El 16 de marzo de 1850, el régimen de Ramón Castilla aprobó la ley de "consolidación" de la deuda interna, que consistió en el pago de las deudas acumuladas por el Estado desde las guerras de independencia, incluyendo los años del caudillismo militar, en favor de los acreedores nacionales. La medida reconocía como créditos contra el Estado todos los préstamos otorgados voluntariamente o no, en especies o en dinero, efectuados por cualquier autoridad a personas o familias desde 1820. La operación significaba el final de tanto tiempo de frustración en reclamar dinero a un Estado prácticamente sin tesoro hasta la década de 1840.

Ahora quedaban dos posibilidades: pagar a la más amplia variedad de acreedores, incluso buscando favorecer directamente a quienes tenían menos recursos, o pagar a una minoría valiéndose de los mecanismos políticos. Lamentablemente, se buscó la segunda y comenzaron a formarse rápidamente verdaderas fortunas a costa del erario público. En suma, el pago de la deuda interna pudo ser el instrumento para incrementar la circulación monetaria y para democratizar el crédito; hubiera permitido, por otro lado, que algunos personajes accedieran a la clase alta o que, cuando menos, se ampliaran los sectores medios.

El escándalo empezó a desatarse cuando, al finalizar el primer mandato de Castilla en 1851, la deuda consolidada alcanzaba los 5 millones de pesos. Según el propio Castilla, el monto total de la deuda no podía sobrepasar los 6 o 7 millones de pesos. Pero el siguiente gobierno, el del general Echenique, reconoció más de 23 millones de pesos en vales. Una comisión investigadora señaló, en 1853, que los créditos reconocidos por el gobierno de Echenique llegaban a más de 19 millones de pesos en bonos, de los cuales 12 millones eran fraudulentos. Precisamente uno de los efectos sociales de estos malos manejos fue el alzamiento popular de 1854 liderado por Castilla para derrocar a Echenique.

Lo interesante es que ha quedado una gran variedad de documentos que revelan la profunda crisis moral de la administración pública y la gran "imaginación" de los beneficiados para, por ejemplo, alterar el monto inicial de su deuda falsificando firmas y documentos. Incluso se llegó a tal grado de abusos que se falsificaron las firmas de San Martín y Bolívar para cobrar supuestos préstamos levantados entre 1821 y 1826.

Si se revisa la lista de los "consolidados" se advierte que fueron los grandes comerciantes los que presionaron exitosamente para el pago de sus vales. Estrictamente, el 60% de los consolidados eran comerciantes y el 36% funcionarios públicos entre civiles y militares. Fue una minoría que no excedió las 50 personas y entre ellas no figuraban precisamente gente de escasos recursos.

También se ve con facilidad que detrás de todo esto se jugaban intereses de personas vinculadas por relaciones de clientelaje con los gobiernos de la época. Esto lo demuestra el caso de la revolución de Castilla en 1854: al parecer el Mariscal se sublevó contra Echenique por los manejos turbios de la consolidación, pero una vez en el poder efectuó procedimientos similares con las personas que lo apoyaron. De este modo, la efigie de Castilla, tantas veces glorificada, queda un tanto devaluada.

De otro lado ¿qué hicieron estos personajes con el dinero recibido? Unos lo invirtieron en agricultura; otros presionaron al Estado para beneficiarse con el negocio de guano convirtiéndose en consignatarios nacionales, reclamando su condición de “hijos del país”; y los demás lo derrocharon, sin invertir en industria, imitando el estilo de vida de la burguesía europea.

En síntesis, el pago de la deuda interna no contribuyó a impulsar el capitalismo o la modernización del país, sino, por el contrario, acentuó la desigualdad económica y social. Aún más: produjo una peligrosa ruptura entre el Estado y sus ciudadanos. En efecto, los sectores medios y populares no se limitaron a espectar pasivamente el "festín" de los bonos. En su contra se escribieron libros y apareció toda una literatura contestataria, muy agresiva, con ciertas analogías a las revoluciones europeas de 1848. Hubo alzamientos de Lima y Arequipa. Un ejemplo claro fue la comedia de Manuel A. Segura llamada El Resignado, en la que se recuerda el saqueo de una residencia limeña a los gritos de "¡Mueran los consolidados! ¡Viva la libertad!"

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Caricatura de Domingo Elías, hacendado y empresario iqueño, uno de los personajes que más se benefició del "castillismo". No solo fue uno de los principales "consolidados" sino que recibió, como lo demuestra el grabado, el negocio del carguío del guano en las islas de Chincha y la concesión del muelle de Pisco.