el mal
En las noticias y en varios blogs se ha discutido el cuestionable comportamiento de muchos congresistas que presentan proyectos de ley que benefician a sus amigos y parientes, falsifican facturas de consumos que no han realizado, contratan a personas que no cumplen los requisitos para el puesto o les quitan parte del sueldo a sus empleados para dárselo ilegalmente a terceras personas. El caso que ha reactivado esta vieja discusión es el de Margarita Sucari, cuyo comportamiento reciente puede leerse resumido aquí

Resulta interesante darle una lectura psicológica a estos comportamientos. Desde una perspectiva del desarrollo del razonamiento moral, la señora Sucari simplemente no tiene las herramientas para asumir, en sus comportamientos diarios, un punto de vista ético. No es parte de su estructural moral, carece de esa capacidad. Su razonamiento moral tiene un techo. Mi hipótesis (es solo una hipótesis) es que esta señora debe ciertos favores a gente que la apoyó durante su campaña o cumplió con ella en otras circunstancias y que ahora su lógica y su nivel de juicio moral le dicen que debe devolver esos favores, y eso es lo que hace. La lógica de la lealtad y recioprocidad con las personas cercanas y de la responsabilidad especial hacia aquellos a los que se conoce o con quienes se tiene vínculos personales (típica del estadio 3 del modelo de Kohlberg) se impone a una lógica más institucional y universalizable (digamos, el estadio 5 del mismo modelo). Prima en ella un punto de vista que si bien puede ser valioso en determinadas circunstancias resulta insuficiente para lidiar de manera adecuada, justa y legítima con los conflictos complejos que su rol como congresista le presenta.

La propia presidenta de la comisión de ética, Elizabeth León, ha señalado varias veces que muchos congresistas tienen grandes limitaciones para tomar un punto de vista ético en sus razonamientos, pues no diferencian la perspectiva legal de la perspectiva ética. En mi opinión, cualquier comisión de ética debería estar conformada por personas capaces de dirimir y discernir los casos que se le presentan desde una perspectiva ética: no es una comisión de aplicación de reglamentos ni una comisión legal, es una comisión de ética, lo que parece no entenderse. Aunque pareza increíble, alguna vez me pidieron revisar un documento de la comisión de ética del congreso que empezaba diciendo que el principal objetivo de dicha comisión era "mejorar la imagen del congreso", como si fueran una agencia de publicidad o se tratara de una comisión de marketing. Cuesta entender que la mejora de la "imagen" que tanto parece preocupar a algunos congresistas es el resultado del comportamiento correcto y por lo tanto es el punto de llegada, nunca el de partida.


Para reducir el riesgo de que las personas busquen sacarle la vuelta a la ley con acciones ilegales y corruptas se necesita no solo redefinir la educación moral desde la escuela, sino también integrar el análisis legal y ético en el comportamiento y las prácticas laborales cotidianas. Con una educación diferente se podrá lograr que las personas -los congresistas en este caso- logren poner sus conciencias a trabajar cuando, en experiencias laborales cotidianas, la tendencia a obedecer órdenes ilegales o a seguir valores o intereses personales atente contra la adhesión a lo justo y lo correcto. Pero además del urgente y necesario abordaje educativo, el trabajo que uno realiza y la institución en la que se labora también tienen una estructura moral, una mayor o menor complejidad moral; las condiciones laborales hacen una de dos cosas: promueven el desarrollo moral de las personas, o lo estancan. El razonamiento moral de personas que se ubican en los estadios más bajos del modelo de Kohlberg (estadios 1 y 2) podría y debería verse promovido por una atmósfera moral institucional más elevada que los rete diariamente a abordar los conflictos desde una perspectiva superior. Lamentablemente, el Congreso de la República hace exactamente lo contrario, estanca a los pocos congresistas que tienen un razonamiento moral más elevado (y que podrían no haber desarrollado otros mecanismos protectores como la integración de lo moral en la identidad o la capacidad de experimentar emociones morales negativas como vergüenza o culpa) y los hace retroceder a niveles inferiores.

La educación moral tiene que cambiar. Debe dotar a la gente de las estructuras que le permitan prevenir el comportamiento corrupto y asumir un punto de vista moral más complejo y abarcador. Si esto requiere de coraje e independencia para resistir presiones, la educación debería también trabajar en ello. No se puede pasar por el sistema educativo sin haber tenido nunca la experiencia de analizar el comportamiento propio y el ajeno desde una perspectiva ética, de haber sido sometido a crítica, de haber sido confrontado en nuestro punto de vista moral y nuestra argumentación. Son las personas las que integran las instituciones y son sus debilidades, muchas veces, las debilidades de la institución. Sin educación apropiada no habrá salida al problema, ni verdadera solución.