15 oct '08-16:52
4 Causas y factores que pueden originar el estrés (Segunda Parte)

Llega el momento de abordar otro tipo de consideraciones, más bien personales (biográficas) e individuales, y que bien pueden predeterminar rasgos o personalidades de alta vulnerabilidad al estrés, o por el contrario, ser condiciones mismas de las personas que les sirven como mediadores en su tolerancia o tendencia al estrés.

4.4 Diferencias individuales

Las diferencias individuales no fueron un primer momento consideradas en el estudio del fenómeno del estrés. A partir del primer concepto elemental de Selye que apareció en 1936, poco a poco comenzaron a considerarse elementos relacionados con estas diferencias y, de esta manera, las teorías del estrés se complejizaron.

En las teorías transaccionales se hace alusión a las estrategias de afrontamiento que cada individuo tiene como respuesta a un estímulo. Es decir, cada persona tiene determinadas diferencias propias que son las que precisamente le hacen escoger la estrategia en cada estímulo. Estas diferencias entonces incluyen rasgos psicológicos, características determinadas por cierta fase de vida así como factores demográficos.

Las diferencias individuales pueden amortizar o intensificar el impacto de los factores estresantes, Peñacoba y Moreno (1998, citados en Roca, s/a) aseveran que “el individuo puede tanto crear como reaccionar ante acontecimientos vitales en su vida y tanto tolerar como enriquecerse de las situaciones estresantes”.

A continuación se revisarán algunas variables relacionadas con la personalidad y la demografía.

4.4.1 Rasgos de la personalidad

Cada individuo posee rasgos de personalidad psicológicos propios. Estos rasgos son determinados por una serie de factores diversos, que incluyen la misma herencia genética hasta la educación recibida así como la influencia de los diversos contextos de vida. Los diferentes rasgos de personalidad pueden afectar la vulnerabilidad de la persona hacia el estrés. A continuación se exponen algunos de ellos.

4.4.1.1 Rasgo de Personalidad Tipo A (TA)

Se define la personalidad Tipo A (TA) como una que:

… está constituida por una serie observable de comportamientos o una forma de vida que se caracterizan por un nivel considerable de hostilidad, competitividad, prisa, impaciencia, desasosiego, agresividad (a veces, enérgicamente reprimida), explosividad en el lenguaje y un elevado nivel de alerta acompañado de tensión muscular (Jenkins, 2001: 49).

Ganster (1987, trad. lib. citado en Jepson & Forrest, 2006) arguye que, si un individuo TA se enfrentara a una demanda ocupacional igual que el otro tipo de personalidad, el Tipo B (TB) -referida a personas más calmadas, tolerantes y con un nivel de supervivencia superior (UNED, 2006)- el TA mostrará reactividades más pronunciadas tanto en lo fisiológico como emocional, desórdenes gastrointestinales y de sueño, dolores de pecho, de cabeza, migrañas.

Y si bien, empíricamente se ha demostrado que por su tipo de personalidad son considerados “como factor de riesgo de lesiones y enfermedades leves…y más frecuentes que los del TB” (Elander, West y French, 1993 trad. lib. citados en Jenkins, 2001: 50) no pueden ser consideradas personalidades propiamente negativas ya que sus sentidos de reto, logro y entrega en el trabajo son admirables. Friedman y Ulmer (1984, trad. lib. citados en Jepson & Forrest, 2006: 185) describen que este rasgo de personalidad se relaciona precisamente con el esfuerzo del logro, que es otro rasgo de personalidad a veces también relacionado con el estrés.

4.4.1.2 Resistencia o Personalidad Resistente

Se le conoce como resistencia a “aquella actitud básica de una persona ante su lugar en el mundo que expresa simultáneamente su compromiso, control y disposición a responder ante los retos” (Kobasa 1979; Kobasa, Maddi y Kahn1982, citados en Ouellet, 2001: 50). Además, esta “personalidad resistente” es un concepto factorialista, ya que integra tres categorías conocidas en la literatura existencial como las “Tres C: Commitment (compromiso), Control y Challenge (reto o desafío)” (Roca, s/a).

Este tipo de personas o personalidades no creen en la estabilidad misma sino en la constante búsqueda de retos, que vienen de manera natural con los cambios que ofrece la vida. Los cambios son motivadores cuando son vistos como incentivos (eustrés) en lugar de amenazas para la seguridad (distrés). Con esta visión personal, son “mucho menos propensos a sufrir enfermedades somáticas… y los hallazgos demuestran los efectos de la resistencia sobre la no-salud, como el rendimiento laboral y la satisfacción en el trabajo y también sobre burnout” (Ouellet, 2001: 52).


4.4.1.3 Autoestima

En este apartado se referirá a la autoestima en un aspecto positivo; es decir; considerada como alta. Se dice que las personas con un rasgo así son menos vulnerables a los eventos del entorno (Brockner 1983, 1988, citado en Schaubroeck, 2001). Y aunque existen hipótesis, como la de la plasticidad, que pretenden explicar de manera más profunda la razón de esta vulnerabilidad menor; puede bastar una revisión a las características de un individuo con alta autoestima para comprender que éstas se prestan como mecanismos de afrontamiento de estrés.

Tales características son: la aceptación y valoración de uno mismo, sentimiento de ser amado y respetado por los demás, sentimiento de igualdad ante los demás, capacidad de ser afectivos (dar y recibir afecto), tolerantes (MINSA, 2007).

Imagen de internet


Por consiguiente, una persona que se autovalora, se siente querido y es capaz de recibir el afecto de otros así como darlo sin duda tendrá más recursos para afrontar el estrés que por el contrario alguien desvalorizado por sí mismo y los demás y es incapaz de recibir y ofrecer afecto.

4.4.1.4 Locus de Control

Este constructo fue establecido por Julian Rotter en 1966. Al locus de control (LOC) se le reconoce como una variable moderadora de la personalidad, y “son las creencias de la gente acerca del grado de control que se tiene de los eventos que influencian nuestra vida” (Rotter, 1966, trad. lib. citado en Rahim & Psenicka, 1996: 71). Entonces, según las creencias de los individuos éstos son determinados como internos o externos.

Los internalizadores o internos, tienen un LOC interno alto y creen que los eventos en sus vidas son principalmente el resultado de sus propias decisiones y conducta. Los externalizadores o externos tienen un LOC externo alto y generalmente creen que sus vidas están influenciadas por otras personas y circunstancias más allá del control (trad. lib. Rahim & Psenicka, 1996: 72).

Esta variable de personalidad a su vez tiene sus correlaciones con otras variables como el sexo y la edad, así como su función en una organización. Mamlin, Harris & Case (2001, trad. lib. citados en Neill, 2006) mencionan al respecto que:

• Los hombres tienden a ser más internos que las mujeres,
• a medida que la gente envejece se vuelve más interna y
• las personas con más jerarquía en las estructuras organizacionales tienden a ser más internas.


Así pues, se dice que una persona con LOC interno es más efectiva para afrontar al estrés que una de LOC externo. Sin embargo, antes de asumir que el LOC es una cualidad necesaria en un individuo se debe considerar lo siguiente; una orientación interna del LOC necesita ser compensada con competencia, autoeficacia y oportunidad para poder alcanzar ese control personal y responsabilidad. Sin las cualidades anteriores un interno podría ser susceptible a la neurosis, ansiedad y depresión. Por otra parte, un externo tomado como una persona despreocupada y no precisamente fatalista u obsesiva pudiera llevar una vida más fácil o relajada (Neill, 2006).

Sin embargo, Tamayo (1993, citado en Palomar y Valdés, 2004:2) considera que “la percepción del control personal parece no depender exclusivamente de la contingencia entre comportamiento y resultado; implica también un conjunto de otros factores de tipo cognitivo, motivacional y tal vez existencial”. Esta opinión ayuda a comprender a aquellos externos que viviendo en condiciones sociopolíticas y económicas adversas, perciban que el curso su vida no está definido por ellos mismos.

4.4.2 Rasgos demográficos

Se refieren a aquellos determinados por las características propias del individuo que ayudan a especificarlo más dentro de una sociedad. Algunos no dependen de su voluntad ya que vienen determinados por herencia genética, otros en cambio, son determinados dentro del mismo uso de derechos civiles.

4.4.2.1 Diferencias de género

Según los trabajos de Moriana y Herruzo (2004), Fernández (2002) y Barnett (2001) el género no es un determinante significativo para considerar una propensión al estrés o burnout. Sin embargo, en Torres (2001) se menciona un estudio en los Estados Unidos donde se “constató que las mujeres con hijos/as y responsabilidades laborales, están expuestas a un alto grado de tensión durante las 24 horas del día”. Además en la misma publicación se agrega lo siguiente:

Imagen tomada de internet

Carme Vall-Llobet señala que la doble jornada (doméstica y laboral), la multiplicidad de roles, el papel de cuidadora de niños y niñas y de personas ancianas y enfermas, la imposibilidad de gozar de un tiempo propio y la desvalorización social y económica del trabajo reproductivo, han contribuido a que el trabajo doméstico constituya un elemento potenciador del estrés mental con mayores niveles de depresión y de adicciones (alcohol, juego, dependencias afectivas)… (Torres, 2001).

Así pues, parece ser que el género sí representa una posibilidad real de padecimiento psicológico de estos males, pero se debe enfatizar que no como una variable independiente como tal sino por la múltiple relación con otras. En dos estudios mexicanos se menciona por ejemplo que:

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Se debe considerar en el factor de género dos situaciones muy importantes. Una primera relacionada con el rol de la mujer como un rol múltiple. La mujer moderna está integrada ahora al mercado laboral, sin que esto la exima de una jornada doméstica en la que atiende una serie de necesidades de familia, que bien pueden ser de naturaleza complicada e inclusive violenta. Además, es casi un hecho social que la mujer no tenga derecho a tener un tiempo o espacio propio ya que su función parece ser la entrega a los demás (Aldrete, Pando, Aranda, Balcázar, 2003: 9).

Extrapolando con una realidad de personal de salud, se tiene esta conclusión más aguda:

En México, una investigación que tenía como objetivo establecer una aproximación al perfil de riesgo de burnout en el personal sanitario (en 294 profesionales de atención primaria y atención especializada), llegó a la conclusión de que el perfil epidemiológico de riesgo es: una mujer de más de 44 años sin pareja estable (por separación, divorcio o viudez), con más de 19 años de antigüedad en la profesión y más de 11 en el mismo lugar de trabajo, profesional de atención especializada, con más de 21 pacientes diarios a su cargo, a los que dedica más del 70 por ciento de la jornada laboral, y a ésta, entre 36 y 40 horas semanales (Atance, 1997, citado en Torres, 2001).

Interesante resulta este perfil establecido en el sector de salud, y la posibilidad de una analogía o extrapolación al sector educativo no parece distante siquiera. En algunas realidades de educación pública –donde una docente nombrada- las condiciones mencionadas en la cita anterior pudieran más que aproximarse considerando a los alumnos como pacientes –y cuyo número sería mayor-. En este caso mencionado, destacan además, los factores de estado civil, edad y años de servicio.

4.4.2.2 Diferencias de edad

“En algunos estudios en los que se trabajaron con edades estratificadas se encuentra que el índice de burnout es bajo entre los 20- 25 años, es alto desde los 25 hasta los 40, y es muy pequeño a partir de los 40 años, aproximadamente” (Farber, 1984, citado en Fernández, 2002: 35). Moriana y Herruzo (2004: 601) aluden a Malik, Mueller y Meinke los cuales “no informaban sobre diferencias significativas respecto a la edad”. Ahora revisando una reciente experiencia argentina se descubre que “los docentes más jóvenes de edades comprendidas entre 25 y 45 años alcanzaron puntuaciones más elevadas en despersonalización que los docentes de mayor edad, lo que se traduce como una respuesta más impersonal y fría hacia los alumnos (Albanesi, De Bortoli, Tierner, 2006:183)”.

A su vez:

…un equipo de investigación WONT Prevenció Psicosocial de la Universitat Jaume I de Castellón [determinó que] los profesores entre 43-57 años son los que tienden a mostrar más actitudes cínicas hacia el trabajo y tienden a ‘despersonalizar’ a compañeros y a los propios estudiantes, se sienten menos competentes a nivel profesional, con más síntomas depresivos y menos satisfechos a nivel laboral (Llorens, 2006).

Estos estudios revisados no permiten concluir que la edad puede ser un factor determinante en la predisposición al burnout. Sin embargo, llama la atención un dato que se presenta repetido en las investigaciones mencionadas; la zona o brecha de los cuarenta años de edad.

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Pero no se presentan más correlaciones para aseverarlo, como pudieran ser el número de años de servicio, el grado de vulnerabilidad del mismo plantel e inclusive el género del docente (como se vio en el subapartado anterior).


4.4.2.3 Diferencias de estado civil

Fernández (2002) rescata en su estudio que los profesores solteros eran más susceptibles al agotamiento emocional debido quizá a las mayores redes sociales que los docentes casados pueden tener. Sin embargo, este investigador trabajó la realidad peruana donde quizá no sean tan comunes el otorgar confianza así como tener redes de relaciones sociales más fuertes y menos funcionales.

A su vez, la introversión –en caso de relacionarla con una falta de capacidad de socialización- es un factor proclive para que un individuo pueda experimentar burnout (Davis- Jonson, 1991; Lemkau et al., 1998, citados en Fernández, 2002).

El mismo hecho de tener hijos puede funcionar como un factor de protección frente al burnout puesto que se relacionaría con la supuesta maduración que acompaña al ser padre, la mayor experiencia en resolver problemas en los que están involucrados niños y el apoyo emocional recibido por parte de la familia (Moriana y Herruzo, 2004: 601).


4.4.2.4 Otras variables

Entre otras variables demográficas a considerar para entender la posible vulnerabilidad del docente hacia el estrés pueden ser: los años de servicio, el nivel impartido –en cuanto a edades de los estudiantes- y tipo de centro dependiendo de su localización dentro de determinada geografía urbana, nacional y económica. No por considerarlas como menores sino por cuestión de economía no se revisan en este capítulo.

Índice por orden de aparición

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http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=14200103

ESTE TRABAJO ES PROPIEDAD INTELECTUAL DE JOSÉ ZAVALA ZAVALA BAJO LICENCIA DE CREATIVE COMMONS

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