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De esas poesías y demás creaciones... JUEMPOES
AMOR VOLAT UNDIQUE

Te odio Cristina

Ya le había puesto el ojo hace mucho tiempo, un año para ser exacto. La veía casi todas las noches en la esquina de su casa, cojudeando. De esas noches, las que más odie en mi vida era cuando la veía con Luchito, si, ese que podía sentir las manos de Cristina. “Maldito desearía que cuando cruces la pista venga un camión y te arrolle”, imaginaba el camión partiéndolo en dos, su sangre salpicar y fluir por toda la pista, al mirarlo junto a mi amada. Las pocas veces que Cristina me devolvía la mirada sentía ese desprecio, esa mirada fría, que a pesar de todo, me daban esperanzas. Con su mirada parecía decir cojudo de mierda que te me quedas mirando eres un marrano asqueroso no me gustas, entiende no me gustas. Yo solo le lanzaba unas sonrisas tremulosas y ella solo volteaba de golpe la mirada. Por las noches a solas en mi cuarto repasaba a cada instante su cuerpo. Cuerpo. Senos al viento. Ya era cerca de año y medio de haber venido a vivir a este barrio, no hice muchos amigos, muy pocos solo para pasar el rato. William era uno de esos pocos con quien nos contábamos cosas, que la chica pechugona o la caderona de cinco cuadras más abajo. En esas noches de conversa callejera con William le confesé que Cristina me movía el piso, me tenía loco. Cada vez que la miraba mis hombros parecían entumecerse y, al igual que mi cuello y mis piernas parecían desfallecer al solo verla. De espaldas, si, si que bien se le veía de espaldas, con esas piernas rechonchas, esas nalgas de ensueño las cuales me acompañan casi como todas las noches a solas en mi dormitorio. William me había dicho que por lo menos decía hola a mi amada, en una que otra oportunidad había conversado con ella.

- Oye Nesto no te hagas ilusiones hermano ella no te quiere – se le notaba una sinceridad que me atormentaba, necesita más respuestas.
- y ¿Porqué me dices eso acaso tu sabes algo?
- no, me da pena decírtelo
- vamos, no seas sentimental vamos dímelo
- ¡Ay! ¿En verdad quieres que te lo diga? – me lo decía con una pena y ya no solo con sinceridad
- si por favor dímelo, anda dilo solamente
- esta bien. En una d esas conversaciones con Cristina me dijo que la mirabas mucho y también me dijo que eras un gordo y que nunca te iba a dar bola
Un frió lleno de temor y angustia se sintió por mi frente. Trate de serenarme y pensar las cosas.

- ¿estas seguro que te dijo eso Willi?
- Si Nesto porque te mentiría

Al oír esas últimas palabras me llene de odio contra ese tal Luchito el único pensamiento que tenia era desaparecerlo. Cristina tendría que ser mía. Que terquedad la mía. Ya había dicho que no, que no me iba a dar bola, que nunca me haría caso. Sentimientos por mi amada se me entremezclaban. Odio. Odio. No pero no, si yo la amo, la amo maldición la amo. En una de esas noches en las que ella solía ir un poco más lejos de su casa con rumbo al parque, con unos tragos demás y ese sentimiento de amor mezclado con rencor, me abalancé sobre ella. La sujete. Dios, por fin la tengo solo para mí. Una de mis manos bordeaba su estrecha cintura, y con la otra le tapaba la boca. Sentía su cuerpo pegado junto al mío un placer enorme me invadía, esos entumecimientos y cosquilleos de mis hombros, cuello y piernas se hacían cada vez más y más constantes. Ella tenía que ser solo para mí. Solo mía. Al fin la tenía pegada a mí. Con mi voz tenue, como cuando la miraba en la esquina de su casa y le decía un hola y tan solo recibía su mirada fría e indiferente, le susurraba al odio que la amaba. Sí yo la amaba. “Luchito hijo de puta me las iba a pagar toda, completita. Todo ese tiempo que la tubo en sus brazos, el rozar sus labios con los de ella, entrelazar sus manos con las de mi amada”. Ente los pocos murmullos que le oía trataba de soltarse, me pateaba las canillas con sus tacos y trataba de morderme los dedos. Nada de eso me dolió, nada de eso me dolía, era solo el tenerla junto a mi lo que me reconfortaba. Lograba sentir su desprecio hacia mí. Cerdo maldito aléjate de mi lado, suéltame. Vano sus intentos, no la iba a soltar. Solté el brazo con la que sujetaba su cintura y de mi bolsillo iba sacando de a pocos, como disfrutando el momento, el cuchillo que horas antes saque de la cocina. Con la punta hacia ella iba delirando cada vez más y más, y le susurraba lo mucho que la amaba. Poco a poco fui empujando el cuchillo en su vientre plano, ella solo intentaba zafarse, y por momentos se tranquilizaba no hacia ningún movimiento. Con más fuerza le fui introduciendo el cuchillo. ¡Oh! Dios. Era mía sí era mía. Ya con la mitad del cuchillo dentro de mi pasión, solo lograba sentirle pequeños jadeos, raros estremecimientos se mezclaban con los míos. Esa noche fue mía, tan solo mía. Una vez acabado el éxtasis le arranque de golpe el cuchillo cercenando más y más su vientre. Cayó despacio, de rodillas. Su último suspiro fue para mí. Esa noche en mi cuarto a solas recordaba cada pasaje, cada instante de ella junto a mí.

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