Érase una vez un ave negra. Negra, muy negra pero por dentro; por fuera era bronceada con cabellera roja. Su oficio era mucho más negro aún; se dedicaba a gritarle a todos sus desgracias con tanta furia para que nadie se atreviera a ver sus propias catástrofes personales.

Y esta avezuela asquerosa y carroñera se declaraba “incorruptible”, “practicante de la verdad” (pero de SU verdad, una verdad muy cuestionada) mientras juraba que su labor era necesaria y aceptada por la sUciedad (¿o debo decir sOciedad?).

Los “ampays” eran su mecanismo, y sus cómplices otros pajarracos menores, criados bajo los mismos principios de bajeza emplumada de aves con pico y garras. Como gran urraca con complejos maternales ella con sus estridentes gritos los defendía de tantas tonterías (robos, tráfico de visas y actos que solo entre aves de rapiña se dan). Y a pesar de haber sido castigada algunas veces por intimidar con vergüenzas a inocentes, ella no cambiaba… porque ciertas repugnantes aves no tienen la capacidad de hacerlo.

Imagen tomada de internet

Un día, la urracaza salió volando de su nido artificial televisivo para ir a “ponerse en forma”. Porque cuando un alma está podrida, sólo queda el triste recurso de modelar un cuerpo que tampoco puede ya con los años (y recurre constantemente a la cirugía para verse “regia”).

Y ese día, por descuido, otra avecita del mismo clan le robó un huevo cibernético. Ella sabía que esa avezuela era como los cuervos (que le sacaría los ojos), pero a pesar de su cuestionable moral, como era un pajarraco encantador siempre lo tenía a su lado.

Entonces la gritona urraca comenzó a graznar que tenía miedo. Miedo por sus huevos de oro (ganados inmoralmente arremetiendo no contra unos sino contra todo un país), miedo que secuestraran o hirieran a los hijos sin padre urraca que tiene. Miedo a su propia especie… una especie inferior que debiera extinguirse para siempre y darle una mejor calidad de vida a la gente indefensa que sólo tiene la TeVe como diversión.

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