Una Mujer toca al maestro - Hugo Cáceres, cfc
Esta lectura era parte del material del curso: "Integración Afectivo - Sexual en el proyecto de Vida Consagrada Dominicana" (CODALC - CIDALC, Lima, julio, 2008)
El objetivo de este curso decía "Sin duda, en nuestro Curso-Taller podremos ampliar y dialogar desde las diversas experiencias y perspectivas que como Orden intuimos y nos retan en el campo de la afectividad y sexualidad en la vida consagrada dominicana sobre todo, en estos temas que requieren un sano discernimiento y una claridad como acompañantes."
En una reunión exclusiva de varones...una mujer toca al Maestro (Lc 7,36-50) Aproximaciones a la sexualidad de Jesús
Hugo Cáceres Guinet, cfc
Un campo casi inédito en el área de la teología y la espiritualidad es el campo de estudios masculinos como reflexión que ayuda a comprender el cuerpo y la identidad del varón en el mundo de las religiones. Ciertamente estos estudios son un eco tardío de lo que se inició en los estudios feministas hace varias décadas. Por lo tanto son aproximaciones concientes de la identidad de género y pretenden interpretar la Sagrada Escritura y la tradición bajo tal premisa. El cuerpo de Jesús es el primer objeto de estudio; Jesús el varón, quien fue probado en todo igual que nosotros menos en el pecado (Heb 4,15), debe ser el que transmita a todos sus hermanos varones el sentido pleno de ser un cuerpo humano llamado a la vida plena en comunión. Este no es un estudio puramente académico ya que, desde algunas observaciones personales, trato de integrar los principios del cristianismo con las necesidades espirituales que experimentamos los varones. Ya que el interés es ayudar a crecer al varón en la comprensión de su propia sexualidad como don exclusivo, incluyo una oración al final que pretende canalizar este despertar espiritual.
Hombres y mujeres nos apartamos unos de otros en ciertas circunstancias sociales. Las escuelas exclusivas para niños y niñas, los baños públicos, las reuniones de hombres o mujeres, las secciones de ropa masculina y femenina en las tiendas de departamentos, los clubes de chicos o chicas, caballeros o damas, el servicio militar, los vestuarios de las piscinas, los baños turcos. Recuerdo haber estado en un pueblo del norte del Perú en los 80´ en el que una hilera de bancas de la iglesia estaba destinada para las mujeres y otra para los varones. No sé por qué razón atávica o cultural, nuestra conducta, postura y lenguaje se adaptan automáticamente a esos ambientes de sólo hombres o mujeres. La barrera invisible que habitualmente nos divide del otro sexo se disipa cuando estamos entre iguales y experimentamos de un modo único nuestro género: el cuerpo necesita estar menos protegido, nuestros modales y posturas ya no se enfrentan ni se salvaguardan del sexo opuesto sino que resultan más relajados. Aunque avanzamos hacia una cultura que hace más y más difusa esa barrera, me atrevería a decir que necesitamos de aquellos ambientes al menos para que cuando regresamos al mundo ordinario de hombres y mujeres seamos más concientes de los misterios de nuestra naturaleza y de la profundidad del significado de ser hombre o mujer.
Un aspecto de este complejo está relacionado con la exposición del cuerpo desnudo ante otros. Debo confesar que estoy más cómodo analizado por un médico varón que por una mujer. Cierta vez un médico me hizo una prueba de próstata; hubo una enfermera asistiéndolo y eso me hizo sentir un tanto humillado. Por haber sido niño entre los 50´ y 60´, las últimas décadas de la historia del mundo en que subsistía un modelo patriarcal inalterado, permanecen en mí una serie de mecanismos de reacción frente al sexo opuesto que ojalá algún día sean plenamente redimidas. Busco primeramente a un peluquero varón; opto siempre por el médico antes que por la médica – excepto que no haya otra opción. Sólo una vez tuve un retiro espiritual dirigido por una mujer. Fui parte de un comité en búsqueda de equidad en las relaciones, yo era el único varón y, finalmente, deserté.
Por otro lado experimento que grupos exclusivos de varones son escenarios donde el poder es el paradigma invisible que rige la conversación, es como si donde hubiera un grupo de hombres juntos existiera la consigna secreta de competir; no importa si es en deportes, política, sexo o religión pero la fuerza incorpórea que conduce la relación entre varones es la ostentación de poder. Son reconocidos los vínculos que existen entre género y poder (1) y de qué manera el varón ostenta la hegemonía en sus relaciones con mujeres frente o para envidia de otros hombres.
No sé si hace dos mil años la compleja psicología masculina era la misma que la del varón contemporáneo, los textos antiguos atestiguan que las mismas inquietudes y sobresaltos poblaban el alma masculina desde los albores de la humanidad. Existen buenos estudios sociales sobre cómo actuaron los hombres y mujeres en tiempos del Nuevo Testamento dentro de sus roles culturales bien delimitados (2). Lo cierto es que Jesús debió aprender la dinámica de cambios de conducta frente a grupos de hombres y mujeres del mismo modo como la aprendemos nosotros cuando nos enseñan en el jardín de infantes que hay un baño para niños y otro para niñas. De hecho en los evangelios se suelen mencionar como grupos separados el de los apóstoles y el de las mujeres que acompañaban a Jesús y dentro del cual cada uno debió conducirse bajo principios sociales muy precisos. Jesús en su rol de rabí frecuentó diversos ambientes no estrictamente judíos sino círculos sociales más internacionalizados tales como aquellos surgidos como consecuencia de la helenización de Palestina. La ausencia de información en los evangelios no nos impide suponer que Jesús pudo asistir a los baños públicos, al gimnasio o al teatro (3). Un ambiente exclusivo masculino del que sí tenemos atestación en los evangelios, era el banquete (symposion) del mundo grecorromano (4), en el que eran toleradas las mujeres sólo en condición de sirvientas o prostitutas. Pero el banquete no era necesariamente un encuentro inmoral, los hombres solían usarlo como un festín donde se tranzaban negocios o se trataban temas apropiados a los varones como la filosofía (del mismo modo que en El Banquete de Platón), la política, las guerras.
Lucas es el evangelista que tiene interés de mostrar a Jesús compartiendo aquel ambiente social en el que los hombres se recostaban en una mesa en forma de “u”, se honraba a los invitados con el lavado de pies, se bebía, comía y la conversación discurría por temas de interés masculino. Evidentemente, al tratarse de un huésped de honor que desarrollaba públicamente una actividad religiosa, no es extraño que se plantearan a Jesús algunos problemas teológicos en los que se pudiera competir en la capacidad de demostrar con textos bíblicos o con citaciones de maestros prominentes, las soluciones de algunos dilemas religiosos (Lc 14,1-24).
El banquete que permite aproximarnos a comprender la sexualidad de Jesús es el de la unción por la prostituta arrepentida en Lc 7,36-50. Este texto que, si bien tiene fuertes vínculos redaccionales con los similares de Mateo, Marcos y Juan, no ocurre en el contexto de la Pasión, por lo tanto no es una acto profético de la muerte y sepultura de Jesús, más bien es una escena que busca destacar el significado de la misericordia frente a los pecadores y afirmar la superioridad de la enseñanza del Maestro frente a los argumentos de los fariseos. Por otro lado, el texto permite observar las interpretaciones de un grupo masculino de la cultura mediterránea del siglo I perturbado por la presencia de una mujer. (5)
Jesús conoce las reglas de juego del symposion, está en una reunión de varones y debe actuar como tal. Simón, el anfitrión, lo llama con deferencia: Maestro. Ya que son varones con inquietudes religiosas, probablemente fariseos como el dueño de casa, Jesús debe responder a sus expectativas morales y religiosas; la reacción del Maestro esperada por el anfitrión y los otros visitantes debió ser impedir la unción, que no se interpretó como tal sino para descalificarlo como profeta y como un consentimiento al placer de ser acariciado por una mujer delante de otros hombres. Ciertamente la situación es incómoda desde el punto de vista social. Un hombre no se deja tocar en público por una desconocida. Sin embargo, Jesús permite que los actos de tocar, bañar, enjugar y ungir (6) sus pies transcurran hasta el punto de crear sobresalto en Simón. La conciencia natural del propio cuerpo inicialmente debió provocar incomodidad en Jesús, luego, por los actos continuados, ciertamente provocaron placer. Jesús no pudo ser invulnerable al perfume, la suavidad de los cabellos (7), los besos y caricias.
La inquietud religiosa de Simón el fariseo está expresada en sus pensamientos: “Éste si fuera profeta, sabría quién y qué tipo de mujer es la que lo está tocando, porque es una pecadora” (v. 39). Este monólogo interior es una muestra de la psiquis masculina que no ha integrad sus valores religiosos con su propia sexualidad. La presencia de la mujer incomodó al anfitrión, pero aún más su status de pecadora pública. Ese malestar provocó las dos preguntas: ¿quién lo toca? (una mujer); ¿qué tipo de mujer es? (una prostituta). Jesús pudo no percibir la presencia de la mujer hasta que ella empezó a tocarlo: “poniéndose detrás, junto a sus pies, llorando, empezó a bañarle los pies con las lágrimas, y (los) enjugaba con los cabellos de su cabeza, y le besaba los pies y (los) ungía con el perfume” (v. 38). No necesariamente se volteó a mirarla (8), tal vez la postura retorcida que implica estar reclinado ante una mesa pero con los pies hacia atrás lo impedía. Lo cierto es que la posición de Jesús respecto de la mujer debió ser tan extraña como la descripción que hace Lucas.
Hay otra sensación natural que debió acompañar al placer de la unción. Es la de sentirse privilegiado, único entre varios varones. De entre los muchos hombres presentes, es Jesús el elegido por la mujer para demostrarle con actos repetidos su arrepentimiento. Al resto de los invitados les debió provocar envidia o al menos deseo de estar en su lugar. Esto es lo que los hombres sentimos cuando una mujer no se fija en nosotros y otro hombre gana su atención. La madurez sexual de Jesús no lo induce a complacerse en ese sentimiento que lo distanciaría de los otros varones. Jesús no está en el juego de la competencia entre machos, más bien este privilegio lo conduce a enseñar otras formas de vínculos humanos, liberadas del poder, relacionadas con el servicio: “Entré en tu casa, no me lavaste los pies, pero ésta bañó mis pies con las lágrimas y enjugó con los cabellos. No me besaste; pero ésta, desde que entré, no cesó de besar mis pies. No ungiste con óleo mi cabeza, pero ésta ungió mis pies con perfume” (vv. 44-46). Así, la derrota del ego de Simón se verificó en tres campos: el teológico, porque Jesús le demostró que el que es perdonado por más grandes motivos, agradece más. El social, porque una extraña cumplió con las obligaciones que él no llevo cabo en calidad de anfitrión. Y en el campo de la competitividad masculina porque Jesús ganó la atención de la mujer. Tal vez la última es la más difícil de aceptar.
La soltura y comodidad que debió sentir Jesús respecto de su cuerpo resultaron sorprendentes para los otros comensales. Obviamente el Maestro quería demostrar con su propia conducta que las antiguas leyes de lo puro e impuro habían caducado para dar paso a un nuevo orden de interrelaciones. Pero además, en su calidad de varón, Jesús aparece con una apertura especial al consentir a la mujer que prolongadamente lo esté tocando en público. La plenitud humana alcanzada por Jesús, le permite experimentar la cercanía de una mujer, un acto gratuito de contacto, erótico por naturaleza, pero que abre camino a relaciones nuevas. “Vete en paz” (v.50) es el mensaje final para la mujer. Aquella que empleaba su cuerpo para someterlo comercialmente a la violencia sexual, al aproximarse a Jesús – el hombre liberado del deseo de imponerse sexualmente – inicia otra vida en paz, profundamente reconciliada “porque ha amado mucho” (v.48). Experiencia de la que Simón queda excluido porque no sabe amar, ni servir a su invitado; mucho menos perdonar.
En las reuniones de varones, un tema de fondo lo conforman anécdotas, chistes, narraciones de aventuras con mujeres. En ellas triunfa el varón que puede acumular mayores éxitos en seducir féminas. Entre varones célibes de la Iglesia, obviamente este tema no aparece; en realidad no asoma la mujer en absoluto. Es como si el otro género no existiera. Es más, las conversaciones giran en círculos cerrados de argumentaciones generalizadas y aplicables sólo a una humanidad uniforme que no existe en la realidad. Si la conversación es de teología – supongo que esto se aplica a reuniones de sacristía, sínodos, concilios o cónclaves – se convierte en un ejercicio fariseo que repite sus propias conclusiones como base de otras conclusiones. El movimiento continuo de lo conocido a lo ya conocido. Jesús cuando discutía con otros varones recurría a su imaginación creadora, a las imágenes contundentes, a la parábola abierta a variadas interpretaciones, al mundo de las relaciones vivas. No cerró su mente en explicaciones definitivas de Dios, pensó en una gallina que acoge a sus pollitos, en un padre rico que organiza un banquete, en un pastor que aparta las ovejas de las cabras, en una mujer que busca afanosamente una moneda perdida. El lenguaje teológico de Jesús no tenía demarcaciones porque sus relaciones tenían sólo el límite del respeto, era capaz de aproximarse a cualquier realidad con los ojos abiertos. La teología contemporánea carece de imaginación porque no valora el espacio relacional e ignora a quienes no quiere escuchar. Ignorar a la mitad de la humanidad es tan obsceno como abusar verbalmente o reírse a costa de la sexualidad de alguien. Jesús rechazaría por igual ambas actitudes que atentan contra la dignidad humana: una por negación y la otra por dominación.
El cuerpo de Jesús fue asequible al contacto de las mujeres, su status de Maestro no impidió que su corazón se obstruyera en un esquema rígido de vínculos humanos, lo que resultó en una conducta desafiante a los patrones culturales de sus contemporáneos. Su fama se extendió sobre todo entre aquellas marginadas que esperaban una liberación de sus males físicos o morales y encontraron en él al hombre dispuesto a acogerlas. Esta exposición inusual de su persona sorprendió a la mujer samaritana a quien le pidió de beber, ya que un judío no debería aproximarse a un samaritano, menos a una samaritana (9). La mujer víctima de hemorragias buscó entre la multitud la posibilidad de acercarse a él y tocarlo. La mujer siro-fenicia se aproximó a él sabiendo que los judíos tenían serios prejuicios contra los extranjeros. Jesús, el hombre genuinamente libre, permitió que su cuerpo fuera el vehículo de nuevas relaciones emancipadas del poder de la seducción y la violencia.
NOTAS
1. Diane Jacobs Malina, “Gender, Power, and Jesus´ Identity in the Gospels”, Biblical Theological Bulletin, Vol. 24, 4, 1994.
2. Bruce Malina y Richard Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I: Comentario desde las ciencias sociales, Verbo Divino, Estella (Navarra) 1980.
3. Hay restos de tales edificios en toda la zona en que Jesús ejerció su ministerio.
4. Dennis Edwin Smith, From Symposium to Eucharist: The Banquet in the Early Christian World, Fortress Press, Minneapolis 2003
5. Kathleen E. Corley, Private Women, Public Meals: Social Conflict in the Synoptic Tradition. Peabody, Hendrickson, Massachusetts 1993. Corley postula que en la frase “pecadores y publicanos” como compañeros habituales de Jesús, la primera palabra incluiría el significado de “prostitutas”.
6. ejxevmassen, katefivlei, h[leifen imperfectos de duración o acción repetida. Nótese que katafilevw no es el verbo ordinario para besar (filevw), sino su forma reiterativa: cubrir de besos.
7. Cubrir los cabellos – aun dentro de la casa – era indicador del recato que una mujer debía mostrar según la Misná (Ket. VII 7). Cualquier parte del cuerpo de una mujer que la cultura obliga a cubrir, desata más la imaginación del varón, sean los pies, el cabello, los senos, etc. La cabellera suelta de la mujer debió provocar alguna excitación entre los invitados masculinos.
8. En el v. 44 parece ser la primera vez que le dirige la mirada.
9. Kuthim, b. Talmud
El objetivo de este curso decía "Sin duda, en nuestro Curso-Taller podremos ampliar y dialogar desde las diversas experiencias y perspectivas que como Orden intuimos y nos retan en el campo de la afectividad y sexualidad en la vida consagrada dominicana sobre todo, en estos temas que requieren un sano discernimiento y una claridad como acompañantes."
En una reunión exclusiva de varones...una mujer toca al Maestro (Lc 7,36-50) Aproximaciones a la sexualidad de Jesús
Hugo Cáceres Guinet, cfc
Un campo casi inédito en el área de la teología y la espiritualidad es el campo de estudios masculinos como reflexión que ayuda a comprender el cuerpo y la identidad del varón en el mundo de las religiones. Ciertamente estos estudios son un eco tardío de lo que se inició en los estudios feministas hace varias décadas. Por lo tanto son aproximaciones concientes de la identidad de género y pretenden interpretar la Sagrada Escritura y la tradición bajo tal premisa. El cuerpo de Jesús es el primer objeto de estudio; Jesús el varón, quien fue probado en todo igual que nosotros menos en el pecado (Heb 4,15), debe ser el que transmita a todos sus hermanos varones el sentido pleno de ser un cuerpo humano llamado a la vida plena en comunión. Este no es un estudio puramente académico ya que, desde algunas observaciones personales, trato de integrar los principios del cristianismo con las necesidades espirituales que experimentamos los varones. Ya que el interés es ayudar a crecer al varón en la comprensión de su propia sexualidad como don exclusivo, incluyo una oración al final que pretende canalizar este despertar espiritual.
Hombres y mujeres nos apartamos unos de otros en ciertas circunstancias sociales. Las escuelas exclusivas para niños y niñas, los baños públicos, las reuniones de hombres o mujeres, las secciones de ropa masculina y femenina en las tiendas de departamentos, los clubes de chicos o chicas, caballeros o damas, el servicio militar, los vestuarios de las piscinas, los baños turcos. Recuerdo haber estado en un pueblo del norte del Perú en los 80´ en el que una hilera de bancas de la iglesia estaba destinada para las mujeres y otra para los varones. No sé por qué razón atávica o cultural, nuestra conducta, postura y lenguaje se adaptan automáticamente a esos ambientes de sólo hombres o mujeres. La barrera invisible que habitualmente nos divide del otro sexo se disipa cuando estamos entre iguales y experimentamos de un modo único nuestro género: el cuerpo necesita estar menos protegido, nuestros modales y posturas ya no se enfrentan ni se salvaguardan del sexo opuesto sino que resultan más relajados. Aunque avanzamos hacia una cultura que hace más y más difusa esa barrera, me atrevería a decir que necesitamos de aquellos ambientes al menos para que cuando regresamos al mundo ordinario de hombres y mujeres seamos más concientes de los misterios de nuestra naturaleza y de la profundidad del significado de ser hombre o mujer.
Un aspecto de este complejo está relacionado con la exposición del cuerpo desnudo ante otros. Debo confesar que estoy más cómodo analizado por un médico varón que por una mujer. Cierta vez un médico me hizo una prueba de próstata; hubo una enfermera asistiéndolo y eso me hizo sentir un tanto humillado. Por haber sido niño entre los 50´ y 60´, las últimas décadas de la historia del mundo en que subsistía un modelo patriarcal inalterado, permanecen en mí una serie de mecanismos de reacción frente al sexo opuesto que ojalá algún día sean plenamente redimidas. Busco primeramente a un peluquero varón; opto siempre por el médico antes que por la médica – excepto que no haya otra opción. Sólo una vez tuve un retiro espiritual dirigido por una mujer. Fui parte de un comité en búsqueda de equidad en las relaciones, yo era el único varón y, finalmente, deserté.
Por otro lado experimento que grupos exclusivos de varones son escenarios donde el poder es el paradigma invisible que rige la conversación, es como si donde hubiera un grupo de hombres juntos existiera la consigna secreta de competir; no importa si es en deportes, política, sexo o religión pero la fuerza incorpórea que conduce la relación entre varones es la ostentación de poder. Son reconocidos los vínculos que existen entre género y poder (1) y de qué manera el varón ostenta la hegemonía en sus relaciones con mujeres frente o para envidia de otros hombres.
No sé si hace dos mil años la compleja psicología masculina era la misma que la del varón contemporáneo, los textos antiguos atestiguan que las mismas inquietudes y sobresaltos poblaban el alma masculina desde los albores de la humanidad. Existen buenos estudios sociales sobre cómo actuaron los hombres y mujeres en tiempos del Nuevo Testamento dentro de sus roles culturales bien delimitados (2). Lo cierto es que Jesús debió aprender la dinámica de cambios de conducta frente a grupos de hombres y mujeres del mismo modo como la aprendemos nosotros cuando nos enseñan en el jardín de infantes que hay un baño para niños y otro para niñas. De hecho en los evangelios se suelen mencionar como grupos separados el de los apóstoles y el de las mujeres que acompañaban a Jesús y dentro del cual cada uno debió conducirse bajo principios sociales muy precisos. Jesús en su rol de rabí frecuentó diversos ambientes no estrictamente judíos sino círculos sociales más internacionalizados tales como aquellos surgidos como consecuencia de la helenización de Palestina. La ausencia de información en los evangelios no nos impide suponer que Jesús pudo asistir a los baños públicos, al gimnasio o al teatro (3). Un ambiente exclusivo masculino del que sí tenemos atestación en los evangelios, era el banquete (symposion) del mundo grecorromano (4), en el que eran toleradas las mujeres sólo en condición de sirvientas o prostitutas. Pero el banquete no era necesariamente un encuentro inmoral, los hombres solían usarlo como un festín donde se tranzaban negocios o se trataban temas apropiados a los varones como la filosofía (del mismo modo que en El Banquete de Platón), la política, las guerras.
Lucas es el evangelista que tiene interés de mostrar a Jesús compartiendo aquel ambiente social en el que los hombres se recostaban en una mesa en forma de “u”, se honraba a los invitados con el lavado de pies, se bebía, comía y la conversación discurría por temas de interés masculino. Evidentemente, al tratarse de un huésped de honor que desarrollaba públicamente una actividad religiosa, no es extraño que se plantearan a Jesús algunos problemas teológicos en los que se pudiera competir en la capacidad de demostrar con textos bíblicos o con citaciones de maestros prominentes, las soluciones de algunos dilemas religiosos (Lc 14,1-24).
El banquete que permite aproximarnos a comprender la sexualidad de Jesús es el de la unción por la prostituta arrepentida en Lc 7,36-50. Este texto que, si bien tiene fuertes vínculos redaccionales con los similares de Mateo, Marcos y Juan, no ocurre en el contexto de la Pasión, por lo tanto no es una acto profético de la muerte y sepultura de Jesús, más bien es una escena que busca destacar el significado de la misericordia frente a los pecadores y afirmar la superioridad de la enseñanza del Maestro frente a los argumentos de los fariseos. Por otro lado, el texto permite observar las interpretaciones de un grupo masculino de la cultura mediterránea del siglo I perturbado por la presencia de una mujer. (5)
Jesús conoce las reglas de juego del symposion, está en una reunión de varones y debe actuar como tal. Simón, el anfitrión, lo llama con deferencia: Maestro. Ya que son varones con inquietudes religiosas, probablemente fariseos como el dueño de casa, Jesús debe responder a sus expectativas morales y religiosas; la reacción del Maestro esperada por el anfitrión y los otros visitantes debió ser impedir la unción, que no se interpretó como tal sino para descalificarlo como profeta y como un consentimiento al placer de ser acariciado por una mujer delante de otros hombres. Ciertamente la situación es incómoda desde el punto de vista social. Un hombre no se deja tocar en público por una desconocida. Sin embargo, Jesús permite que los actos de tocar, bañar, enjugar y ungir (6) sus pies transcurran hasta el punto de crear sobresalto en Simón. La conciencia natural del propio cuerpo inicialmente debió provocar incomodidad en Jesús, luego, por los actos continuados, ciertamente provocaron placer. Jesús no pudo ser invulnerable al perfume, la suavidad de los cabellos (7), los besos y caricias.
La inquietud religiosa de Simón el fariseo está expresada en sus pensamientos: “Éste si fuera profeta, sabría quién y qué tipo de mujer es la que lo está tocando, porque es una pecadora” (v. 39). Este monólogo interior es una muestra de la psiquis masculina que no ha integrad sus valores religiosos con su propia sexualidad. La presencia de la mujer incomodó al anfitrión, pero aún más su status de pecadora pública. Ese malestar provocó las dos preguntas: ¿quién lo toca? (una mujer); ¿qué tipo de mujer es? (una prostituta). Jesús pudo no percibir la presencia de la mujer hasta que ella empezó a tocarlo: “poniéndose detrás, junto a sus pies, llorando, empezó a bañarle los pies con las lágrimas, y (los) enjugaba con los cabellos de su cabeza, y le besaba los pies y (los) ungía con el perfume” (v. 38). No necesariamente se volteó a mirarla (8), tal vez la postura retorcida que implica estar reclinado ante una mesa pero con los pies hacia atrás lo impedía. Lo cierto es que la posición de Jesús respecto de la mujer debió ser tan extraña como la descripción que hace Lucas.
Hay otra sensación natural que debió acompañar al placer de la unción. Es la de sentirse privilegiado, único entre varios varones. De entre los muchos hombres presentes, es Jesús el elegido por la mujer para demostrarle con actos repetidos su arrepentimiento. Al resto de los invitados les debió provocar envidia o al menos deseo de estar en su lugar. Esto es lo que los hombres sentimos cuando una mujer no se fija en nosotros y otro hombre gana su atención. La madurez sexual de Jesús no lo induce a complacerse en ese sentimiento que lo distanciaría de los otros varones. Jesús no está en el juego de la competencia entre machos, más bien este privilegio lo conduce a enseñar otras formas de vínculos humanos, liberadas del poder, relacionadas con el servicio: “Entré en tu casa, no me lavaste los pies, pero ésta bañó mis pies con las lágrimas y enjugó con los cabellos. No me besaste; pero ésta, desde que entré, no cesó de besar mis pies. No ungiste con óleo mi cabeza, pero ésta ungió mis pies con perfume” (vv. 44-46). Así, la derrota del ego de Simón se verificó en tres campos: el teológico, porque Jesús le demostró que el que es perdonado por más grandes motivos, agradece más. El social, porque una extraña cumplió con las obligaciones que él no llevo cabo en calidad de anfitrión. Y en el campo de la competitividad masculina porque Jesús ganó la atención de la mujer. Tal vez la última es la más difícil de aceptar.
La soltura y comodidad que debió sentir Jesús respecto de su cuerpo resultaron sorprendentes para los otros comensales. Obviamente el Maestro quería demostrar con su propia conducta que las antiguas leyes de lo puro e impuro habían caducado para dar paso a un nuevo orden de interrelaciones. Pero además, en su calidad de varón, Jesús aparece con una apertura especial al consentir a la mujer que prolongadamente lo esté tocando en público. La plenitud humana alcanzada por Jesús, le permite experimentar la cercanía de una mujer, un acto gratuito de contacto, erótico por naturaleza, pero que abre camino a relaciones nuevas. “Vete en paz” (v.50) es el mensaje final para la mujer. Aquella que empleaba su cuerpo para someterlo comercialmente a la violencia sexual, al aproximarse a Jesús – el hombre liberado del deseo de imponerse sexualmente – inicia otra vida en paz, profundamente reconciliada “porque ha amado mucho” (v.48). Experiencia de la que Simón queda excluido porque no sabe amar, ni servir a su invitado; mucho menos perdonar.
En las reuniones de varones, un tema de fondo lo conforman anécdotas, chistes, narraciones de aventuras con mujeres. En ellas triunfa el varón que puede acumular mayores éxitos en seducir féminas. Entre varones célibes de la Iglesia, obviamente este tema no aparece; en realidad no asoma la mujer en absoluto. Es como si el otro género no existiera. Es más, las conversaciones giran en círculos cerrados de argumentaciones generalizadas y aplicables sólo a una humanidad uniforme que no existe en la realidad. Si la conversación es de teología – supongo que esto se aplica a reuniones de sacristía, sínodos, concilios o cónclaves – se convierte en un ejercicio fariseo que repite sus propias conclusiones como base de otras conclusiones. El movimiento continuo de lo conocido a lo ya conocido. Jesús cuando discutía con otros varones recurría a su imaginación creadora, a las imágenes contundentes, a la parábola abierta a variadas interpretaciones, al mundo de las relaciones vivas. No cerró su mente en explicaciones definitivas de Dios, pensó en una gallina que acoge a sus pollitos, en un padre rico que organiza un banquete, en un pastor que aparta las ovejas de las cabras, en una mujer que busca afanosamente una moneda perdida. El lenguaje teológico de Jesús no tenía demarcaciones porque sus relaciones tenían sólo el límite del respeto, era capaz de aproximarse a cualquier realidad con los ojos abiertos. La teología contemporánea carece de imaginación porque no valora el espacio relacional e ignora a quienes no quiere escuchar. Ignorar a la mitad de la humanidad es tan obsceno como abusar verbalmente o reírse a costa de la sexualidad de alguien. Jesús rechazaría por igual ambas actitudes que atentan contra la dignidad humana: una por negación y la otra por dominación.
El cuerpo de Jesús fue asequible al contacto de las mujeres, su status de Maestro no impidió que su corazón se obstruyera en un esquema rígido de vínculos humanos, lo que resultó en una conducta desafiante a los patrones culturales de sus contemporáneos. Su fama se extendió sobre todo entre aquellas marginadas que esperaban una liberación de sus males físicos o morales y encontraron en él al hombre dispuesto a acogerlas. Esta exposición inusual de su persona sorprendió a la mujer samaritana a quien le pidió de beber, ya que un judío no debería aproximarse a un samaritano, menos a una samaritana (9). La mujer víctima de hemorragias buscó entre la multitud la posibilidad de acercarse a él y tocarlo. La mujer siro-fenicia se aproximó a él sabiendo que los judíos tenían serios prejuicios contra los extranjeros. Jesús, el hombre genuinamente libre, permitió que su cuerpo fuera el vehículo de nuevas relaciones emancipadas del poder de la seducción y la violencia.
NOTAS
1. Diane Jacobs Malina, “Gender, Power, and Jesus´ Identity in the Gospels”, Biblical Theological Bulletin, Vol. 24, 4, 1994.
2. Bruce Malina y Richard Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I: Comentario desde las ciencias sociales, Verbo Divino, Estella (Navarra) 1980.
3. Hay restos de tales edificios en toda la zona en que Jesús ejerció su ministerio.
4. Dennis Edwin Smith, From Symposium to Eucharist: The Banquet in the Early Christian World, Fortress Press, Minneapolis 2003
5. Kathleen E. Corley, Private Women, Public Meals: Social Conflict in the Synoptic Tradition. Peabody, Hendrickson, Massachusetts 1993. Corley postula que en la frase “pecadores y publicanos” como compañeros habituales de Jesús, la primera palabra incluiría el significado de “prostitutas”.
6. ejxevmassen, katefivlei, h[leifen imperfectos de duración o acción repetida. Nótese que katafilevw no es el verbo ordinario para besar (filevw), sino su forma reiterativa: cubrir de besos.
7. Cubrir los cabellos – aun dentro de la casa – era indicador del recato que una mujer debía mostrar según la Misná (Ket. VII 7). Cualquier parte del cuerpo de una mujer que la cultura obliga a cubrir, desata más la imaginación del varón, sean los pies, el cabello, los senos, etc. La cabellera suelta de la mujer debió provocar alguna excitación entre los invitados masculinos.
8. En el v. 44 parece ser la primera vez que le dirige la mirada.
9. Kuthim, b. Talmud
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por wendy Valen — julio 18, 2009 @ 01:32