03/10/08: ¿No le dejan saber? o ¿no quiere opinar?

En la revista “Mural de Letras” N° 5 se publicó un artículo del profesor Levy Del Águila titulado: “No hay ruido”, donde hace una reflexión sobre la vida en Letras cuando el era estudiante, contrastándola con sus características actuales.
Renato Constantino (20074566) nos ha mandado una suerte de respuesta a dicho artículo titulada “¿No le dejan saber o no quiere opinar?” Lamentablemente no lo podemos publicar en “Mural de Letras” N°6 porque la edición ya está cerrada, pero se los ofrecemos a continuación (así como también, el artículo del Profesor Del Águila).
¿No le dejan saber o no quiere opinar?
Por: Renato Constantino
Recientemente el profesor Levy del Águila escribió un artículo llamado «No hay ruido en Letras» en el que comenta su sorpresa ante la falta de debate en nuestra facultad. Siento que, lamentablemente, no está mintiendo; sin embargo, también siento que al artículo le falta algo. ¿Por qué los estudiantes no opinan? Muchos dirán que la juventud de hoy es indiferente. Es la respuesta típica, pues el joven encarna todos los defectos que los adultos no quieren aceptar para ellos mismos. Pero no creo que esto sea cierto. ¿Podría la indiferencia de los jóvenes construir casas en el desierto como lo hacen los voluntarios de «Un techo para mi país»? No. ¿Podría la indiferencia de los jóvenes generar proyectos de Responsabilidad Social como CREA? No. Es imposible. La respuesta a la falta de ruido en Letras va más allá.
No le dejan saber
Una de las razones por las que el alumno no reclama es el usual desconocimiento de las situaciones injustas que existen. Estas situaciones parten tanto de las autoridades universitarias como de los gremios estudiantiles. Desde el lado burocrático, por ejemplo, es complicado saber cómo se organiza el presupuesto de la PUCP y cómo se toma decisiones. Tampoco se sabe, al menos en Estudios Generales Letras, cuál es el resultado de las encuestas que los alumnos respondemos sobre los profesores. Desde el lado de los distintos representantes estudiantiles debemos decir que se sabe muy poco de las decisiones del antiguo tercio superior (en todo un año solo se publicó un papel con sus correos electrónicos). Pero es mucho más dramático el caso de la FEPUC, que cuenta con una página web desorganizada que le impide a cualquier alumno acceder a información sobre el gremio estudiantil de la PUCP. ¿Cómo me entero de qué pasa si quienes sirven de nexo entre los alumnos y las autoridades no ayudan a crear un diálogo fluido? De esa manera, tenemos el primer gran problema: al alumno no le dejan saber.
No quiere opinar
¿Por qué el alumno no quiere opinar? Hay varias explicaciones complementarias a este problema. La principal es la mala imagen de la política en el Perú desde el régimen autoritario de Fujimori. La política deja de ser un asunto público para convertirse en aquello que manejan los que se aprovechan del resto. Como señala el análisis de Jo Marie Burt de la época fujimorista: «quien habla es terrorista». Esa opinión ha calado hondo en la juventud. Más en una época donde quien disiente es tildado rápidamente de «perro del hortelano» o «caviar» sin opción a defensa (ni a saber qué significan esos epítetos). Muchos dirán que luego de lo que le pasó a Melissa Patiño ya no es seguro atreverse a opinar. Es por este miedo que muchos jóvenes prefieren participar en actividades sociales que no involucren un discurso político, pues se cree que proponer un discurso es peligroso o denigrante.
A modo de conclusión
Podemos notar, de esta forma, que los estudiantes quieren participar activamente en su sociedad; sin embargo, las estructuras partidarias se niegan a hacerlo reproduciendo actitudes patrimonialistas, lo que, acrecentado con una atmósfera social que cuestiona e insulta a quienes proponen el disenso, han creado una juventud que busca actuar socialmente, pero sin un discurso político.
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No hay Ruido
Deben haber escuchado que la universidad peruana en las décadas pasadas, al menos antes del autogolpe de Fujimori en abril de 1992, era un espacio muy politizado en el que las discusiones ideológicas y las opciones partidarias definían el cotidiano de muchos de los esfuerzos e intereses de los alumnos y de las discusiones en clase. Esta circunstancia era mucho más marcada en la universidad pública que en la privada, pero dentro de estas, la PUCP era sin duda aquella en la que sus estudiantes sentían más fuertemente la necesidad de ser parte de los debates y los procesos políticos de entonces.
Al menos, esa era mi impresión cuando ingresé a EEGGLL en marzo de 1989. Entre clase y clase, subías de los aulones (mi sección era el T3 –¡solo había cuatro secciones de cachimbos!– y el 103 funcionaba para nosotros como aula de colegio; allí llevábamos todos nuestros cursos), llegabas a la rotonda y tenías garantizadas varias discusiones y debates abiertos, a partir de los paneles que el CF administraba. Sus lectores planteaban posición sobre Sendero y las Fuerzas Armadas, el fracaso del populismo aprista y la alternativa de la derecha neoliberal, la caída del muro de Berlín, alguna discusión literaria y, por supuesto, el alza de las boletas y la reducción de las escalas de pago (viejo tópico PUCP). Nos reuníamos en torno de los paneles, formando variadas manchas-faunas estudiantiles con la sensación –o la fantasía– de que estábamos en medio de asuntos importantes y significativos más allá de los muros universitarios. El ánimo seguía en los jardines de los alrededores –entonces más extensos, discretos y sin venados– y en los bares del frente.
Seguro que no todas las discusiones eran académicamente valiosas o emocionalmente productivas, pero normalmente encontrabas curiosidad y la pretensión de hacer valer una preferencia ética, política o estética. La última vez que vi una oportunidad para presenciar algo semejante fue a propósito de un panel anónimo sobre la musa inspiradora de alguno de sus compañeros. Fue hacia el final del semestre pasado. Se trataba de una chica preciosistamente descrita en su manera de vestir y por su manera de echarse en los alrededores de la rotonda. Algunos poco curiosearon. Me animé a comentarlo en clase, pero no muchos parecían estar al tanto. Les resultaban divertidas las figuras de encandilamiento y fascinación que les comentaba acababa de leer en el panel, pero al final era una anécdota simpática y nadie, o casi nadie, se acordaría del asunto al rato o se animaría a ver de qué había estado hablando el profesor.
Es obvio que ahora los temas y las movilizaciones son otros, y bien que así sea; son otras las preguntas, otra la diversión y otros los intereses. Lo que preocupa –al menos a mí– es el poco afán, las pocas ganas de comprarse un pleito; por las boletas caras, por los cursos que dejan insatisfacción, por preferencias musicales o por lo que fuera. Necesidad de expresarse y de tomar partido, de formular opciones y de que esas formulaciones se hagan verdad en nuestro espacio, por ejemplo, empezando por la rotonda. Puede sonarles desencantado o queja de viejo, pero en medio del tun tun reggaetonero, la cosa se ha puesto aburrida en Letras y a veces pareciera que simplemente no hay nada nuevo que ver… ¡Ya me acordé! ¡Nietzsche es el autor pertinente! (Siempre hay que escribir sobre lo que a uno le gusta) ¡Voluntad! ¡Esa es la ausencia que hace que todo valga lo mismo, o sea, muy poco!
A ver cuándo volvemos a escuchar un poco de ruido por estos lares. Se supone que ustedes son jóvenes.
Levy del Aguila M.
19892196
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Omar Suárez escribió:
Algunas clases en EGL son ya demasiado aburridas por la poca o nula participación de los alumnos.
Por ahí se acusa a los que participan mucho de ser poseros intelectualoides. Bueno, entre ser un posero de los que leen Etiqueta negra para que los vean y usan lentes artist, y ser de los que al parecer sólo estudian por que los mandaron a hacerlo para conseguir un buen trabajo, prefiero ser de los primeros. Lo posero se me pasará, pero lo intrascendente no.