
Ella sonreía como un ángel, aunque no sé cómo sonríe un ser como aquella. Era una chica linda, se reía animada, llevándose la mano a los labios, para cubrir sus dientes. Cerraba sus ojos mucho, como si disfrutara realmente de ser feliz en ese momento. Usaba una chaqueta ligera de algodón color celeste muy pastel. Estaba en la cafetería con dos o tres amigas más que le hacían reír mucho. Estábamos en medio de un sentimiento extrañísimo, pero muy cómodo. Sonreí de repente cuando su cara se tornó de sorpresa, “algún chisme, de seguro”. Pero Yuki no sonrió. Él mantenía una severa cara seria con los ojos hundidos, tal vez, en lo que iría a sentir por ella tan solo media hora luego. Nos miró por dos o tres segundos. No. Lo miró a él.
Ella respondió que no cuando Yuki le pidió por una foto. No sabíamos dónde escondernos luego del rechazo. ¿Te imaginas? Cámara en mano, sonrisa tímida, un “no” por respuesta. Me reí por dentro queriendo desaparecer de esa imagen. “Mejor, ¿por qué no te tomo yo una foto?” le dijo a Yuki sorprendiéndonos tanto a nosotros mismos como a sus amigas. Tomó la cámara y empezó a disparar varias, muchas veces, hasta que Yuki empezó a sonreír mirando el suelo. “Ok, ahora sí” nos dijo mirándome y parándose sobre la mesa. Sus zapatillas desgastadas eran cubiertas por un jean descosido. Yuki apuntó y tomó la foto de una chica con las manos en los bolsillos de su chaqueta y con una sonrisa retadora, pero muy tierna.

Salimos. Yo le dije a Yuna que iríamos a tomar un café a algún lugar nuevo junto con Yuki y la chica de la foto. Ella no me preguntó quién es ni cómo la conocimos, simplemente miró la foto, luego me miró y me dijo que Yuki iba a sufrir. No le entendí porque estaba hundido en su cabello negro y su perfume exquisito. Salimos de la casa y caminamos con las manos en los bolsillos. Quería decirle “te quiero” o cosas así para desvanecer el silencio, pero no lo hice, como siempre. Llegamos y nos saludamos todos. Yuna miraba a la chica de la foto como miran los psicólogos: con la mano en los labios y echada en el respaldar de su silla. “No me imites, chica” le dije con una sonrisa y me sacó la lengua cerrando un poco sus ojos. Yuna no necesita sus ojos para ver el futuro. Nos contamos muchas cosas y Yuki estaba muy feliz.
Cuando llegamos a la casa, le pregunté a Yuna por qué me dijo lo que me dijo antes de salir si aquella muchacha de la foto era dulce y parecía muy sincera. “Por eso, tontito, por eso”. No entendí nada. Pero luego me di cuenta que aquella sinceridad dulce podría convertirse en un profundo dolor de cabeza. Miraba la foto de nuevo. Y vi todo claro. No le presté atención a la chica, sino a la forma en la que Yuki tomó la foto. Yuki se enamoró de la chica que se coló en su cuadro, en su cámara, en su posible foto de un ave. Yuki se había enamorado de la chica de la foto. Y esa persona no era la misma que la que estuvo sentada con nosotros tres, tomando café en nuestro lugar favorito. “El día que Yuki se de cuenta de eso, llorará”. Somos tan sabios, los tres, a nuestra manera. Me recosté y me hundí en su cabello otra vez. Respiré su perfume y su shampoo de nuevo. “Felizmente, te quiero porque eres tú y no una imagen en mi cabeza” le dije a Yuna, respirando y suspirando a la vez. “Eso es lo que tú crees, tontito” me dijo, mientras tomaba la cámara y me sacaba fotos despeinado y con los ojos cerrados.








si acerte, me pareció genial el retalo, pero sobre todo real. chevre