguntaba por mi salud, por mi verano, por mi año sin ella y sobre todo si la había extrañado. Tenía miedo de ella aún, de sus ganas de destruir mi destino, de sus ganas de reírse de mí. Pero ella intentaba día a día apoderarse de mi corazón para darle algo de calor, no devorarlo ni dejarlo a la intemperie. Me preguntaba por mí y por mi felicidad. No le decía nada, poco no más como antes porque tenía miedo de que me dejara otra vez, si decía algo indebido. Tenía miedo que me deje por otro año entero, en el cual no pude sacarla de mi cabeza ni un segundo, ni un minuto. Le conté de mí, entonces, le conté de mí poco a poco y le abrí mi corazón de nuevo. Mi amor por ella salió del estado petrificado de donde se encontraba y se lo dije nuevamente con las miradas melancólicas que acompañaban nuestras caminatas ahora más juntos que nunca.
Es como si hubiera cambiado, pero seguía siendo la misma. Ahora no solo me atrapaba en sus ojos gigantes, sino que me miraba con ellos. Me estudiaba no para encontrar un punto débil, sino para entender mis debilidades más obvias. Acaso, ¿me empezaba a querer? No lo sabía hasta que ocurrió el día de mi cumpleaños, que me miró con las manos vacías y me dijo que lo único que me podía regalar esa vez era su compañía, su sonrisa y una frase: “yo sí te valoro”. No sé qué pasó, pero sentí que mi corazón se aceleraba mucho. Nos abrazamos mientras le susurraba al oído: “ya sé cuál es mi inspiración”. Cuatro palabras de ella bastaron para que tácitamente yo le entregara mi vida. Y renuncié a todo por esas cuatro palabras que yo nunca pensé que oiría de ella y eso tan hermoso como si se cumplieran todos los sueños de todas las personas del mundo. Cuatro palabras que nunca había escuchado en mi vida hasta ese entonces y que sé que nunca volveré a escuchar. “Eres la única persona que quiero querer en mi vida” le dije antes que terminara el día y su suspiro se mezclara con el mío.










Estuvo genial, aunque como alguien le puede decir "porquería" al café??? Increible XD