Filicidas. La vida que quitamos

Hombres y mujeres que acaban con la vida de sus propios hijos. Un cóctel mortal, hecho de pobreza extrema, conflictos de pareja e infortunio, estalla cada vez con mayor frecuencia. Aquí dos historias recientes.

Fotos Claudia Alva (La REpública)

Eran las seis de la tarde del último 24 de agosto. María Roncal salió de su casa, en el asentamiento humano García Ronceros, de Ventanilla. Se iba a trabajar a una esquina en donde cada noche vendía caldo de gallina. Con lo poco que ganaba mantenía a sus dos hijos.

Después de la medianoche, al regresar a su casita de esteras y cartones, una imagen de pronto se transformó en un impacto. El impacto devino en gritos. Los gritos en desesperación. Sus dos hijos, con las boquitas llenas de espuma, permanecían en el piso inertes, aún con vida, pero muriéndose a simple vista. "Escuchamos gritos, mientras dormíamos", cuenta una vecina de María que, acompañada de otros familiares y amigos, narraban a la prensa los detalles más dolorosos de esa madrugada.

Según el atestado policial 232, de la Dirincri del Callao, María se percató de que sus hijos todavía estaban con vida. Por eso sostuvo en sus brazos a Nelson, el mayor. En segundos, varios vecinos aparecieron en el lugar decididos a socorrerla. Querían llevar a los niños a un hospital. Pero era de madrugada y ningún vehículo circulaba en la zona. Hasta que alguien ofreció su camioneta. Son contadas las pistas con asfalto en la ciudadela de Pachacútec, de modo que solo después de una hora y media los hermanitos Clinton, de dos años, y Nelson, de seis, recibieron atención médica en el hospital de Ventanilla. Para ellos ya era demasiado tarde.
"¿Cómo puedo seguir viviendo? ¡No podré soportar esto! Díganme, por favor, ¿cómo puedo seguir viviendo?" María se hacía estas preguntas con desesperación y ante los ojos de un puñado de periodistas que registraban su rostro desgarrado por el dolor. "¿Cómo puedo seguir viviendo?"

Esa misma madrugada, Víctor Montoya, el esposo de María, se recuperaba en una cama del hospital Daniel Alcides Carrión luego de haber sido sometido a un lavado gástrico. No pasó mucho tiempo para que varios policías le avisaran que sus dos hijos habían muerto y que él tenía mucho que explicar sobre lo sucedido durante la noche anterior. "Sólo diré la verdad", respondió.
Uno de los policías, el comandante Mayo, estaba dominado por una sensación de espanto e incredulidad. Víctor Montoya le contó entre lágrimas cómo envenenó a Nelson y a Clinton, sus hijos. Dijo que se dejó llevar por la angustia de un cáncer que pronto acabará con su vida. En la víspera había comprado cuatro sobres de un poderoso raticida. Mezcló su contenido en un litro de leche y se lo dio a beber a sus hijos. Él mismo tomaría después el veneno. Luego los pequeños se desmayaron y él también perdió el conocimiento. El filicida que también intentó matarse es ahora el único sobreviviente de la mayor insensatez de su vida.


UN DÍA DE FURIA



Los abuelos del pequeño Clinton sostienen la foto de su nieto y no entienden cómo su hijo Víctor Montoya (abajo) pudo matar a sus propios vástagos.

Carla Calderón sentía miedo. No recuerda cuándo empezó ese temor. Probablemente fue desde el día en que su esposo, Andrés Medrano, la golpeó por primera vez. Según lo que pudimos leer de su manifestación ante la Policía de Lurín, Medrano es un monstruo al que hay que temer. Por eso empezó a temblar cuando este le exigió los 150 soles que ella había extraviado un tiempo atrás. "Te doy hasta las nueve de la noche para que me devuelvas la plata", le dijo a ella. Luego le advirtió que la golpearía y la arrojaría a la calle si no le daba el dinero.

¿Qué hizo Carla después? Ella misma se lo contó a la Policía de Villa María del Triunfo. Cogió unos soles y en una ferretería del asentamiento humano Corona Santa Rosa, en la Tablada de Lurín, compró tres sobres de veneno para ratas. Más allá, en una bodega, compró dos cajitas de jugo de frutas. Después regresó a casa y mezcló el jugo con el raticida, lo sirvió en dos vasos y llamó a Keymi, la mayor de sus hijas. Keymi, de cinco años, bebió lo que su madre le había ofrecido. Pero la locura no había terminado. Carla vació el jugo mortal en un biberón, recogió de la cuna a Ivone, su hija de un año, y le dio de beber.
Para entonces solo quedaba Carla. Y ella decidió tomar el veneno. Poco después se desplomó y en el piso empezó a retorcerse de dolor y a vomitar.

A las 9 de la noche Andrés llegó a casa con el mismo mal humor de la mañana, pero su sensación fue otra cuando descubrió a Carla en el piso, arrojando una extraña espuma por la boca. Sus hijas aún vivían. Andrés buscó la ayuda de su hermano y con él abordó un taxi llevando en brazos a su familia. En el camino Ivone dejó de respirar. Keymi, su hija mayor, sobrevivió. Carla, su desequilibrada esposa, también.å

PARA QUE SUFRAS CMO YO...

Por Nelly Chong. Psicoterapeuta familiar.



Carla Calderón es llevada a prisión.

Son las madres las que cometen el mayor número de filicidios, según las estadísticas. Una de las hipótesis es que siendo ellas las que pasan más tiempo con los niños, soportan el peso de la crianza y factores como la relación con la pareja. Si uno se siente despreciado o hay infidelidad, el filicidio es una forma de venganza, de quitarle a la pareja lo que más ama, los hijos: "Dado que ya no me quieres, te hago sufrir con lo que más quieres, para que sufras como yo".

Otro factor sería la pobreza. Si es que no hay otros problemas, esta hablaría de la desesperanza y el deseo de liberarse a sí mismo de la pesadumbre por no poder darle al hijo lo que necesita. Es probable que exista maltrato previo a los niños asesinados, como una manera de descargar las frustraciones de los padres. En los casos que se plantean, el dilema para los padres será su propia sobrevivencia, ya que, dado que sus hijos murieron, ellos deberán enfrentarse a vivir con la culpa por lo que han hecho.