Mt 5: 1-3

Al comentar este primer versículo del 'Sermón del Monte', San Agustín dice que 'monte' significa "los preceptos mayores de la justicia" que Dios otorgó al pueblo que había de ser "liberado por la caridad", que es, en efecto, lo que significa la promesa del Reino de los Cielos. Todo el sermón será un esclarecimiento de esa liberación, y en particular las bienaventuranzas mostrarán en qué consiste la caridad que libera.
Pues bien, para comentar la primera bienaventuranza, San Agustín elige un pasaje de Qohélet: “Todo es vanidad y atrapar vientos.” Él interpreta ‘atrapar vientos’ como ‘presunción de espíritu’, que es una disposición del ser humano a alcanzar lo que está fuera de su alcance; en ese sentido, a atrapar vientos. Esta disposición anímica implica para Agustín audacia y soberbia; audacia en la acción y soberbia en la creencia. Enseguida subraya Agustín que, en la percepción común, los soberbios son vistos como los espíritus fuertes. Esto significa que cuando una persona acomete acciones audaces y las justifica en creencias soberbias, impresiona, sin duda, a quienes la observan.
La referencia a Qohélet le permite a Agustín hacer ahora el contraste con los ‘pobres de espíritu’, es decir, con aquellas personas que supuestamente carecen de esa presunción: los humildes y temerosos de Dios. ¿Pero quiénes son éstos? ¿Acaso ya quedó claro, con lo dicho, el sentido de esta bienaventuranza?
Yo me imagino que lo más frecuente en la recepción de esta bienaventuranza ha sido siempre su interpretación más tibia. ¿Quién quiere insistir demasiado en lo que aquí se dice con claridad: Que al Reino de los Cielos no acceden los fuertes de espíritu? Nadie. Pienso que es razonable suponer que la prédica cristiana de todos los tiempos haya pasado rápido por este punto. Siempre se debe haber temido dar una falsa impresión con eso de la pobreza de espíritu, sobre todo cuando el cristianismo se percibía a sí mismo en guerra contra las fuerzas del mal. Para el guerrero cristiano de todos los tiempos es vital no confundir la pobreza de espíritu con una debilidad que pudiese poner en jaque a la verdadera religión.
Pero la cita de Qohélet es terminante. Qohélet dice que ‘todo’ es vanidad y pretensión. No dice que sólo algunas cosas lo sean, o que en ciertas circunstancias algunas pretensiones del espíritu humano se puedan justificar, en nombre de la verdadera religión. No dice que los buenos cristianos no sean vanos de espíritu. Todo es vanidad.
No necesitamos buscar ejemplos trillados de cristianos que se creían buenos y actuaban, sin embargo, de manera vana. Esto mismo que yo hago aquí, por ejemplo, al comentar la Biblia y escribir sobre estos temas, es pura vanidad y pretensión de espíritu. Nada puede ser más soberbio y audaz, ni menos humilde y temeroso de Dios que pretender interpretar su palabra. Uno necesita justificarse en esa pretensión, desde luego; pero que es una pretensión nadie puede negarlo.
‘Todo’ es una palabra drástica, porque no deja que se le escape nada.
Desde la fe escéptica de Qohélet, pobre de espíritu es quien comprende que todo es vanidad y atrapar vientos, y vive de conformidad con aquello que ha comprendido.








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