"Las formas que retornan II"


Nan Chevalier ha publicado anteriormente Las formas que retornan (1999), La segunda señal (2003) y, ahora, Ave de mal agüero (Santo Domingo: Editorial Letra Gráfica, 2003). De los tres, el segundo es con seguridad una colección de cuentos; mientras que el primero y el tercero son poemarios, aunque con inconfundibles rasgos narrativos: insistencia en la fábula y prosodia de la prosa. Quizá este último aspecto sea el más interesante en lo que va de su producción poética hasta hoy; es decir, justamente la naturaleza híbrida de su verso, el de escribir con sílabas métricas marcadas más bien como prosa:

“El diario en las manos, es un estremecimiento el cuerpo
que lee. Ávidos ojos que lo han visto ya todo, vuelan mejor
sobre la página trece. Pero el diario se resiste y los dedos
retienen la saliva: hay como un chasquido de ensayo para
despegar los pliegues. No los ojos; a ciegas las manos
olfatean el obituario: primero,
los nombres; luego, tembloroso, el apellido materno
y el paterno. Entonces, aquel bastardo
lee su propia muerte y muere” (“V”)

Ejemplo notable de lo que arriba decíamos y que es forma y sustento de otra hibridez, pero esta vez semántica: la aclimatación de vida y muerte en la escritura de Nan Chevalier. Intersección de ambos estados: certezas en el limbo. O crónica de las cosas tocadas por el viento ineludible del deterioro y la aniquilación. En suma, nuestra carne hecha espejismo. No existe trascendencia ni otro mundo aparte de éste, el de ser crisálidas de un día y luego mariposas por unas cuantas pocas horas. En este sentido, más que de Los heraldos negros, hecho reiterado por la crítica creciente sobre su obra, percibimos más bien la atmósfera asfixiante de los universos de Carlos Onetti y el desamparo de un Samuel Beckett; o de otros autores donde hallamos sólo a cuenta gotas la esperanza y el amor:



VII
Nos ve pasar, como quien viera lento al hombre en el
cristal presuroso, en el pálido carruaje que huye de sí mis-
mo. Es la esquina una estación transitoria, por sus aceras
en huracán de efigies se persigna, estacionario persistirá en
tus ojos. Como una lámpara cuya luz nos desdibujará, nos
alcanza, lleva tus desolados pies hasta tu rostro. Nos inven-
ta pasando, somos eso que súbitamente cruza o muere y
enmudece. Es la esquina (la que nos ve pasar) un ángel
oficioso y abcecado una casa que nos visitó a destiempo,
otra playa y profusamente solitaria. Hay algo en ella que
nos detiene pasando, el halo abominable que me circunda
y muere. Justo antes de la confluencia en ti de tus rituales,
de las inmensas dos lineas delimitantes, hay una espera, un
ligero paréntesis de odio desmedido.
De Las formas que retornan (1999).